Alexander Graham Bell: el inventor del teléfono que no podía centrarse en una cosa
Bell inventó el teléfono, pero su cerebro no paró ahí. Aviación, hidroplanos, educación de sordos... Un hombre que saltaba de obsesión en obsesión.
Hay una versión de Alexander Graham Bell que todos conocemos: el tío que inventó el teléfono en 1876 y se hizo rico y famoso. Historia bonita, resuelta, ordenada.
Luego está la versión real: un hombre que nunca pudo quedarse quieto en un solo campo, que tenía la cabeza llena de proyectos a la vez, que saltaba de la acústica a la aviación sin avisar, y que dejó tras de sí un rastro de inventos, fracasos y obsesiones que no encajan con la imagen del genio sereno que posa en los libros de texto.
Esa segunda versión es mucho más interesante.
¿Por qué Bell empezó investigando el sonido?
Antes de hablar del teléfono, hay que entender de dónde venía Bell.
Su madre era sorda. Su esposa, Mabel, también era sorda. Su padre era profesor de fonética y dicción. Bell creció literalmente rodeado de la voz humana como problema a resolver: cómo funciona, cómo se transmite, cómo se puede enseñar a alguien que no oye a comunicarse.
No fue casualidad que acabara investigando la transmisión del sonido. Fue una obsesión que venía de lejos, de lo más personal que tenía.
Y aquí empieza lo interesante: Bell usó esa obsesión como punto de entrada, pero su cerebro no supo quedarse ahí. Investigando cómo transmitir el sonido a distancia acabó inventando el teléfono. Investigando el teléfono se metió en la electricidad. Investigando la electricidad se metió en otros proyectos. Y así, uno detrás de otro, hasta el final de su vida.
¿Cuántos proyectos llevaba Bell a la vez?
Esto es lo que no cuadra con el relato oficial.
Después del teléfono, Bell siguió trabajando en educación de personas sordas durante décadas. Fundó una revista científica. Investigó métodos para desalinizar el agua. Se obsesionó con los diseños de cometas y sus principios aerodinámicos, que más tarde aplicó a la aviación.
En 1907, con más de sesenta años, cofundó el Aerial Experiment Association y colaboró en el desarrollo de uno de los primeros aviones de América del Norte. El Silver Dart, el avión que surgió de ese grupo, fue el primer vuelo propulsado en Canadá.
No se quedó ahí. Bell también trabajó en hidroplanos. Su embarcación HD-4 estableció en 1919 un récord de velocidad en el agua que no se superó durante años.
Y mientras hacía todo eso, seguía interesado en la genética del ganado, en métodos para detectar problemas médicos mediante el sonido, y en unas cuantas ideas más que mantenía en distintos estados de desarrollo simultáneo.
Un solo proyecto terminado y famoso. Decenas de proyectos a la vez por debajo de la superficie.
Si eso no te suena a algo, te sugiero que hagas el test de TDAH cuando termines de leer esto.
¿Era TDAH o simplemente curiosidad?
Aquí hay que ser honestos: Bell no tiene diagnóstico. Nunca lo tuvo. El TDAH como concepto clínico no existía en su época, así que todo lo que digamos sobre su neurología es especulación informada, no certeza.
Lo que sí podemos decir es que el patrón de comportamiento que documentan sus biógrafos encaja con lo que hoy reconocemos en muchos adultos con TDAH: múltiples intereses simultáneos que compiten por atención, dificultad para dejar morir proyectos aunque no avancen, capacidad de hiperfoco brutal en ciertas áreas, y una energía que saltaba de campo en campo sin aparente fatiga.
Bell dormía poco. Trabajaba de noche. Tenía fama de empezar conversaciones en mitad de una idea sin explicar el contexto previo, como si esperara que los demás pudieran seguirle el ritmo mental. Sus socios y colaboradores dejaron testimonios de lo difícil que era mantenerle centrado en un solo objetivo cuando algo nuevo captaba su atención.
¿Curiosidad o TDAH? Probablemente las dos cosas no se excluyen.
Entre los inventores con TDAH que la historia ha rescatado con el tiempo, Bell encaja con más claridad de lo que muchos esperarían.
El problema de vivir en el siglo XIX con un cerebro del siglo XXI
Bell tuvo suerte en una cosa: vivió en una época donde no existía el sistema educativo moderno que aplasta a los niños que no se adaptan al molde.
De pequeño fue un estudiante errático. Le interesaba lo que le interesaba y lo demás le aburría. Su educación fue irregular, con periodos en casa y periodos en colegios formales que no terminaban de funcionar. A los doce años ya construía dispositivos mecánicos. A los quince ya había diseñado su primer invento funcional, una máquina para descascarar trigo.
Si hubiera nacido en 2000, es muy probable que alguien le hubiera puesto etiquetas antes de que pudiera demostrar para qué servía su cabeza.
En cambio, en el siglo XIX, un muchacho inteligente con energía y con familia que lo apoyaba tenía espacio para explorar. No era perfecto, pero tampoco le cerraban puertas antes de abrirlas.
¿Qué hace a Bell diferente de otros inventores de su época?
La comparación más obvia es con Edison, que también tenía un laboratorio perpetuo y docenas de proyectos corriendo a la vez. Pero hay una diferencia importante.
Edison era más metódico en su caos. Tenía equipos, estructuras, sistemas para convertir la energía dispersa en resultados industriales. Era un empresario tanto como un inventor.
Bell era más romántico en su dispersión. Muchos de sus proyectos no llegaron a ningún lado o los dejó a medias cuando algo nuevo lo enganchó. No le importaba tanto llegar al final como el proceso de explorar. La parte comercial del teléfono la delegó relativamente pronto para poder volver a sus investigaciones.
Tampoco es tan distinto de Hedy Lamarr, que inventó sistemas de comunicación mientras era actriz de Hollywood porque su cerebro no podía quedarse quieto. La diferencia es que a Bell le tocó ser hombre en el siglo XIX, lo que significa que sus proyectos se documentaron, se tomaron en serio y se financiaron.
Lo que Bell nos dice sobre el TDAH y los inventos
Hay una narrativa muy extendida que dice que el TDAH es un superpoder creativo. Que todos los genios lo tenían. Que si eres disperso es porque eres especial.
Esa narrativa es demasiado simple y, en muchos casos, hace daño.
Lo que sí es cierto es esto: hay una forma de procesar el mundo donde el aburrimiento es insoportable, donde la novedad activa algo que el resto no tiene, donde cambiar de problema estimula más que profundizar en uno solo. Esa forma de funcionar puede ser una ventaja brutal en ciertos contextos y un problema enorme en otros.
Bell tuvo los contextos adecuados: familia, recursos, época, colaboradores que compensaban lo que él no podía sostener solo. Con eso, su cerebro hizo cosas extraordinarias.
Sin esos contextos, el mismo cerebro podría haber acabado siendo el tipo que siempre tiene mil ideas y no termina ninguna.
No hay superpoder automático. Hay condiciones que permiten que ciertos cerebros funcionen bien, y condiciones que los aplastan.
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Si reconoces algo de este patrón en ti mismo, lo más útil que puedes hacer es entender mejor cómo funciona tu cerebro antes de intentar cambiarlo. Empieza por el test de TDAH: dieciséis preguntas, resultado inmediato, sin humo.
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