Nadie te prepara para lo que pasa cuando te conviertes en referente
El día que empiezas a ser referente en algo, el peso de lo que publicas cambia. Y nadie te avisa de lo que eso hace a tu cabeza y a tu contenido.
Hay un momento que no tiene nombre pero que reconoces cuando llega.
El momento en que alguien te cita como referencia en algo que dijiste hace tiempo. O en que te escriben para pedirte consejo sobre algo que tú mismo no tienes claro. O en que te presentan en un sitio y la persona que te presenta usa una palabra que no esperabas: experto, referente, autoridad.
Y por dentro piensas: si supieran.
¿Qué pasa en tu cabeza cuando la gente empieza a mirarte como referente?
El primer efecto es el filtro.
Antes publicabas desde la curiosidad. Compartías lo que estabas aprendiendo, lo que te salía mal, las ideas a medio cocinar. Era cómodo porque nadie te esperaba en ningún sitio. Si el contenido era regular, daba igual.
Cuando tienes audiencia que te considera referente, la presión interna de publicar algo a la altura de la imagen que proyectas es paralizante. Empiezas a revisar el contenido más veces de las necesarias. A preguntarte si esto va con la marca. A guardarte las opiniones incómodas porque no sabes cómo van a caer.
Y sin darte cuenta, empiezas a publicar cuando tienes ganas y en el resto del tiempo te bloqueas. La consistencia que te trajo hasta aquí se rompe exactamente cuando más importa mantenerla.
La trampa de tener que saber siempre la respuesta
Los referentes responden preguntas. Eso es parte del rol. La gente llega con dudas y espera que tú sepas.
El problema es que hay preguntas que no sabes. Preguntas sobre temas en los que tienes opinión pero no certeza. Preguntas sobre tu propio proceso que no has analizado lo suficiente para darles una respuesta honesta.
Y ahí la tentación es improvisar. Dar una respuesta que suene bien aunque no estés seguro. Porque decir "no sé" cuando la gente te ha convertido en referente parece contradecir el personaje.
Pero ese es el camino más corto hacia el síndrome del impostor crónico. Cuando empiezas a actuar sabiduría que no tienes, cada conversación, cada post, cada aparición pública es una auditoría que tu cerebro hace de ti mismo. Y como parte de lo que dices es performance, el resultado de la auditoría nunca es limpio.
¿Cómo convives con la responsabilidad de lo que publicas?
La pregunta me la hice seriamente cuando alguien me escribió para contarme que había tomado una decisión importante de negocio basándose en algo que yo había escrito.
No fue una mala decisión. Salió bien. Pero me quedé con la imagen de que algo que yo escribí desde mi perspectiva, con mi contexto, con mis sesgos, había aterrizado en la vida de alguien completamente distinto y había cambiado algo real.
Eso obliga a ser más preciso. No más cauto, que es diferente. Preciso. Decir exactamente lo que piensas, con los matices que tiene, sin simplificarlo para que suene más contundente o más compartible.
La marca personal que habla sin que estés delante tiene ese doble filo. Llegas a más gente. Pero también tienes más responsabilidad sobre lo que esa gente hace con lo que les das.
El referente que deja de ser humano deja de ser útil
La peor versión del referente es la que ha borrado todas las aristas para no ofender a nadie.
Sin opiniones incómodas. Sin errores públicos. Sin cambios de postura cuando cambia la información. Solo contenido seguro, aprobable, que nadie puede criticar porque no dice nada que pueda molestarte.
Eso no es ser referente. Es ser una marca corporativa con cara humana.
Lo que sigue funcionando después de años es exactamente lo que funcionó al principio. La voz propia, las opiniones sin pulir del todo, los errores contados sin edulcorar. La diferencia es que ahora tienes más gente mirando. Así que la tentación de suavizarlo todo es mayor. Y hay que resistirla.
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