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La energía de Bruce Lee: entrenar como si el día tuviera 40 horas

Bruce Lee tenía equipamiento de entrenamiento en cada habitación. Esa energía no era disciplina. Era un cerebro que no sabía parar.

tdahfamosos

Bruce Lee tenía equipamiento de entrenamiento en cada habitación de su casa.

Cada. Habitación.

En el salón, un saco pesado. En el pasillo, un muñeco de madera de wing chun. En el dormitorio, aparatos isométricos. En el garaje, un gimnasio completo que haría llorar a cualquier culturista de los setenta. Si había un hueco libre en aquella casa, Bruce Lee le ponía algo encima para golpearlo, estirarlo o levantarlo.

La gente lee eso y piensa "vaya, qué disciplinado". Los que tenemos TDAH leemos eso y pensamos "eso lo entiendo perfectamente".

¿Era la energía de Bruce Lee un rasgo de TDAH?

Vamos a dejarlo claro desde el principio: Bruce Lee nunca fue diagnosticado con TDAH. Murió en 1973. En aquella época, ese nombre ni existía. Así que esto no es un certificado médico. Es mirar los patrones con lo que sabemos hoy y decir "aquí hay algo que suena mucho".

Y la energía es el patrón más evidente.

Bruce Lee no entrenaba como una persona con mucha disciplina. Entrenaba como una persona que no podía no entrenar. Que necesitaba que su cuerpo estuviera haciendo algo en todo momento. Que no concebía sentarse en un sofá y simplemente estar.

Sus alumnos han contado que entre toma y toma de rodaje, mientras el resto del equipo descansaba, Bruce hacía ejercicios isométricos. Presionaba los brazos contra el marco de una puerta durante treinta segundos. Se ponía a hacer patadas al aire. Flexiones. Lo que fuera. Como si su cuerpo tuviera un motor interno que no se apagaba nunca.

Y eso, en el mundo del rendimiento deportivo, suena a dedicación.

Pero en el mundo del TDAH, suena a otra cosa.

¿Qué diferencia hay entre disciplina y un cerebro que no puede parar?

Esta es la pregunta que nadie le hizo a Bruce Lee. Probablemente porque en los sesenta y los setenta no había forma de hacerla.

Una persona disciplinada entrena según un plan. Tiene horarios. Descansa cuando toca. Se toma días libres. Sabe que el descanso es parte del proceso.

Bruce Lee no funcionaba así.

Bruce Lee funcionaba a ráfagas de intensidad que parecían no tener fin. Sus amigos cercanos han descrito cómo podía pasarse ocho horas seguidas entrenando, investigando técnicas, probando movimientos nuevos, sin comer, sin parar, sin darse cuenta de que el sol se había puesto. Y luego, de repente, caía. Se quedaba fundido. Sin energía para nada.

Eso no es disciplina. Eso es hiperfoco.

El hiperfoco del TDAH funciona exactamente así: tu cerebro encuentra algo que le enciende y lo consume todo. No hay descansos planificados. No hay regulación. Hay un todo o nada que desde fuera parece impresionante pero desde dentro es agotador. Jim Carrey lo describía igual: la energía que le hacía brillar en el plató era la misma que le dejaba destruido cuando las cámaras se apagaban.

Bruce Lee murió a los 32 con un cuerpo que había sido sometido a una intensidad que pocos cuerpos humanos podrían aguantar. Y cuando lees sobre las posibles causas de su muerte, una de las teorías que vuelve una y otra vez es el agotamiento extremo. El sobreesfuerzo crónico. Un cuerpo que había sido empujado más allá de lo que podía soportar.

No estoy diciendo que el TDAH matara a Bruce Lee. Estoy diciendo que esa energía inagotable que todo el mundo admiraba tenía un precio que nadie quería ver.

¿Por qué poner sacos de boxeo en cada habitación no es excentricidad?

Piénsalo desde el cerebro de alguien con hiperactividad.

Tu cuerpo necesita moverse. Constantemente. No es una decisión. Es una necesidad tan básica como respirar. Cuando estás sentado, algo dentro de ti te grita que te levantes. Cuando estás quieto, tu cerebro empieza a buscar estímulos como un GPS recalculando sin parar.

La solución de Bruce Lee fue brillante en su simplicidad: eliminar el tiempo entre el impulso y la acción.

Si tienes un saco en el salón, no necesitas ir al gimnasio para descargar. Si tienes un muñeco de madera en el pasillo, puedes soltar diez golpes al pasar sin perder un segundo. Si tu entorno entero está diseñado para que no haya ni un metro sin algo que golpear, estirar o levantar, tu cerebro nunca se queda sin estímulo.

Es exactamente lo que hace Usain Bolt cuando no puede parar quieto: buscar un canal para esa energía. La diferencia es que Bolt tenía una pista de atletismo. Bruce Lee convirtió su casa entera en la pista.

No es disciplina marcial. Es ingeniería cerebral involuntaria. Es un cerebro que encontró la forma de darse lo que necesitaba sin saber que lo necesitaba.

El entrenamiento que nadie más podía seguir

Hay una historia que cuentan varios de sus alumnos y que resume todo.

Bruce Lee tenía una rutina de entrenamiento que hacía a diario. No era un circuito normal. Era una mezcla de pesas, isométricos, cardio, práctica de técnicas, sparring y lo que él llamaba "investigación marcial", que básicamente significaba probar cosas nuevas hasta que funcionaran o hasta que su cuerpo dijera basta.

Sus compañeros de entrenamiento duraban semanas. A veces meses. Luego dejaban de venir. No porque Bruce fuera un tirano. Sino porque la intensidad de sus sesiones era literalmente insostenible para cualquier cerebro que funcionara a velocidad normal.

Bruce no lo entendía. Para él, eso era lo natural. Eso era lo que un martes por la tarde significaba. No concebía que otros cuerpos necesitaran menos. Que otros cerebros pudieran funcionar sin ese nivel de activación constante.

Y eso es profundamente TDAH.

No es que quieras más. Es que necesitas más. Y cuando los demás no lo entienden, empiezas a pensar que eres tú el raro. Que algo en ti está estropeado. Que esa necesidad de estímulo constante es un defecto en lugar de un rasgo.

Bruce Lee nunca pensó que estaba estropeado. Bruce Lee canalizó esa energía en el Jeet Kune Do, en el cine, en la filosofía, en un legado que medio siglo después sigue sin tener rival.

Pero eso no quita que esa energía tenía un coste.

Lo que la energía de Bruce Lee nos dice sobre el TDAH

Que la energía que el mundo admira y la energía que el mundo castiga son la misma energía.

Bruce Lee con un saco de boxeo es un genio. Un crío en clase que no puede estarse quieto es un problema. Mismo motor. Misma necesidad. Diferente contexto.

Y que "no poder parar" no es un eslogan motivacional. Es una realidad neurológica que a algunos les convierte en leyendas del deporte y las artes marciales, y a otros les convierte en el niño al que expulsan del colegio porque "no sabe comportarse".

Si alguna vez has sentido que tu cuerpo necesita moverse como si tuviera electricidad dentro, que no puedes estar quieto sin que algo empiece a fallar, que la gente a tu alrededor se cansa antes que tú y no entiendes por qué, puede que no seas excéntrico.

Puede que tengas el mismo tipo de motor que tenía Bruce Lee.

Solo que nadie te ha enseñado a poner sacos de boxeo en cada habitación.

Si alguna vez te han dicho que tienes demasiada energía, que no puedes estarte quieto, que necesitas calmarte, puede que el problema no sea la energía. Puede que nadie te haya enseñado qué hacer con ella.

Hacer el test de TDAH

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