El "algún día" con TDAH: la lista que nunca se ejecuta
Tu lista de "algún día" tiene 200 entradas y 0 ejecuciones. Con TDAH no es un plan. Es un cementerio de intenciones disfrazado de ambición.
"Algún día aprendo piano." "Algún día ordeno el trastero." "Algún día escribo ese libro."
Tu lista de algún día tiene 200 entradas y 0 ejecuciones. Con TDAH "algún día" no es un plan. Es un cementerio de intenciones.
Y lo peor no es que la lista exista. Lo peor es que la alimentas. Cada semana le añades una línea nueva con la misma convicción que las anteriores. Como si meter más cosas en la lista fuera en sí mismo un acto productivo. Spoiler: no lo es. Es coleccionar promesas que le haces a tu yo del futuro sabiendo, en algún rincón del cerebro, que ese yo del futuro tampoco va a cumplirlas.
Yo tengo una nota en el móvil que se llama "Ideas y cosas que hacer". La abrí el otro día y tenía 147 puntos. Ciento cuarenta y siete. Algunos llevaban ahí desde 2022. Había uno que decía "aprender a tocar el ukelele". No tengo ukelele. Nunca he tenido ukelele. Ni siquiera me gusta especialmente el ukelele. Pero ahí estaba, en la lista, ocupando espacio como un mueble de Wallapop que nunca recoges.
¿Por qué "algún día" nunca llega cuando tienes TDAH?
Porque "algún día" no tiene fecha. Y lo que no tiene fecha, para tu cerebro, no existe.
Tu cerebro funciona con urgencia o con novedad. Si algo no es urgente ni nuevo, se va al fondo de la cola. Y "algún día" es la definición exacta de "ni urgente ni nuevo". Es una idea que lleva meses ahí, que ya no te emociona como el primer día, y que no tiene ninguna consecuencia si la sigues posponiendo. Para tu cerebro es básicamente invisible.
La gente sin TDAH también tiene listas de "algún día". La diferencia es que de vez en cuando ejecutan alguna. Un domingo por la tarde, sin más, deciden que hoy es el día de ordenar el trastero. Y lo hacen. Sin drama. Sin necesitar una crisis de identidad o una epifanía a las 3 de la mañana para ponerse en marcha.
Tu cerebro no funciona así. Tu cerebro necesita un detonante. Algo que convierta "algún día" en "ahora mismo o exploto". Y como ese detonante no llega para la mayoría de los puntos de la lista, la lista crece. Y crece. Y se convierte en un monumento a todo lo que podrías ser pero no estás siendo.
La lista como coleccionismo emocional
Hay algo que no se dice sobre la lista de "algún día": escribir las cosas ya te da una dosis de satisfacción. Tu cerebro registra "aprender japonés" y siente un pequeño chute de dopamina. Como si apuntarlo fuera medio camino andado. Como si la intención ya contara como progreso.
Es la misma razón por la que empezar cosas te resulta fácil y terminarlas imposible. El arranque es la parte emocionante. La parte donde todo es posible y nada duele. Apuntar algo en la lista es el arranque más barato que existe. Cero esfuerzo, máxima ilusión.
Y luego está la fantasía. Cada punto de la lista es una versión de ti que te gusta imaginar. El tú que toca el piano. El tú que habla tres idiomas. El tú que tiene el trastero ordenado como una tienda de Container Store. Esas versiones viven en la lista y te hacen sentir bien solo con saber que están ahí. Como tener un armario lleno de ropa con las etiquetas puestas. Nunca te la pones, pero te gusta saber que podrías.
El problema es que cada punto no ejecutado tiene un coste invisible. No es solo un "pendiente inocente". Es un recordatorio permanente de la distancia entre quien eres y quien crees que deberías ser. Y esa distancia, con 200 puntos acumulados, se convierte en un pozo.
El efecto avalancha de los "algún día"
Cuando tienes 5 cosas en la lista, es ambición sana. Cuando tienes 50, es optimismo desmedido. Cuando tienes 200, es parálisis.
