Carl Sagan y la necesidad de explicarlo todo: divulgar como impulso TDAH
Carl Sagan no podía callarse un descubrimiento. Esa necesidad compulsiva de divulgar tiene nombre. Analizamos el patrón TDAH detrás del genio.
Carl Sagan no podía quedarse callado. Cada descubrimiento tenía que contarlo. Cada misterio del universo tenía que hacerlo accesible. Cada dato sobre una estrella lejana tenía que convertirlo en algo que un niño de diez años pudiera entender mientras cenaba con sus padres.
Esa necesidad compulsiva de divulgar tiene un nombre. Y no es vocación.
Bueno, también. Pero hay algo más debajo.
¿Por qué Carl Sagan necesitaba divulgar como si le fuera la vida en ello?
Sagan no era un científico que además divulgaba. Era un científico que no podía no divulgar. La diferencia es enorme.
La mayoría de investigadores publican sus papers, dan alguna charla y vuelven al laboratorio. Sagan publicaba papers, escribía libros de divulgación, presentaba un programa de televisión visto por quinientos millones de personas, escribía artículos en revistas, daba conferencias, aparecía en programas de entrevistas, y a las once de la noche seguía escribiendo cartas a otros científicos para convencerlos de que la comunicación pública de la ciencia era tan importante como la ciencia misma.
Eso no es disciplina. Es un cerebro que no puede soltar un tema.
Si conoces el concepto de hiperfoco, esto te va a sonar. Cuando un cerebro con TDAH encuentra algo que le estimula, no lo explora. Lo devora. Lo persigue por cada rama, cada tangente, cada conexión posible. Y lo que es más revelador: necesita sacarlo. No le basta con entenderlo. Tiene que compartirlo. Tiene que explicarlo. Tiene que asegurarse de que el resto del mundo lo entiende también.
Sagan hacía exactamente eso. Con el cosmos entero.
Un cerebro que no respetaba los límites de ninguna disciplina
Aquí viene lo interesante. Sagan no se quedaba en su carril. Era astrofísico, pero escribía sobre biología. Investigaba la atmósfera de Venus, pero también se metía en debates sobre desarme nuclear. Estudiaba las posibilidades de vida extraterrestre, pero a la vez diseñaba los mensajes que las sondas Voyager llevarían al espacio por si alguna civilización los encontraba.
Un cerebro neurotípico se especializa. Elige un campo, profundiza, y ahí se queda. Un cerebro como el de Sagan salta. No por falta de interés, sino por exceso. Todo le parece conectado. Todo le parece relevante. Todo le parece urgente de explorar.
Es parecido a lo que le pasó a Einstein, que sacaba malas notas no porque fuera tonto, sino porque su cerebro no funcionaba dentro del sistema que le habían diseñado. El mismo patrón. La misma incapacidad de quedarse quieto dentro de los límites que otros consideran normales.
Sagan publicó más de seiscientos artículos científicos y fue autor o coautor de más de veinte libros. Veinte libros. Mientras investigaba, daba clases en Cornell, presentaba Cosmos, asesoraba a la NASA y peleaba públicamente contra la pseudociencia.
Eso no es gestión del tiempo. Es un motor interno que no tiene botón de apagado.
La divulgación como regulación emocional
Hay algo que casi nadie menciona cuando habla de Sagan: lo feliz que parecía explicando cosas.
Mira cualquier fragmento de Cosmos. No está leyendo un teleprompter. Está disfrutando. Hay una excitación genuina cada vez que describe cómo funciona una estrella de neutrones o por qué el calendario cósmico pone a la humanidad en los últimos segundos del 31 de diciembre.
Eso, en el contexto del TDAH, tiene nombre: regulación emocional a través de la actividad estimulante.
El cerebro con TDAH tiene un problema con la dopamina. No genera suficiente motivación para tareas que no le estimulan, pero cuando encuentra algo que sí lo hace, se dispara. La divulgación era para Sagan lo que la música es para un músico con TDAH o lo que el espacio fue para Scott Kelly, que pasó de mal estudiante a un año en órbita. El canal donde todo ese exceso de energía mental cobra sentido.
No divulgaba porque le pagaran. No divulgaba porque fuera bueno para su carrera (de hecho, muchos colegas lo miraban por encima del hombro por "popularizar" la ciencia). Divulgaba porque era la forma que tenía su cerebro de funcionar. De regularse. De sentirse en su sitio.
La parte incómoda: un genio que no encajaba
Sagan tuvo problemas serios con la comunidad científica. Lo nominaron para la Academia Nacional de Ciencias y lo rechazaron. Sus propios colegas lo consideraban un showman, un vendedor, alguien que prefería la fama a la investigación seria.
Suena familiar.
El niño con TDAH que habla demasiado en clase. Que interrumpe. Que sabe la respuesta pero la suelta de una forma que molesta al profesor. Que tiene ideas brillantes pero las presenta de una manera que al sistema le resulta incómoda.
Sagan era ese niño. Solo que creció y en vez de un aula tenía la televisión, y en vez de un profesor tenía a toda la comunidad astrofísica diciéndole que se callara y volviera al laboratorio.
No se calló. Nunca se calló.
Y gracias a eso, generaciones enteras crecieron mirando las estrellas con la sensación de que el universo era algo que podían entender. Que les pertenecía. Que no hacía falta ser un genio para asomarse a él.
Lo que el patrón de Sagan nos dice sobre el TDAH
No hay un diagnóstico formal. Sagan nunca fue evaluado públicamente por TDAH, al menos no que se sepa. Pero el patrón está ahí, y es difícil de ignorar.
La productividad extrema en múltiples frentes simultáneos. La incapacidad de limitarse a un solo campo. La necesidad compulsiva de comunicar lo que descubría. La regulación emocional a través de la actividad intelectual. El conflicto constante con las estructuras que le pedían que se comportara de forma más "normal".
Hay inventos que no existirían sin un cerebro disperso. Y hay formas de comunicar la ciencia que no existirían sin alguien que fuera incapaz de quedarse callado.
Sagan no podía hacer las cosas a medias. No podía descubrir algo sin contarlo. No podía entender el universo sin asegurarse de que tú también lo entendieras.
Y eso, en un mundo que premia la especialización silenciosa, fue su mayor problema y su mayor regalo.
Si alguna vez has sentido que tu cerebro necesita explicar, compartir, conectar ideas que nadie más parece ver, puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites entender cómo funciona tu cabeza.
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