Poner tu cara en internet tiene un precio que nadie te explica
Mostrar la cara online parece sencillo hasta que recibes el primer comentario que te desea la muerte. La exposición pública tiene un coste real que nadie.
Nadie te dice lo que cuesta realmente poner la cara.
Te dicen que es necesario. Que la gente compra a personas, no a logos. Que la marca personal es el activo más valioso que puedes construir. Te lo dice el podcast, el guru de turno, la chica que vende personal branding desde una terraza con vistas al mar. Todos de acuerdo.
Lo que no te dicen es que el primer día que publicas un vídeo mirando a cámara, vas a tener la sensación de haberte desnudado en la calle. Que vas a revisar los comentarios cada diez minutos durante cuatro horas. Que si alguien dice "qué cara más rara tienes" va a quedarse en tu cabeza más tiempo del que debería.
Eso no lo menciona nadie. Porque no queda bien en el speech de ventas.
¿Por qué mostrar la cara da tanto miedo aunque ya tengas negocio?
Porque el negocio tiene una separación. Una distancia cómoda entre tú y el juicio. El negocio puede fallar. El producto puede ser un desastre. Pero eso no eres tú, o al menos puedes convencerte de que no.
Cuando pones la cara, eso ya no funciona. Cuando la persona soy yo, cuando mi nombre está en el logo, cuando mi cara está en la miniatura del vídeo, el juicio ya no va al producto. Va directo a ti. Y eso activa algo muy primitivo. Algo que no se apaga con afirmaciones positivas.
El TDAH no ayuda. Porque un cerebro con TDAH magnifica el rechazo social. Lo que para otra persona es un comentario desafortunado de un desconocido, para ti suena como una confirmación de todo lo que ya sospechaba de sí mismo. El cerebro saca conclusiones que no existen. Y la cámara se convierte en una acusación.
¿Qué pasa el día que llega el primer hate comment de verdad?
El primero que no es crítica constructiva. El primero que es directamente personal. Que ataca tu físico, tu forma de hablar, tu acento, tu cara. O que te desea algo que no vas a reproducir aquí porque tampoco hace falta.
Ese día tienes dos opciones. Cerrarlo y seguir, o entrar en un espiral de revisar todo lo que has publicado intentando identificar qué hiciste mal para merecerlo.
La mayoría entramos en el espiral. No porque seamos débiles. Sino porque nadie nos ha explicado que el hate es proporcional a la visibilidad. Que si hay personas que te insultan, es porque hay personas que te ven. Que el odio de desconocidos es, de una forma muy retorcida, una métrica de alcance.
No lo hace agradable. Pero ayuda a ponerlo en perspectiva.
¿Se puede separar la persona del personaje cuando tu marca personal eres tú?
Aquí está el problema real. El que nadie resuelve del todo.
Porque no eres un personaje inventado. No llevas una máscara con otro nombre. Eres tú, con tu nombre real, tu cara real, y tus opiniones reales. No hay donde esconderse. Y cuando alguien te ataca, el golpe es directo.
Con el tiempo aprendes a construir una distancia pequeña. No una pared, sino una rendija. Lo suficiente para notar que el comentario va dirigido a la versión pública de ti. A la que publique a las 12 del mediodía y tiene cierto tipo de audiencia. No al tío que está en el sofá con un café frío intentando descifrar qué quería decir esa persona.
Es una separación artificial. No es perfecta. Pero es necesaria para no quemarte en seis meses.
Lo que sí es tuyo, lo que no se puede separar, es la decisión de seguir apareciendo. Esa es real. Y esa, nadie te la puede quitar.
¿Vale la pena la exposición o hay formas menos costosas de construir negocio?
Hay negocios que funcionan sin cara visible. Negocios de servicio, de producto, de software, donde el fundador puede permanecer perfectamente anónimo y facturar de maravilla.
Pero si tu negocio depende de que alguien confíe en ti para aprender de ti, para comprarte formación, para contratarte como consultor, como coach, como lo que sea donde la relación es el producto, entonces la cara no es opcional. Es el núcleo de la propuesta.
Y eso tiene un coste. Un coste que no aparece en el plan de negocio. Un coste emocional que se paga semana a semana, comentario a comentario, con cada pieza de contenido que publicas sabiendo que hay personas que la van a odiar.
Puedes decidir no pagarlo. Es una opción legítima. Pero si decides pagarlo, que sea con los ojos abiertos. Sabiendo lo que cuesta. Y que lo que construyes a ese precio es difícil de replicar.
El marketing que da vergüenza y la exposición pública son la misma moneda con distinta cara. Y si lo que te paraliza no es solo la exposición, emprender con TDAH ya es de por sí un deporte de riesgo.
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