Volver al blog

Por qué me identifico con Da Vinci (y tú probablemente también)

Da Vinci tenía 7.000 páginas de notas y ningún proyecto terminado. Cuando lo leí, no sentí admiración. Sentí reconocimiento.

tdahfamosos

Cuando leí que Leonardo da Vinci tenía más de 7.000 páginas de notas sobre anatomía, ingeniería, óptica, vuelo, máquinas de guerra, botánica y al menos otros veinte campos distintos, sentí algo raro.

No fue admiración.

Fue reconocimiento.

Esa sensación de "espera, esto me suena". Como cuando estás en casa ajena y abres un cajón por error y dentro hay el mismo caos exacto que tienes en el tuyo. Mismos cables enredados, mismas pilas que no sabes si funcionan, mismos cargadores de móviles que ya no existen.

Solo que en el cajón de Da Vinci, en vez de cargadores, había planos de helicópteros que no voló nunca.

¿Qué tengo yo que ver con Da Vinci?

A ver, lo obvio: nada.

El tío era un genio renacentista. Yo soy un programador de Zaragoza que hace vídeos de YouTube y a veces se olvida de cenar. No voy a comparar mis cursos online con la Mona Lisa. Eso sería delirante.

Pero hay una cosa que sí comparto con él. Y probablemente tú también.

Da Vinci pintaba, diseñaba puentes, estudiaba cadáveres para entender los músculos, componía música, escribía con la mano izquierda y al revés (de derecha a izquierda, como si fuera un acertijo viviente), inventaba armas, y cada tres meses se obsesionaba con un tema nuevo que no tenía nada que ver con el anterior.

¿Te suena?

Yo programo, grabo vídeos, escribo emails, diseño cursos, monto una escuela online, leo sobre productividad, investigo sobre TDAH, me intereso por la IA, por el marketing, por la escritura. Y cada cierto tiempo me despierto a las tres de la mañana con una idea nueva que "lo va a cambiar todo" y que para el jueves siguiente ya está aparcada junto a las otras cuarenta y siete ideas que iban a cambiarlo todo.

El cajón de Da Vinci. Exactamente el mismo.

¿Y si el problema no es que no terminas, sino que empiezas demasiado bien?

Esto es lo que nadie te dice sobre Da Vinci.

El tío dejó más obras sin terminar que terminadas. La Adoración de los Magos, sin terminar. San Jerónimo, sin terminar. Decenas de inventos que nunca pasaron del papel. El caballo de bronce que iba a ser la escultura ecuestre más grande del mundo. 17 años trabajando en ella. Sin terminar.

Suena a fracaso, ¿no?

Pero resulta que cada proyecto "sin terminar" alimentaba al siguiente. Lo que aprendió diseccionando cuerpos hizo que pintara músculos como nadie antes. Lo que aprendió estudiando el agua hizo que sus paisajes tuvieran una profundidad imposible para la época. Lo que aprendió de ingeniería hizo que sus composiciones tuvieran una estructura que otros pintores no entendían.

Da Vinci no fallaba al abandonar proyectos. Estaba conectando campos que nadie más conectaba porque nadie más saltaba entre tantas disciplinas a la vez.

Y aquí es donde me veo. Donde me duele.

Porque yo también salto. De la programación al contenido. Del contenido al email marketing. Del marketing a investigar sobre TDAH. De empezar cosas con una energía brutal a dejarlas a medias cuando llega la siguiente idea brillante. Y durante años eso me hizo sentir roto.

"Es que no acabas nada." "Es que te dispersas." "Es que no te centras."

Sí, bueno. Da Vinci tampoco se centraba. Y le fue razonablemente bien.

El peso de los hobbies abandonados

Muchos investigadores actuales creen que Da Vinci presentaba rasgos muy compatibles con el TDAH. No es un diagnóstico retroactivo. Nadie puede diagnosticar a alguien que murió hace 500 años. Pero los patrones están ahí: la dificultad para completar encargos, la hiperfocusión salvaje en temas que le apasionaban, la pérdida de interés cuando el desafío bajaba, la tendencia a procrastinar y entregar tarde.

Su mecenas, Ludovico Sforza, le encargó "La Última Cena" y Da Vinci tardó tres años. El prior del convento se quejaba de que Leonardo se pasaba horas mirando la pared sin pintar nada. Y luego, de repente, pintaba como un poseso durante días sin dormir.

Hiperfoco. Desconexión. Hiperfoco otra vez.

Si tienes TDAH, eso te suena a martes por la tarde.

Y hay algo más que me pega fuerte: la culpa. Porque Da Vinci escribía en sus diarios cosas como "dime si alguna vez hice algo" o "dime si alguna vez terminé algo". Quinientos años antes de que existiera Instagram, LinkedIn o la cultura de la productividad tóxica, un genio renacentista ya se sentía mal por no acabar sus proyectos.

Esa carpeta de hobbies abandonados que todos llevamos dentro

¿Y entonces qué hacemos con esto?

La primera reacción cuando descubres que Da Vinci podría haber tenido TDAH es pensar "genial, soy como un genio". Y no. No va por ahí. No es un consuelo. No es un trofeo. Es algo más útil que eso.

Es un cambio de perspectiva.

Porque si el mismo patrón que te hace sentir roto (saltar de tema, no terminar, aburrirte cuando algo deja de ser nuevo, tener mil cuadernos a medio escribir) es el mismo patrón que permitió a alguien conectar anatomía con pintura, ingeniería con arte, y música con matemáticas, entonces quizá el patrón no es el problema.

Quizá el problema es cómo lo gestionas. O mejor dicho, cómo nadie te ha enseñado a gestionarlo.

Da Vinci no tenía estrategias para TDAH. No tenía un diagnóstico. No tenía a nadie que le dijera "tu cerebro funciona diferente y hay formas de trabajar con eso en vez de contra eso". Solo tenía 7.000 páginas de notas, una culpa infinita y un talento descomunal que se expresaba a trompicones.

Nosotros tenemos algo que él no tuvo: información.

Saber que el TDAH en adultos es real y tiene nombre

No estás roto. Tu cerebro es un cajón de Da Vinci. Cables, planos, ideas a medio hacer, cargadores de cosas que ya no existen y, entre todo ese caos, conexiones que nadie más ve.

La diferencia entre un cajón de trastos y un cajón de genio es saber qué hacer con lo que hay dentro.

Si te has visto en este post más de lo que te resulta cómodo admitir, quizá sea buen momento para entender mejor cómo funciona tu cerebro.

Hacer el test de TDAH

Relacionado

Sigue leyendo