Alexander Hamilton: el padre fundador que no podía dejar de escribir
Hamilton escribió 51 ensayos de El Federalista en meses mientras fundaba un país. Su productividad no era normal. Su cerebro, tampoco.
Hamilton escribió 51 de los 85 ensayos de El Federalista. Solo. En meses. Mientras fundaba un país, un banco y peleaba en duelos. Su productividad no era normal. Su cerebro tampoco.
Y no es que fuera un tipo con mucha disciplina y buen café. Es que Hamilton funcionaba a una velocidad que dejaba agotados a todos los que trabajaban con él. Incluidos los otros padres fundadores, que no eran precisamente vagos.
Hay gente que produce mucho. Y luego está Hamilton, que producía como si le fuera la vida en ello. Literalmente.
¿Cómo podía Hamilton producir más que todos los demás juntos?
La respuesta fácil es "era muy listo". Y sí, lo era. Pero la inteligencia sola no explica lo que hacía este hombre.
Hamilton no solo escribía rápido. Escribía en paralelo. Saltaba de un proyecto político a un plan financiero, de ahí a un ensayo público, de ahí a una carta personal, y volvía al proyecto político sin perder el hilo. Sus colaboradores describían sesiones de trabajo donde Hamilton dictaba una carta mientras escribía otra cosa con la mano. Al mismo tiempo.
Eso no es disciplina. Eso es un cerebro que necesita estar haciendo varias cosas a la vez para funcionar.
John Adams, que fue presidente y no le tenía demasiado cariño, lo describió como alguien con "una superabundancia de secretos que no podía contener". Thomas Jefferson, que lo detestaba abiertamente, admitía que era la persona más productiva que había conocido. Cuando tus mayores rivales políticos reconocen que produces a un nivel que no entienden, algo pasa.
Y lo que pasaba no era solo talento. Era un cerebro que no tenía freno.
El huérfano que convirtió la urgencia en combustible
Hamilton nació en el Caribe, en una situación que hoy llamaríamos "todo en contra". Padre ausente, madre muerta cuando tenía doce años, huérfano total a los trece. Sin familia, sin dinero, sin conexiones.
A los catorce trabajaba como empleado en una empresa comercial. A los quince, su jefe se fue de viaje y Hamilton se quedó gestionando toda la operación. Solo. Y lo hacía mejor que el dueño.
Cuando un huracán devastó la isla en 1772, Hamilton escribió una carta describiendo la destrucción que era tan buena que los vecinos de la isla hicieron una colecta para mandarlo a estudiar a Nueva York. Tenía diecisiete años.
Piensa en eso. Un chaval de diecisiete años escribe tan bien sobre un desastre natural que un grupo de adultos decide invertir dinero en su educación. No porque les diera pena. Porque reconocieron que ese cerebro tenía algo diferente.
Y una vez en Nueva York, la cosa no se calmó. Se aceleró.
La hiperactividad que construyó un país
En la universidad, Hamilton escribía panfletos políticos mientras estudiaba. Se unió al ejército revolucionario y acabó siendo la mano derecha de George Washington. Después de la guerra, se puso a estudiar derecho por su cuenta y aprobó el examen en seis meses. Lo normal eran tres años.
Seis meses. Sin academia. Sin tutor. Solo un cerebro que cuando se enganchaba a algo no podía parar.
Y luego vino El Federalista. Hamilton convenció a Madison y a Jay para escribir una serie de ensayos defendiendo la nueva Constitución. El plan era que cada uno escribiera una parte. Hamilton acabó escribiendo 51 de los 85 ensayos. Algunos los escribía a un ritmo de varios por semana. Mientras ejercía de abogado. Mientras diseñaba el sistema financiero del país.
Eso no es productividad normal. Es lo que pasa cuando un cerebro con hiperfoco encuentra un proyecto que le importa de verdad. El resto del mundo desaparece. Las horas dejan de contar. Solo existe el trabajo.
