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Poner excusas elaboradas para lo que es simplemente TDAH

Llevas toda la vida inventando coartadas para síntomas que tienen nombre. Con TDAH te conviertes en guionista de tus propias excusas.

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"Es que soy muy despistado." "Es que tengo mala memoria." "Es que me aburro fácil."

Llevas toda la vida inventando excusas creativas para síntomas que tienen nombre. Con TDAH te conviertes en guionista de tu propia coartada. Y lo peor es que eres bueno. Buenísimo. Tan bueno que hasta tú te las crees.

Yo tenía un repertorio digno de un monologuista. "Es que soy nocturno" (no, es que mi cerebro no se apaga a las 12). "Es que me interesan muchas cosas" (no, es que mi atención salta como una pelota de ping-pong en un terremoto). "Es que soy intenso" (no, es que no tengo regulador emocional y paso de 0 a 100 por un yogur caducado).

La excusa se convierte en identidad. Y ahí es donde la cosa se pone fea.

¿Por qué inventas excusas en vez de decir que tienes TDAH?

Porque la excusa protege. Decir "es que soy un desastre" es socialmente aceptable. Todo el mundo conoce a alguien despistado. Es gracioso, es entrañable, es "ay, qué cabeza tienes". Decir "tengo un trastorno neurológico que afecta a mi función ejecutiva" es un jarro de agua fría en la conversación.

Así que aprendes a traducir. Tu cerebro monta un sistema de doblaje en tiempo real donde cada síntoma tiene una versión apta para todos los públicos.

No puedes empezar una tarea. Traducción: "Es que soy un procrastinador." No puedes mantener una conversación sin interrumpir. Traducción: "Es que soy muy apasionado." No puedes recordar lo que te dijeron hace cinco minutos. Traducción: "Es que estaba pensando en otra cosa."

Y funciona. Funciona tan bien que nadie sospecha. Nadie pregunta más. Y tú te vas a casa convencido de que simplemente eres así. De que esas cosas son tu personalidad y no síntomas que tienen explicación clínica.

El guionista de coartadas que llevas dentro

Con los años, las excusas se vuelven más sofisticadas. Ya no dices "se me olvidó". Ahora tienes un monólogo preparado de tres minutos sobre cómo tu semana ha sido una locura, cómo estás haciendo malabares con mil proyectos, cómo te has liado con las fechas. Todo improvisado. Todo convincente. Todo mentira. Bueno, no mentira exactamente. Es que la verdad es más incómoda: tu cerebro no procesó la información cuando te la dieron y ya estabas pensando en otra cosa antes de que acabaras la frase.

Es agotador. Mantener esa fachada gasta más energía que los propios síntomas. Porque no solo tienes que gestionar el olvido, la distracción, la impulsividad. También tienes que gestionar la explicación del olvido, la distracción y la impulsividad. Doble trabajo. Todo el día.

Y cuando alguien te pilla, cuando la excusa no cuela, cuando llegas tarde por quinta vez y "es que había tráfico" ya no se lo cree nadie, aparece la vergüenza. La vergüenza real. La de saber que tu coartada tiene fecha de caducidad pero tus síntomas no.

Cuando la excusa ya no te protege

Hay un momento en la vida de todo cerebro TDAH donde el repertorio se agota. Donde las excusas ya no cubren la realidad. Donde tu jefe, tu pareja, tu familia, tu amigo del alma, dejan de aceptar "es que soy así" como respuesta válida.

Es ese momento donde la máscara se cae y lo que hay debajo no es un desastre. Es una persona que lleva años compensando un cerebro diferente sin tener ni idea de que era diferente.

El problema de las excusas no es que sean falsas. Es que son parches. Y los parches funcionan un tiempo, pero la tubería sigue rota. Puedes decir "es que tengo mala memoria" hasta que pierdas algo que de verdad importa. Puedes decir "es que soy despistado" hasta que ese despiste te cueste un trabajo, una relación, o la paciencia de alguien que quieres.

El día que dejas de ser el guionista

El diagnóstico, o simplemente entender cómo funciona tu cerebro, no te quita las excusas. Te las hace innecesarias.

Porque cuando sabes que tu memoria de trabajo es limitada, no necesitas decir "es que soy despistado". Puedes decir "necesito apuntarlo ahora o se me va a olvidar, porque mi cerebro funciona así". Es lo mismo pero sin la capa de ficción. Sin la performance.

Y lo curioso es que la gente lo acepta mejor. Porque "soy despistado" suena a que no te importa. "Mi cerebro funciona así y estoy trabajando en ello" suena a que te importa mucho. La diferencia no es el síntoma. Es la honestidad.

Dejar de poner excusas no es dejar de tener problemas. Es dejar de disfrazar los problemas con trajes que no les quedan. Es decir "llego tarde porque me cuesta gestionar el tiempo, no porque el tráfico estuviera mal" y que eso, aunque suene peor, sea infinitamente más útil. Para ti y para los que te rodean.

Lo que las excusas te cuestan de verdad

Cada excusa que inventas refuerza una idea: que tú eres el problema. Que eres vago, despistado, desorganizado, intenso, irresponsable. Porque si la excusa es "soy así", la conclusión lógica es que ser así es un defecto de carácter.

Y no lo es. Es neurología. Pero eso no lo sabes hasta que alguien te lo dice. O hasta que tú mismo dejas de buscar coartadas y empiezas a buscar respuestas.

Las excusas más elaboradas que he escuchado siempre vienen de los cerebros más creativos. Porque hace falta talento para inventar, en dos segundos, una explicación plausible de por qué has olvidado una reunión que tenías escrita en tres sitios distintos. Ese talento es real. Pero está mal dirigido.

El día que dejas de usarlo para justificarte y empiezas a usarlo para entenderte, todo cambia. No porque los síntomas desaparezcan. Sino porque dejas de ser el sospechoso y empiezas a ser el detective.

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Si llevas toda la vida con un repertorio de excusas más largo que tu lista de tareas pendientes, quizá el problema no es que seas un desastre. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. 10 minutos para dejar de inventar coartadas y empezar a entender lo que pasa de verdad.

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