"Si puedes concentrarte en algo, no tienes TDAH": el mito del hiperfoco

El hiperfoco no contradice el TDAH, es uno de sus síntomas más característicos. Te explicamos por qué el cerebro TDAH puede pasar horas en algo y segundos.

"Si puedes concentrarte en videojuegos durante seis horas seguidas, no tienes TDAH."

Lo habrás oído. O te lo habrán dicho directamente. Con esa cara de "ya te pillé" que pone la gente cuando cree que ha resuelto el misterio de tu vida en una sola frase.

Y la cosa es que suena lógico. Si el problema es el déficit de atención, ¿cómo narices puedes estar seis horas sin moverte frente a una pantalla? ¿No debería tu cerebro disperso dispersarse también ahí?

Pues no. Y aquí es donde la mayoría de la gente, incluyendo médicos que deberían saber esto, se equivoca.

¿Qué es el hiperfoco y por qué lo tiene mucha gente con TDAH?

El TDAH no es un déficit total de atención. Eso es lo primero que hay que entender.

No es que el cerebro TDAH no pueda concentrarse. Es que no puede regular cuándo, cómo y en qué se concentra. El sistema de control de la atención no funciona por voluntad. Funciona por interés, por urgencia, por novedad, por dopamina.

Cuando algo activa ese circuito de recompensa, el cerebro TDAH no solo se concentra. Se concentra demasiado. Se bloquea en ello. Pierde la noción del tiempo, del hambre, del frío, de que lleva tres horas sin moverse del sitio. Eso es el hiperfoco.

Y el hiperfoco no es lo contrario del TDAH. Es uno de sus síntomas más característicos.

El mismo cerebro que no puede estar cinco minutos prestando atención a algo que le resulta neutro o aburrido puede pasarse horas enteras absorto en algo que le genera dopamina. No porque se haya curado. No porque "si quiere puede". Sino porque el sistema de regulación de la atención responde a estímulos, no a decisiones conscientes.

Michael Phelps, el nadador que no podía estar quieto en clase

Phelps tiene TDAH diagnosticado. Lo ha contado en varias entrevistas.

De pequeño, sus profesores decían que era imposible de manejar. No podía estar sentado. No podía prestar atención. No podía hacer nada que le resultara aburrido sin que su cerebro se escapara a otra parte. Sus notas eran un desastre. Su madre llegó a preguntar si algún día podría concentrarse en algo.

La respuesta llegó en la piscina.

En el agua, Phelps podía entrenar seis horas seguidas. Sin problema. Sin distracción. Su cerebro, que en clase duraba minutos, en el entrenamiento aguantaba horas. No porque el agua fuera mágica. Sino porque la natación le activaba exactamente los mecanismos de recompensa que el aula no le activaba.

¿Eso significa que no tenía TDAH? No. Significa que el hiperfoco es una parte del TDAH tan real como la distracción. Son dos caras de la misma moneda neurológica. El mismo sistema que te hace dispersarte en lo que no te importa te clava en lo que sí.

Puedes leer más sobre el hiperfoco de Phelps si quieres entender el mecanismo en detalle.

Einstein olvidaba dónde vivía pero resolvía ecuaciones durante días

Einstein es el caso más citado del mito del genio disperso, y con razón.

Era tan olvidadizo en los asuntos cotidianos que en alguna ocasión llamó a casa para preguntar dónde vivía. No es broma. Sus amigos contaban anécdotas de él apareciendo en sitios equivocados, olvidando citas, perdiendo objetos, siendo incapaz de gestionar los detalles más básicos de su vida diaria.

Pero cuando un problema de física le enganchaba, podía estar días sin salir de ese estado. Comiendo poco. Durmiendo poco. Completamente absorbido. Sin que nada exterior pudiera interrumpirle realmente.

Dos comportamientos en el mismo cerebro. Despiste absoluto en lo cotidiano, concentración sobrehumana en lo que le activaba. No son contradictorios. Son el mismo sistema funcionando de la misma manera con distintos estímulos.

Beethoven componía sin parar pero no recordaba haberlo hecho

Beethoven es otro ejemplo que encaja como un guante.

Componer le absorbía de una manera que sus contemporáneos describían como casi sobrenatural. Podía pasar noches enteras trabajando en una pieza, completamente desconectado del mundo. Y al día siguiente no recordaba con claridad qué había hecho ni cómo.

No porque tuviera mala memoria en general. Sino porque el hiperfoco lleva a un estado de concentración tan profundo que el cerebro no procesa el contexto externo de la misma manera. El tiempo desaparece. El entorno desaparece. Solo existe aquello en lo que estás metido.

Puedes verlo mejor explicado en el perfil de Beethoven y el TDAH.

¿Por qué el mito del hiperfoco es tan dañino?

Porque lleva directamente a la frase del principio.

"Si puedes concentrarte en algo, no tienes TDAH."

Y esa frase hace que miles de personas adultas lleguen a una consulta y el médico, en lugar de escucharles, saque ese argumento como si fuera definitivo. "¿Y en los videojuegos puede concentrarse? Entonces no es TDAH."

Hace que padres vean a sus hijos absortos durante horas en algo y concluyan que el diagnóstico es un error. Que se inventaron el problema. Que si se esforzaran igual en los deberes, todo iría bien.

Hace que adultos diagnosticados en la cuarentena pasen décadas creyendo que son vagos, irresponsables o incapaces porque podían concentrarse en sus cosas pero no en las que el mundo les pedía.

El hiperfoco no contradice el diagnóstico. Lo confirma.

Un cerebro que puede pasar seis horas en algo y treinta segundos en otra cosa no tiene un problema de cantidad de atención. Tiene un problema de regulación de la atención. Y eso es exactamente lo que define el TDAH.

¿Qué significa esto si lo reconoces en ti?

Que el hiperfoco no es una ventaja sin más. Ni una desventaja sin más. Es un mecanismo que funciona de una manera concreta y que hay que entender para no dejarse llevar por él.

Porque el hiperfoco puede ser increíblemente productivo cuando está bien orientado. Phelps lo metió en la piscina. Einstein lo metió en la física. Beethoven en la música.

Pero también puede ser un agujero negro que te traga durante horas en cosas que no importan. Videojuegos. Series. Un hilo de internet que no lleva a ningún sitio. Y cuando sales de él, has perdido la tarde y no tienes ni idea de cómo.

La diferencia no está en la fuerza de voluntad. Está en entender qué activa tu cerebro, cuándo, y cómo canalizar ese mecanismo en lugar de dejarte arrastrar por él.

No es magia chamánica. Es conocer cómo funciona tu sistema nervioso.

Y lo primero para conocerlo es dejar de creer el mito de que si puedes concentrarte en algo, entonces no tienes ningún problema.

Si te has reconocido en alguna de estas descripciones, si el hiperfoco y la distracción conviven en tu cabeza como si fueran dos personas distintas, puede que valga la pena entender qué está pasando de verdad.

Esto es normalización, no diagnóstico. Si reconoces estos patrones en ti, el siguiente paso es un profesional, no un post de blog.

Hacer el test de TDAH

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