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Lo que Alan Turing nos enseña sobre pensar diferente cuando nadie te entiende

Alan Turing pensaba de una forma que nadie entendía. Le llamaron raro. Y su mente diferente salvó millones de vidas y creó la computación moderna.

tdahfamosos

Alan Turing pensaba de una forma que nadie a su alrededor entendía. Le consideraron raro, peligroso y enfermo. Y resulta que su forma de pensar salvó millones de vidas y creó la computación moderna. Si piensas diferente y nadie te entiende, esto va para ti.

Porque la historia de Turing no es solo la historia de un genio. Es la historia de un cerebro que funcionaba de una manera tan distinta que el mundo no supo qué hacer con él. Y en vez de intentar entenderle, decidieron destruirle.

¿Quién era Alan Turing y por qué importa tanto?

Turing nació en Londres en 1912. Desde crío, su cabeza funcionaba a otra velocidad. En el colegio sus profesores no sabían si era un genio o un problema. Probablemente las dos cosas. Se obsesionaba con las matemáticas y la lógica mientras ignoraba el resto de asignaturas. No era que no pudiera. Es que su cerebro decidía dónde poner la atención, y las clases de latín no estaban en la lista.

A los 24 años publicó un artículo que definió lo que hoy llamamos computación. Literalmente inventó el concepto de máquina universal. No un ordenador físico. La idea de lo que un ordenador podría ser. A los 24 años. Mientras la mayoría de la gente de su edad intentaba entender cómo funcionaba el mundo, él estaba diseñando cómo iba a funcionar el futuro.

Y durante la Segunda Guerra Mundial, lideró el equipo de Bletchley Park que descifró Enigma. El código que los nazis creían imposible de romper. Turing no lo rompió siguiendo el manual. Lo rompió pensando de una forma que a los demás les parecía absurda hasta que funcionaba.

Se estima que su trabajo acortó la guerra entre dos y cuatro años. Millones de vidas. Por un tío al que sus profesores no entendían.

¿Qué tiene que ver Turing con pensar diferente?

Lo fascinante de Turing no es solo lo que consiguió. Es cómo lo consiguió.

Turing no seguía el camino lógico que seguían sus compañeros. Daba saltos. Conectaba ideas que aparentemente no tenían nada que ver entre sí. Se obsesionaba con un problema durante horas, días, semanas, hasta que su cerebro encontraba un patrón que nadie más veía. Y cuando intentaba explicarlo, la gente le miraba como si hablara en otro idioma.

Si alguna vez has intentado explicar cómo llegaste a una conclusión y la gente te mira con cara de "¿de dónde has sacado eso?", bienvenido al club.

Eso es lo que hacen los cerebros que funcionan diferente. No van del punto A al punto B pasando por todos los puntos intermedios. Van del punto A al punto J, luego vuelven al C, saltan al M, y de repente dicen "la respuesta es 42" mientras los demás todavía están en la B intentando entender las instrucciones.

El problema es que el mundo premia el camino lineal. El paso a paso. El "enséñame tu trabajo". Y cuando tu trabajo es un folio lleno de garabatos que solo tienen sentido dentro de tu cabeza, el mundo te mira raro.

Turing vivió eso toda su vida.

¿Qué nos enseña Turing sobre ser diferente en un mundo que no te entiende?

La lección más potente de Turing no es técnica. Es humana.

Turing demostró que la forma de pensar que el mundo llama "rara" puede ser exactamente lo que el mundo necesita. Pero también demostró el coste de ser diferente en una sociedad que no está preparada para entenderte.

En 1952, Turing fue condenado por ser homosexual. Le dieron a elegir entre cárcel o castración química. Eligió la castración. En 1954, murió envenenado con cianuro. Tenía 41 años.

El hombre que había salvado millones de vidas con su mente diferente fue destruido por un mundo que no toleraba su diferencia.

Hay algo en esa historia que resuena con cualquier persona que haya sentido que su forma de funcionar no encaja. No estoy comparando la persecución que sufrió Turing con los problemas de atención en una clase de matemáticas. Pero sí hay un hilo conductor: el mundo tiene muy poca paciencia con la gente que no funciona como se espera.

Y eso conecta con algo que Stephen Hawking también vivió. Mentes que no paran, que no siguen el guion, que procesan la realidad de formas que incomodan a los que les rodean. El patrón se repite.

La obsesión como superpoder (cuando te dejan usarla)

Turing no descifró Enigma con disciplina convencional. Lo hizo con obsesión pura. Se sumergía en un problema y no salía hasta que lo resolvía o se quedaba dormido encima de los papeles. Sus compañeros en Bletchley Park contaban que a veces desaparecía durante horas, corría por los jardines para pensar, y volvía con una solución que nadie esperaba.

Eso tiene un nombre muy específico para los que conocemos este tipo de cerebros: hiperfoco. La capacidad de desconectar absolutamente todo lo que no sea el problema que tienes delante. No porque elijas hacerlo. Porque tu cerebro decide que eso es lo único que importa ahora mismo y el resto del universo puede esperar.

Es lo mismo que le pasaba a Feynman con sus cerraduras y sus bongos. Una curiosidad tan intensa que se convierte en obsesión productiva. Cerebros que no pueden funcionar a media potencia. O están al máximo o están apagados.

El problema es que esa misma capacidad que te permite descifrar un código nazi en seis meses también te hace olvidar que habías quedado para comer. Turing era famoso por sus excentricidades: encadenaba su taza de té al radiador para que no se la robaran, iba al trabajo en bicicleta con una máscara antigás porque le daba alergia el polen, y calculaba problemas en la cabeza mientras corría maratones.

No son anécdotas graciosas. Son señales de un cerebro que funciona a otra frecuencia.

Lo que Turing nos dejó (y no son solo los ordenadores)

Turing nos dejó la computación. La inteligencia artificial. El test de Turing. Las bases de prácticamente todo lo digital que usas hoy.

Pero hay algo más importante que todo eso.

Nos dejó la prueba de que pensar diferente no es un defecto. Es una ventaja competitiva brutal. Siempre que el entorno te deje usarla. Siempre que alguien tenga la decencia de no destruirte por ser quien eres.

Las mentes inquietas que cambiaron la ciencia tienen algo en común: no encajaban. Y precisamente porque no encajaban, pudieron ver cosas que los demás no veían. La dispersión, la obsesión, los saltos de pensamiento, la incapacidad de seguir el camino establecido. Todo eso que el sistema llama "problema" puede ser exactamente lo que hace falta para resolver problemas que nadie más puede resolver.

Turing no descifró Enigma a pesar de pensar diferente. Lo descifró porque pensaba diferente.

Y eso aplica a cualquier cerebro que funcione fuera del manual de instrucciones estándar.

En 2013, la reina de Inglaterra concedió el perdón real a Turing. Sesenta años después. Tarde. Muy tarde. Pero al menos ahora el mundo reconoce lo que debería haber reconocido desde el principio: que las mentes que no encajan son, muchas veces, las que hacen que el mundo avance.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro funciona de una forma que nadie a tu alrededor parece entender, puede que no sea un fallo de fábrica. Puede que solo necesites saber cómo funciona. Y un buen primer paso es descubrirlo.

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