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Lo que Hamilton nos enseña sobre la hiperproductividad con TDAH

Hamilton escribía como si le quedaran cinco minutos. Esa urgencia no era ambición: era un cerebro que no sabe frenar. Hiperproductividad y TDAH.

tdahfamosos

Hamilton escribía como si le quedaran cinco minutos de vida. Siempre. Todo lo hacía deprisa, todo lo hacía a lo grande y nada le parecía suficiente. Eso no es ambición. Es un cerebro que no sabe funcionar en modo normal.

Alexander Hamilton fue uno de los padres fundadores de Estados Unidos. Primer Secretario del Tesoro. Creador del sistema financiero americano. Autor de la mayoría de los Federalist Papers. Abogado. Militar. Escritor compulsivo. Y probablemente el político más productivo que ha existido jamás en ese país.

Y todo eso lo hizo en 49 años. Porque le pegaron un tiro en un duelo y se murió. Así, sin más.

Pero lo que me interesa no es el resumen de Wikipedia. Lo que me interesa es la pregunta que nadie hace.

¿La hiperproductividad de Hamilton era genialidad o un síntoma?

Vamos a poner números. Hamilton escribió 51 de los 85 Federalist Papers. En seis meses. Mientras trabajaba como abogado, atendía casos, y participaba en política activa. Hay historiadores que calculan que escribía entre 5.000 y 10.000 palabras al día durante esos períodos de producción máxima.

Cinco mil palabras al día. Mínimo.

Eso no es disciplina. Eso no es "me levanto a las cinco de la mañana y medito". Eso es un cerebro enganchado a un estímulo que no puede parar hasta que termina. O hasta que se queda sin tinta. O hasta que alguien le obliga a comer algo.

Hamilton no tenía un horario de trabajo. Tenía episodios de producción. Se encerraba días enteros escribiendo sin dormir, sin comer, sin hablar con nadie. Su mujer, Eliza, contaba que a veces lo encontraba a las cuatro de la mañana rodeado de papeles, hablando solo, con los ojos inyectados en sangre y totalmente convencido de que acababa de resolver el futuro económico de un país.

Eso tiene un nombre. Se llama hiperfoco.

¿Qué tiene que ver Hamilton con el TDAH que conocemos hoy?

Obviamente, nadie le diagnosticó nada. En el siglo XVIII no existía el concepto de TDAH. No existían los psiquiatras. No existía casi nada que no fuera morir de disentería o de un balazo.

Pero si miras el patrón de comportamiento de Hamilton con ojos de hoy, la lista de coincidencias da un poco de miedo.

Impulsividad extrema. Hamilton no podía callarse. Si pensaba algo, lo decía. Si alguien le atacaba por escrito, respondía con un documento de setenta páginas el mismo día. No medía consecuencias. No calculaba riesgos. Actuaba y luego pensaba. O no pensaba. Depende del día.

Necesidad constante de estimulación. No le bastaba con ser Secretario del Tesoro. Tenía que escribir ensayos políticos, ejercer de abogado, fundar un periódico, diseñar el sistema bancario, meterse en peleas dialécticas con Jefferson, y de vez en cuando intentar tener vida familiar. Todo a la vez. Todo al máximo. Como si tener solo tres proyectos simultáneos fuera de vagos.

Eso recuerda bastante a lo que hace Elon Musk hoy en día. Ese patrón de no poder tener un solo proyecto, de necesitar estar en todo, de funcionar a un ritmo que desde fuera parece insostenible. Porque es insostenible. Pero el cerebro no te da otra opción.

Dificultad con las relaciones personales. Hamilton era brillante en público y un desastre en privado. Infiel, ausente, incapaz de estar presente cuando no había un estímulo intelectual de por medio. Su matrimonio sobrevivió de milagro. Sus amistades eran intensas pero volátiles. Podía adorarte el lunes y destrozarte el martes si le llevabas la contraria.

Y luego está el duelo con Burr. Porque solo alguien con una impulsividad de manual acepta un duelo a muerte sabiendo que probablemente va a perder. Hamilton sabía que Burr era mejor tirador. Le daba igual. La provocación podía más que la supervivencia.

¿La hiperproductividad es un superpoder o una trampa?

Aquí es donde la gente se pierde.

Ves a Hamilton escribir 51 ensayos en seis meses y piensas "qué tío más productivo". Ves a Jeff Bezos montar Amazon desde un garaje y piensas "qué visionario". Ves a Steve Jobs reinventar la tecnología y piensas "qué genio".

Pero no ves lo que hay detrás.

No ves las noches sin dormir que no son "hustle culture" sino incapacidad literal de apagar el cerebro. No ves la ansiedad de tener cuarenta y siete ideas a la vez y no poder ejecutar ninguna en orden. No ves la relación rota porque no puedes estar presente cuando tu cabeza ya está en el siguiente proyecto. No ves que a veces la hiperproductividad no es algo que eliges. Es algo que te pasa.

Hamilton no decidía trabajar veinte horas seguidas. Su cerebro entraba en un modo donde parar no era una opción. Y cuando terminaba, el bajón era proporcional. Los períodos de producción brutal iban seguidos de períodos donde apenas funcionaba. Donde la energía se evaporaba y solo quedaba el cansancio de haberlo dado todo sin medida.

Eso no sale en los libros de historia. Pero es la parte que cualquiera con TDAH reconoce al instante.

Lo que Hamilton te enseña sin querer

Que la productividad extrema sin gestión se convierte en autodestrucción. Hamilton murió a los 49 años en un duelo absurdo que aceptó por impulso. Toda esa capacidad intelectual brutal no le sirvió para tomar la decisión más básica: no presentarte a que te disparen.

Que el hiperfoco es una herramienta increíble cuando lo diriges. 51 ensayos que ayudaron a fundar un país. Un sistema financiero diseñado en meses que sigue funcionando dos siglos después. Eso es lo que pasa cuando un cerebro así encuentra el canal correcto.

Y que la línea entre genio y caos es mucho más fina de lo que parece. Hamilton cruzó esa línea constantemente. A veces para bien. A veces para desastre total. Pero nunca se quedó en el medio. Porque un cerebro así no sabe estar en el medio.

Lo que Hamilton no tuvo fue información. No supo nunca por qué funcionaba así. No tuvo un nombre para lo que le pasaba. No tuvo herramientas para gestionar la intensidad. Solo tuvo el instinto de canalizar toda esa energía en algo más grande que él.

Y funcionó. Hasta que dejó de funcionar.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro produce a un ritmo que tú mismo no puedes seguir, que la hiperproductividad no es algo que decides sino algo que te arrastra, puede que no sea un problema de voluntad. Puede que sea un cerebro que funciona diferente y que merece ser entendido.

Hacer el test de TDAH

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