Lo que Stephen Hawking nos enseña sobre la mente que no para
Hawking tenía una mente en constante movimiento atrapada en un cuerpo que no se movía. Su humor, rebeldía y productividad tienen un patrón reconocible.
Hay algo que la gente recuerda de Stephen Hawking.
La silla. El sintetizador de voz. La imagen del genio postrado que desafía al universo con la mente mientras el cuerpo se queda quieto.
Lo que la gente no suele recordar es el humor. La rebeldía. Las apariciones en Los Simpson y en Big Bang Theory. El tipo que hacía apuestas científicas, perdía, y lo publicaba. El que tenía opiniones brutalmente directas sobre casi todo. El que siguió produciendo hasta el final porque parar no era una opción que su cerebro contemplara.
Ese Hawking. El que no cabe en el póster motivacional.
¿Qué tiene que ver Hawking con el TDAH?
Antes de seguir, el aviso de siempre: no hay ningún diagnóstico formal de TDAH en Hawking. No lo voy a inventar. Lo que sí hay es un patrón de comportamiento que cualquiera que entienda cómo funciona este tipo de cerebro reconoce al instante.
Estamos en territorio especulado. Pero el patrón está ahí.
Hawking era el tipo de persona que tenía tres conversaciones a la vez dentro de su cabeza mientras tú le estabas hablando. El que se aburría en clase. El que no destacó especialmente en Oxford hasta que encontró la física teórica y ahí se le encendió algo que ya no se apagó. El que producía ideas a una velocidad que sus compañeros no podían seguir.
El hiperfoco no entiende de sillas de ruedas ni de enfermedades degenerativas.
¿Por qué un cerebro así produce más bajo condiciones extremas?
Cuando a Hawking le diagnosticaron ELA a los 21 años, los médicos le dieron dos años de vida.
Vivió 55 más.
En esos 55 años escribió "Breve historia del tiempo", que lleva más de treinta años en listas de libros más vendidos y que un editor rechazó porque creía que un libro así no vendería. Publicó decenas de artículos científicos. Tuvo tres hijos. Se casó dos veces. Viajó en cero gravedad. Fue al polo norte.
La ELA fue progresando. El cuerpo fue quedándose quieto. La mente no paró ni un segundo.
Hay algo peculiar en los cerebros que funcionan con esta intensidad. El aburrimiento los mata. La urgencia, paradójicamente, los activa. Cuando el contexto se vuelve extremo, cuando hay algo real en juego, ese tipo de cerebro no colapsa. Se organiza. Se enfoca. Encuentra el único canal por el que puede salir y lo usa sin parar.
Hawking perdió la voz en 1985 por una traqueotomía. Desde entonces hablaba a través de un sintetizador que controlaba con un músculo de la mejilla. Una frase tardaba varios minutos en construirse.
Siguió publicando. Siguió dando conferencias. Siguió haciéndolo todo.
¿Cómo se explica esa productividad?
"Breve historia del tiempo" no fue escrita para físicos.
Eso es lo que mucha gente olvida. Hawking quería explicar los agujeros negros y el origen del universo a cualquier persona con curiosidad y tiempo libre en un aeropuerto. Sin ecuaciones. Sin jerga. Con humor.
Su editor le dijo que por cada ecuación que pusiera en el libro, las ventas se reducirían a la mitad. Hawking incluyó exactamente una: E=mc².
Ese tipo de claridad no viene de la disciplina. Viene de un cerebro que necesita comunicar, que no tolera el hermetismo, que se impacienta con el lenguaje que excluye sin necesidad.
Los cerebros que van a mil también tienen ese rasgo. La impaciencia con la complejidad innecesaria. La necesidad de ir al grano. La sensación de que si algo no se puede explicar de forma simple es porque todavía no se entiende del todo.
Era extraordinariamente productivo. Pero también tenía fama de ser dificilísimo de gestionar. Exigente. Directo hasta la crueldad a veces. Con muy poca paciencia para las personas que iban lentas o para los formalismos que no servían para nada.
No era fácil trabajar con él. Tampoco vivir con él, según cuentan.
Eso también forma parte del patrón.
La rebeldía como rasgo de carácter
Hawking no respetaba a las autoridades por el hecho de serlo.
En Oxford no hacía los deberes porque le resultaban aburridos y lo decía sin disculparse. De mayor, discrepaba en público con otros físicos de peso, incluido Carl Sagan en algún punto, y publicaba las apuestas perdidas como un gesto de honestidad intelectual que pocos científicos hacen.
Tenía una teoría sobre los agujeros negros que resulta que estaba equivocada. Lo reconoció. Pagó la apuesta. Siguió adelante.
Eso no es humildad en el sentido convencional. Es algo distinto. Es la incapacidad de sostener una posición solo por ego cuando la evidencia dice otra cosa. La mente que va rápido también corrige rápido. No tiene tiempo para el orgullo.
La rebeldía en los cerebros que funcionan de esta manera no suele ser postureo. Es que las normas que existen solo por tradición, sin lógica detrás, producen una fricción insoportable. El cerebro se pregunta automáticamente: ¿por qué? Y si la respuesta es "porque siempre se ha hecho así", la respuesta interna es: "pues yo no".
Eso genera conflictos. También genera avances.
¿Qué nos enseña Hawking a los que también tenemos la cabeza a mil?
No te voy a decir que tener TDAH te va a convertir en Hawking. Sería una mentira y un insulto a la vez.
Pero hay algo en su historia que reconozco en muchos cerebros que funcionan de esta manera.
La mente que no para no es un problema que resolver. Es un motor que necesita dirección.
Hawking tuvo la suerte brutal de encontrar algo que le daba igual todo lo demás. La física teórica era el canal perfecto para una mente así: podías pensar sin límite, sin presupuesto, sin laboratorio cuando el cuerpo no te lo permitía. Solo la mente y las matemáticas.
La mayoría de nosotros no somos físicos teóricos. Y no tenemos un diagnóstico de ELA a los 21 que nos obligue a aprender a usar la mente como único recurso disponible.
Pero la pregunta es la misma: ¿cuál es el canal por el que sale todo lo que tienes dentro?
Porque si ese canal no existe, la energía no desaparece. Va a otro sitio. Y normalmente ese otro sitio no es productivo.
La mente que no para necesita un sitio donde ir.
Hawking lo encontró mirando al universo.
No te estoy diciendo que mires al universo. Te estoy diciendo que empieces por entender cómo funciona tu cerebro antes de intentar cambiarlo.
Eso es el primer paso. Siempre.
He preparado un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, pero es el mejor punto de partida que conozco para entender cómo funciona tu cabeza.
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