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Si tu cerebro funciona como el de García Márquez, esto te interesa

García Márquez perdía las llaves pero recordaba conversaciones de hace 30 años. Si tu cerebro funciona así, puede que no sea casualidad.

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García Márquez necesitaba rituales absurdos para escribir. Perdía las llaves pero recordaba conversaciones de hace treinta años. Si eso te suena, puede que tu cerebro funcione de forma parecida.

El hombre que escribió Cien años de soledad, una de las novelas más complejas de la historia de la literatura, era incapaz de sentarse a escribir si no tenía una rosa amarilla en su escritorio. Siempre la misma flor. Siempre amarilla. Siempre ahí. Si no estaba la rosa, no había novela.

Y eso es solo el principio.

¿Qué tiene que ver García Márquez con el TDAH?

Vamos a dejarlo claro desde el inicio: no hay un diagnóstico formal. García Márquez nunca fue evaluado públicamente para TDAH. Pero cuando lees cómo funcionaba su cabeza, los paralelismos son tan evidentes que ignorarlos sería como ignorar un elefante en una habitación de quince metros cuadrados.

Su memoria era selectiva de una forma que a cualquier neurotípico le parecería imposible. Podía recordar con precisión quirúrgica una conversación que tuvo con su abuelo a los cinco años. El olor exacto de la casa de Aracataca. El color de un vestido que llevaba una mujer en un tren en 1957. Pero olvidaba dónde había aparcado el coche. Perdía documentos importantes. Se le pasaban citas.

Eso tiene un nombre. Se llama memoria asociativa emocional. Y es una de las características más comunes de los cerebros que funcionan con TDAH. Tu cerebro no guarda lo que debería según la lógica. Guarda lo que le emocionó. Lo que le impactó. Lo que le hizo sentir algo.

Por eso puedes recitar de memoria una escena de una película que viste hace quince años pero no recuerdas lo que cenaste el martes.

Los rituales que nadie entendía

García Márquez no podía escribir sin estructura ritual. No era manía ni superstición. Era necesidad.

La rosa amarilla en el escritorio. Escribir solo por las mañanas, de nueve a dos. Siempre en la misma máquina de escribir (luego el mismo ordenador). Si algo rompía la rutina, el día estaba perdido. Literalmente. No producía una sola línea.

Esto lo contó él mismo en múltiples entrevistas. Decía que necesitaba que todo estuviese exactamente igual para que su cerebro pudiera soltar lo que llevaba dentro. Si algo cambiaba, la magia se rompía.

¿Te suena?

Porque a un cerebro con TDAH no le falta creatividad. Le falta el entorno exacto que permita que esa creatividad salga. Es como tener un grifo que solo se abre con una llave muy concreta. Si la encuentras, sale un torrente. Si no la tienes, sequía absoluta.

Eso no es ser raro. Es tener un cerebro que necesita condiciones específicas para funcionar. Y García Márquez lo descubrió a base de prueba y error, décadas antes de que nadie hablara de TDAH en adultos.

¿Tu cerebro también necesita rituales para funcionar?

Si alguna vez has pensado que eres demasiado dependiente de tus rutinas, que si algo cambia en tu entorno tu productividad se va al garete, que necesitas que las cosas estén de una forma muy concreta para poder concentrarte, no estás loco.

Es lo mismo que le pasaba a García Márquez. Lo mismo que le pasaba a Da Vinci con sus cuadernos interminables. Lo mismo que le pasa a millones de personas que no saben que su cerebro funciona de forma diferente.

El problema es que el mundo te dice que deberías poder trabajar en cualquier sitio, en cualquier momento, con cualquier nivel de ruido. Que la productividad es cuestión de disciplina. Que si necesitas condiciones especiales eres un quejica.

García Márquez necesitaba una rosa amarilla para escribir la mejor novela del siglo XX.

Si tú necesitas tus auriculares, tu música concreta y tu esquina del sofá para poder pensar con claridad, diría que estás en buena compañía.

El hiperfoco que creó Macondo

Cuando García Márquez se metió a escribir Cien años de soledad, desapareció durante dieciocho meses. Su mujer, Mercedes, se encargó de todo. Las facturas, los niños, la comida. Él estaba en otra dimensión. Literalmente construyendo un pueblo entero dentro de su cabeza con todos sus habitantes, sus genealogías, sus maldiciones y sus mariposas amarillas.

Eso no es disciplina. Eso es hiperfoco en estado puro.

El hiperfoco es esa capacidad que tiene un cerebro con TDAH de engancharse a algo con una intensidad que no es normal. No es concentración. Es inmersión total. El mundo exterior deja de existir. Y cuando el tema te apasiona, puedes producir cosas que parecen humanamente imposibles.

Es lo mismo que hacía Steve Jobs cuando se obsesionaba con un producto hasta que cada detalle era perfecto. O lo que hacía Branson cuando lanzaba un negocio nuevo saltándose todas las reglas que el sentido común dice que hay que seguir.

El hiperfoco de García Márquez le permitió crear un universo literario tan completo que generaciones enteras de escritores intentaron imitarlo y ninguno lo consiguió. Porque no es cuestión de talento técnico. Es cuestión de cómo procesa tu cerebro la información cuando se engancha a algo.

La otra cara que nadie menciona

Pero también están los años en los que García Márquez no escribía nada. Los bloqueos creativos que duraban meses. La frustración de tener la cabeza llena de ideas y ser incapaz de ponerlas en papel. Los proyectos empezados que abandonaba. Las novelas a medio escribir que acabaron en la basura.

El mismo cerebro que le dio Cien años de soledad le dio también períodos de parálisis creativa donde no podía ni empezar un párrafo. Porque el hiperfoco no viene con mando a distancia. No lo enciendes cuando quieres. Aparece cuando le da la gana. Y cuando no está, lo que queda es un cerebro disperso que salta de idea en idea sin poder agarrar ninguna.

Eso también es TDAH. Y es importante decirlo.

No puedes quedarte solo con la genialidad. Con el Nobel. Con las novelas que cambiaron la literatura. Porque detrás de todo eso hay un cerebro que también lo pasó mal. Que necesitó trucos, rituales, un entorno controlado y una compañera que entendiera cómo funcionaba para poder sacar lo que llevaba dentro.

Lo que García Márquez nos enseña sin querer

Que tu cerebro no está roto. Funciona diferente. Y eso diferente, cuando lo entiendes y dejas de luchar contra ello, puede dar resultados que ni tú mismo te esperabas.

Que los rituales no son manías. Son estrategias de un cerebro que necesita estructura externa para funcionar. Y no pasa nada por necesitarlos.

Que la memoria selectiva no es un fallo. Es tu cerebro diciéndote qué le importa de verdad. Y si aprendes a escucharlo en vez de frustrarte por lo que olvida, tienes una ventaja que la mayoría de la gente no tiene.

Y que si alguna vez has sentido que tu cabeza va a otro ritmo que el resto del mundo, no eres raro. Eres un cerebro que necesita entenderse para funcionar.

García Márquez no necesitó un diagnóstico. Encontró sus trucos por instinto. Pero tú no tienes que hacerlo a ciegas.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro va por libre, que necesitas rituales que nadie entiende para poder funcionar, puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites saber cómo funciona tu cabeza.

Hacer el test de TDAH

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