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¿Tenía Leonardo da Vinci TDAH? Lo que sabemos

7.000 páginas de notas, cientos de proyectos sin acabar y una Mona Lisa que tardó 16 años. La ciencia tiene algo que decir sobre el cerebro de Da Vinci.

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Leonardo da Vinci dejó más de 7.000 páginas de notas.

Diseñó máquinas voladoras, tanques de guerra, puentes revolucionarios, sistemas hidráulicos y un robot humanoide. Pintó la Mona Lisa y La Última Cena. Diseccionó cadáveres para entender cómo funcionaban los músculos. Estudió óptica, botánica, geología, música, arquitectura y anatomía.

Y no terminó casi nada.

Es el genio más famoso de la historia de la humanidad. Y tiene el historial de proyectos abandonados de alguien que acaba de descubrir Pinterest un martes a las tres de la mañana.

¿Qué dicen las 7.000 páginas?

La evidencia que tenemos sobre Leonardo no es poca. Es absurdamente abundante. Sus cuadernos, conocidos como los Codex, son una ventana directa a cómo funcionaba su cabeza. Y lo que ves ahí dentro no es el orden meticuloso de un genio sereno.

Es caos puro con destellos de brillantez.

En una misma página puedes encontrar un estudio anatómico del corazón humano, un diseño de tornillo sin fin, una lista de la compra y un dibujo de remolinos de agua. Todo junto. Sin separación. Sin orden aparente. Como si su cerebro disparase ideas más rápido de lo que su mano podía escribirlas.

Y hablando de escribir: Leonardo escribía en espejo. De derecha a izquierda. Para leer sus notas necesitas un espejo. Hay debate sobre por qué lo hacía (era zurdo, podría ser para evitar emborronar la tinta), pero el dato está ahí. Su forma de procesar la información era, literalmente, al revés que la del resto.

¿Por qué la Mona Lisa tardó 16 años?

Esto es lo que más llama la atención cuando miras la biografía de Leonardo con ojos de 2025.

La Mona Lisa le llevó 16 años. No porque fuera un perfeccionista que puliese cada trazo con calma. Sino porque la dejaba, se iba a otra cosa, volvía, la dejaba otra vez, se mudaba de ciudad con el cuadro bajo el brazo y la retomaba cuando le apetecía. Nunca la consideró terminada.

Sus clientes se desesperaban. Los registros históricos están llenos de quejas. Encargos que no entregaba. Plazos que incumplía. Proyectos que empezaba con una energía brutal y abandonaba a las pocas semanas cuando aparecía algo más interesante.

Si alguna vez has empezado un proyecto con toda la ilusión del mundo para dejarlo a medias cuando la novedad se esfumó, ya sabes de qué hablo. Leonardo lo hacía a escala renacentista.

El patrón es tan reconocible que duele: curiosidad insaciable, hiperfoco en lo nuevo, dificultad para mantener la atención cuando el estímulo baja, y un cementerio de hobbies y proyectos abandonados que harían llorar a cualquier coach de productividad.

¿Qué dice la ciencia?

En 2019, el profesor Marco Catani, del King's College de Londres, publicó un estudio en la revista Brain (una de las publicaciones más prestigiosas en neurociencia) donde analizó los registros históricos de Leonardo da Vinci y concluyó que los datos disponibles sugieren fuertemente que tenía TDAH.

No es una ocurrencia de un blog. Es un paper académico revisado por pares.

Catani señaló varios puntos clave:

La procrastinación crónica documentada por sus contemporáneos. La cantidad masiva de proyectos inacabados. La capacidad para saltar de disciplina en disciplina con facilidad sobrehumana. La dificultad para mantener el foco en un solo encargo hasta completarlo. Y la escritura en espejo como posible indicador de un procesamiento neurológico atípico.

Todo junto dibuja un perfil bastante claro. No de alguien que "no quería acabar las cosas", sino de alguien cuyo cerebro estaba diseñado para explorar, no para ejecutar de forma lineal.

¿Podemos estar seguros?

No.

Y esto hay que decirlo con todas las letras. Leonardo da Vinci murió en 1519. No podemos sentarlo en la consulta de un psiquiatra, hacerle una evaluación clínica y darle un diagnóstico. Lo que tenemos son registros históricos, testimonios de contemporáneos y análisis retrospectivo.

Es como intentar diagnosticar a alguien leyendo su diario de hace 500 años. Puedes ver patrones. Puedes identificar rasgos. Puedes decir "esto encaja mucho". Pero no puedes afirmar con certeza que tenía TDAH como quien lee un resultado de laboratorio.

Lo que sí puedes decir es que los rasgos están ahí. Todos. Documentados. Y que un experto en neurociencia los ha mirado con lupa y ha dicho "esto es altamente compatible con un diagnóstico de TDAH".

¿Y por qué importa esto en 2025?

Porque la historia de Leonardo no es solo la historia de un genio. Es la historia de un cerebro que funcionaba diferente en un mundo que no tenía nombre para esa diferencia.

Nadie le dijo "tienes TDAH". Nadie le dio estrategias. Nadie le explicó por qué podía pasarse diez horas diseccionando un cadáver pero era incapaz de entregar un encargo a tiempo. Simplemente vivió así. Con esa mezcla de genialidad y caos que define a tantas personas con TDAH sin diagnosticar en la edad adulta.

Y funcionó. No porque el TDAH sea un superpoder (esa narrativa me la paso por el forro). Sino porque tuvo la suerte de vivir en una época donde un mecenas te pagaba por ser curioso y no te pedía un Excel con entregables semanales.

El resto de nosotros no tenemos esa suerte. Pero tenemos algo que Leonardo no tuvo: información.

Sabemos qué es. Sabemos cómo funciona. Y sabemos que se puede trabajar con ello en vez de contra ello.

Si alguna vez te has sentido como un Leonardo da Vinci atrapado en un mundo de deadlines, reuniones y tareas repetitivas, quizá no es que seas vago. Quizá es que tu cerebro tiene más en común con el del tipo que pintó la Mona Lisa de lo que crees.

Y eso, lejos de ser una excusa, es el mejor punto de partida que puedes tener.

Si quieres saber si lo tuyo podría ser TDAH, he montado un test con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, pero te da más contexto en 10 minutos que años de preguntarte qué te pasa.

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