Porque tu cerebro hace algo cruel: en vez de elegir una y ponerse con ella, las mira todas a la vez. Y ante 200 opciones, todas igualmente abstractas, todas igualmente lejanas, tu cerebro hace lo único que sabe hacer con la sobrecarga. Nada.
Se bloquea. Se queda mirando la lista como quien mira el menú de un restaurante con 15 páginas. Sabe que tiene hambre pero no puede elegir. Y al final pide lo de siempre o se va sin comer.
Eso es exactamente la barrera invisible que te impide empezar. No es pereza. No es que no te importe. Es que hay tantas cosas compitiendo por tu atención que ninguna gana. Y "algún día" se convierte en "ningún día" sin que te des cuenta.
¿Por qué sigues añadiendo cosas si sabes que no las vas a hacer?
Porque tu cerebro con TDAH es un optimista sin memoria a largo plazo.
Cada vez que descubres algo nuevo que te interesa, tu cerebro activa el modo "esto es lo mío". Y lo siente de verdad. No es mentira. En ese momento, genuinamente quieres aprender cerámica, o montar un podcast, o hacer senderismo cada fin de semana. El problema es que esa excitación es la búsqueda de novedad haciendo de las suyas. Es tu cerebro persiguiendo el estímulo más brillante del momento.
Y como ya tienes la lista, metes la cosa nueva ahí con la convicción de que esta vez sí. Esta vez es diferente. Esta vez sí lo vas a hacer. Lo mismo que pensaste con las 199 anteriores.
No aprendes del patrón porque tu cerebro no conecta bien el pasado con el presente. No mira la lista y piensa "a ver, las últimas 50 cosas que apunté tampoco las hice, así que quizá esta tampoco". No. Tu cerebro mira la idea nueva y piensa "esto va a ser la leche" sin contexto histórico. Cada idea nueva es la primera idea del mundo.
¿Qué haces con una lista de 200 cosas que no vas a hacer?
Lo primero: aceptar que no vas a hacer 200 cosas. Ni 100. Ni 50. Probablemente ni 10. Y eso está bien.
No eres peor persona por tener una lista larga y una ejecución corta. Eres una persona con un cerebro que genera más ideas de las que puede procesar. Eso no es un fallo. Es un rasgo. Y como todo rasgo, se puede gestionar en vez de sufrir.
Coge la lista. Léela entera. Y hazte una sola pregunta por cada punto: "Si pudiera hacerlo ahora mismo, sin esfuerzo, ¿lo haría?" Si la respuesta no es un sí inmediato, bórralo. No lo muevas a otra lista. No lo guardes "por si acaso". Bórralo. Ese punto ya cumplió su función: te dio un chute de dopamina cuando lo apuntaste. Ya está. Se acabó. Agradécele el servicio y fuera.
Lo que quede, lo que de verdad quieras hacer, ponle fecha. No "algún día". Una fecha real. Este sábado a las 10. Y si llega el sábado y no te apetece, muévelo al siguiente. Pero que siempre tenga fecha. Porque "algún día" es donde las intenciones van a morir. Y una fecha concreta es donde, al menos, tienen una oportunidad de pelear.
Tu lista de "algún día" no dice nada malo de ti. Dice que tienes un cerebro creativo, curioso, que ve posibilidades en todo. Eso mola. Lo que no mola es dejar que esa lista se convierta en una lista de fracasos invisibles que arrastras a todos lados como una mochila de plomo.
Vacía la mochila. Quédate con tres cosas. Ponles fecha. Y si las haces, genial. Y si no, al menos sabrás que lo intentaste con un plan real en vez de con un "algún día" que nunca iba a llegar.
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Si tu lista de "algún día" tiene más entradas que la Wikipedia y ninguna fecha al lado, puede que el problema no sea tu motivación. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. 10 minutos para entender por qué tus intenciones se quedan siempre en la sala de espera.
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