Es el mismo patrón que ves en líderes con TDAH a lo largo de la historia. No es que trabajen más horas. Es que cuando su cerebro se enciende, funciona a una intensidad que los demás no pueden igualar.
La otra cara: impulsividad sin filtro
Pero la misma energía que hacía a Hamilton imparable en su escritorio era la que le metía en problemas fuera de él.
Su boca no tenía filtro. Se peleaba con todo el mundo. Con Adams, con Jefferson, con Burr, con medio Congreso. No era que no supiera diplomacia. Es que no podía contener la respuesta que le salía en caliente. Impulsividad en estado puro.
Su vida personal era un desastre similar. Tuvo una aventura extramatrimonial y cuando lo amenazaron con hacerla pública, en vez de negarlo, publicó un panfleto de 95 páginas confesándolo todo. Con detalles. Todo. Para demostrar que al menos no había malversado fondos públicos.
Noventa y cinco páginas para decir "sí, la lié, pero no robé". Eso es un cerebro que no sabe frenar una vez que arranca.
Igual que Benjamin Franklin, Hamilton no podía centrarse en una sola cosa durante mucho tiempo sin saltar a otra. Pero donde Franklin dispersaba su energía en inventos e investigaciones, Hamilton la concentraba en construir instituciones. Bancos, sistemas fiscales, constituciones. Y en meterse en líos que podría haber evitado si hubiera contado hasta diez antes de abrir la boca.
O antes de aceptar un duelo, ya que estamos.
La velocidad como forma de supervivencia
Hay algo que se repite en la biografía de Hamilton que suena muy familiar si conoces el TDAH: la sensación constante de que el tiempo se acaba.
Hamilton vivía con una urgencia permanente. Como si cada día fuera el último plazo. Trabajaba de noche, dormía poco, escribía en el carruaje, en el barco, entre reuniones. No paraba. No podía parar.
Parte de eso era su historia. Un huérfano sin red de seguridad que sabía que nadie iba a venir a rescatarlo. Pero parte era también un cerebro que necesitaba estímulo constante para funcionar, y que cuando no lo encontraba, lo creaba. Aunque fuera metiéndose en una pelea política que no necesitaba.
Es lo que Churchill entendía también sobre la toma de decisiones bajo presión. Algunos cerebros funcionan mejor cuanto más intenso es el entorno. Donde otros se paralizan, ellos se activan. No porque sean valientes, sino porque así está cableado su sistema nervioso.
Hamilton no elegía vivir a esa velocidad. Su cerebro no le daba otra opción.
Lo que Hamilton nos deja (aparte de un musical)
Hamilton murió a los 49 años en un duelo que probablemente podría haber evitado. Impulsividad hasta el final.
Pero en esos 49 años metió más vida de la que la mayoría de la gente metería en tres. Escribió el esqueleto financiero de Estados Unidos. Coescribió la defensa intelectual de la Constitución. Creó un sistema bancario. Ejerció de abogado, de militar, de periodista, de político.
Y todo a una velocidad que nadie a su alrededor podía seguir.
No sabemos si Hamilton tenía TDAH diagnosticado porque en el siglo XVIII no existía el diagnóstico. Pero el patrón está ahí, escrito en cada página de su biografía: la productividad explosiva, los cambios constantes de proyecto, la impulsividad sin freno, la urgencia permanente, la incapacidad de hacer las cosas a medio gas.
Todo o nada. Siempre.
Si algo demuestra Hamilton es que un cerebro que no sabe parar puede ser increíblemente potente cuando encuentra la dirección correcta. Y también increíblemente destructivo cuando no la encuentra. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo. Son el mismo cerebro.
Si alguna vez has sentido que tu cabeza produce ideas a una velocidad que el resto del mundo no puede seguir, que necesitas estar haciendo tres cosas a la vez para sentirte vivo, puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites entender cómo funciona tu cerebro.
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