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Adam Kreek: el remero olímpico que usó el TDAH como combustible

Adam Kreek ganó el oro olímpico en remo con TDAH diagnosticado. Un deporte de repetición infinita dominado por un cerebro que se aburre.

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Adam Kreek ganó el oro olímpico en remo con TDAH diagnosticado.

Un deporte donde repites el mismo movimiento miles de veces. Donde el agua siempre se ve igual. Donde no hay gol, ni jugada espectacular, ni público gritando tu nombre cada treinta segundos. Solo tú, un remo y kilómetros de agua que no se acaban nunca.

¿Cómo sobrevive un cerebro que se aburre fácilmente haciendo lo mismo durante horas?

Convirtiéndolo en obsesión.

De crío que no podía estarse quieto a campeón olímpico

Adam Kreek creció siendo ese niño que todo el mundo conoce. El que se levanta de la silla cuando nadie se lo ha pedido. El que habla cuando no toca. El que tiene una energía que parece inagotable pero que en clase solo genera problemas.

TDAH diagnosticado. De los de manual.

Y luego, de alguna forma, acabó dedicando su vida a un deporte donde tienes que repetir el mismo movimiento de palada entre doscientas y doscientas cincuenta veces por entrenamiento. Cada día. Durante años.

A primera vista no tiene ningún sentido. Un cerebro con TDAH y un deporte basado en la monotonía pura. Es como poner a un hámster hiperactivo dentro de una biblioteca y decirle que se quede quieto. No cuadra.

Pero ahí está el truco. Porque el remo no es solo repetición. Es repetición con un objetivo tan claro, tan medible, tan inmediato, que el cerebro con TDAH se engancha como si fuera un videojuego.

Cada palada tiene un dato. Velocidad. Potencia. Ritmo. Sincronización con el equipo. Es feedback constante. Y si hay algo que un cerebro con TDAH necesita para funcionar, es exactamente eso: información en tiempo real de que lo que estás haciendo importa.

¿Cómo convierte un remero con TDAH la repetición en hiperfoco?

Kreek ha contado que para él, cada sesión de entrenamiento era un rompecabezas. No se trataba de repetir la misma palada mil veces. Se trataba de hacer cada palada un poco mejor que la anterior. De encontrar el ángulo perfecto. De sentir cómo el bote respondía a un cambio mínimo en la presión de las manos.

Eso no es monotonía. Eso es microdesafío constante. Y para un cerebro con TDAH, los microdesafíos son gasolina pura.

Es el mismo principio que explica por qué Michael Phelps convirtió la piscina en su zona de hiperfoco. Un deporte aparentemente repetitivo que, cuando lo miras desde dentro, está lleno de pequeñas variables que mantienen al cerebro enganchado.

La diferencia es que Phelps nadaba solo. Kreek remaba en un equipo de ocho. Y eso añade otra capa: la sincronización. Tienes que coordinar tu movimiento con siete personas más. Si uno falla, el bote pierde ritmo. Si todos clavan la palada al mismo tiempo, el bote vuela.

Para alguien con TDAH, esa presión social positiva funciona como un ancla. No estás solo con tu cabeza. Tienes siete personas que dependen de ti. Y eso, paradójicamente, le daba a Kreek la estructura externa que su cerebro necesitaba para no dispersarse.

Lo que el oro olímpico no te cuenta

Kreek ganó la medalla de oro en Pekín 2008 con el equipo canadiense de remo. Ocho tíos sincronizados al milímetro, moviéndose como un solo organismo sobre el agua.

Pero antes de eso hubo años de pelea interna.

Porque tener TDAH en un deporte de élite no significa solo tener problemas para concentrarte. Significa que la planificación a largo plazo te cuesta el doble. Que los días de entrenamiento aburrido, los que no tienen competición al final, se hacen eternos. Que tu cabeza quiere saltar a otra cosa cuando lo que toca es repetir, repetir, repetir.

Kreek aprendió a hackear su propio cerebro. Dividía los entrenamientos en bloques cortos. Se ponía metas para cada sesión, no para cada mes. Usaba la competición interna con sus compañeros de equipo como estímulo. Todo lo que hizo fue adaptar el entorno a cómo funcionaba su cabeza, en vez de intentar que su cabeza funcionara como la de los demás.

Y eso es exactamente lo que hacen los deportistas con TDAH que llegan a lo más alto. No eliminan el TDAH. Aprenden a usarlo.

Después del remo: el cerebro no se apaga

Lo interesante de Adam Kreek es lo que pasó después de los Juegos Olímpicos. Se retiró del remo y se dedicó a dar charlas sobre rendimiento, liderazgo y resiliencia. Escribió un libro. Montó un negocio. Cruzó el Atlántico en bote de remos (sí, eso existe y sí, es tan loco como suena).

Su cerebro necesitaba seguir moviéndose. Seguir buscando el siguiente reto. Porque eso es lo que pasa con el TDAH cuando le quitas el deporte, el proyecto, la cosa que le mantenía enfocado. No se calma. Busca otra cosa donde volcarse.

Y Kreek, en vez de luchar contra eso, lo aceptó. Hizo del salto constante entre proyectos su forma de vida. No intentó ser una persona tranquila que se sienta en un despacho ocho horas al día. Se diseñó una vida donde la variedad no era un fallo, era el plan.

Lo que Kreek demuestra sin pretenderlo

Que la repetición no es enemiga del TDAH. Lo que es enemigo del TDAH es la repetición sin propósito. Sin feedback. Sin microdesafíos. Sin la sensación de que cada repetición te acerca a algo que te importa de verdad.

Adam Kreek cogió un deporte que sobre el papel debería ser imposible para alguien con su cerebro. Y no solo sobrevivió. Ganó el oro.

No porque su TDAH desapareciera en el agua. Sino porque encontró la forma de que el agua fuera exactamente lo que su cerebro necesitaba.

Como Phelps con la piscina. Como tantos otros que descubrieron que su cerebro no estaba roto. Solo necesitaba el contexto adecuado.

Si alguna vez te han dicho que no puedes mantener la atención en nada, puede que simplemente no hayas encontrado tu remo. Tu cosa. Esa actividad donde tu cerebro deja de ser un problema y empieza a ser una ventaja.

Hacer el test de TDAH

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