Volver al blog

Charlie Chaplin: el vagabundo que no podía parar de crear

Charlie Chaplin repetía escenas 300 veces, componía música, dirigía, actuaba y no paraba nunca. Un cerebro que no sabía funcionar a media marcha.

tdahfamosos

300 tomas para una escena. Control absoluto de cada detalle. Una infancia en orfanatos. Y una energía que no se apagaba nunca.

Chaplin no era solo un genio. Era un cerebro que no sabía funcionar a media marcha.

Un niño que no tenía dónde caerse muerto

La infancia de Charlie Chaplin parece sacada de una novela de Dickens. Solo que era real.

Su padre era alcohólico y desapareció pronto. Su madre, Hannah, era actriz de music hall. Cantaba en teatros de mala muerte del sur de Londres. Hasta que un día, en medio de una actuación, se le fue la voz. Literalmente. Se quedó muda en el escenario. El público empezó a abuchearla.

Y entonces subió Charlie.

Tenía cinco años. Se plantó delante del público, empezó a cantar, a hacer imitaciones, a moverse como si llevara toda la vida en un escenario. La gente se rio. Aplaudió. Le tiraron monedas.

Fue la primera actuación de su vida. Y también fue la última de su madre.

Hannah acabó internada en un psiquiátrico. Diagnosticada con psicosis. Charlie y su hermano Sydney fueron de orfanato en orfanato, de asilo en asilo. Dormían en la calle cuando no había plaza. Comían lo que podían. A los siete años, Charlie ya sabía lo que era pasar hambre de verdad. No la hambre de "se me ha pasado la hora de comer". La otra. La que te despierta por la noche.

Un crío de siete años, sin padres, sin casa, sin nada. En el Londres de finales del siglo XIX, eso significaba una cosa: estás solo.

Y sin embargo, ese crío no paró.

¿Cómo llegas del orfanato a ser la persona más famosa del planeta?

Esa es la pregunta que no tiene una respuesta limpia.

Porque no fue talento solo. Talento había en mil sitios. Fue algo más raro. Una combinación de necesidad brutal y un cerebro que no sabía quedarse quieto.

Charlie se metió en compañías de teatro ambulante siendo un crío. Aprendió pantomima, comedia física, timing. No fue a ninguna escuela de arte dramático. Aprendió mirando, copiando, probando. Su cerebro absorbía todo lo que veía como una esponja que nadie podía escurrir.

Con diecisiete años ya estaba en la compañía de Fred Karno, la mejor troupe de comedia de Inglaterra. Con veinticuatro, se fue a Estados Unidos con la compañía. Y en menos de un año, estaba haciendo cine.

En 1914 creó a Charlot. El Vagabundo. El personaje del bombín, el bastón, los zapatos enormes y el bigotito. Un tipo que caminaba raro, se metía en líos absurdos y tenía una dignidad imposible a pesar de no tener nada.

Chaplin no lo sabía entonces, pero acababa de crear al personaje más reconocible de la historia del cine. En un mundo sin internet, sin televisión, sin redes sociales. Solo cine mudo y un tío haciendo el payaso con un bigote falso.

En dos años, era la persona más famosa del planeta.

¿Cómo se ven los posibles rasgos TDAH en Charlie Chaplin?

Vamos a dejar algo claro: Chaplin no fue diagnosticado de TDAH. Nació en 1889. El TDAH como diagnóstico no existía. Lo que podemos hacer es mirar su vida, su forma de trabajar y su cerebro desde lo que sabemos hoy. Y lo que vemos es, como mínimo, interesante.

La incapacidad de hacer solo una cosa.

Chaplin no se conformó con actuar. Eso habría sido demasiado fácil para su cabeza. Tenía que dirigir. Y escribir el guion. Y producir. Y componer la música. Y diseñar los decorados. Y montar la película.

Era actor, director, guionista, productor, compositor y montador. Todo a la vez. En la misma película.

¿Sabes esa sensación de que tu cerebro necesita tener las manos metidas en todo? ¿De que si solo haces una parte, algo dentro de ti se aburre y empieza a sabotear? Chaplin era eso elevado al extremo. No podía soltar el control de ningún aspecto de su trabajo porque su cerebro necesitaba estar en todas partes simultáneamente.

El perfeccionismo brutal.

300 tomas para una sola escena

Eso es un cerebro que no puede parar hasta que encuentra la versión perfecta. Que sabe que la perfección no existe pero no puede evitar buscarla. Y que cuando la encuentra, la destruye y empieza otra vez porque se le ha ocurrido algo mejor.

La energía inagotable.

Chaplin rodaba durante meses. A veces años. "Luces de la ciudad" tardó tres años en terminarse. No porque fuera vago. Todo lo contrario. Porque cada día llegaba al estudio con ideas nuevas que invalidaban lo del día anterior. Tiraba semanas de trabajo a la basura porque a las tres de la mañana se le había ocurrido una forma mejor de hacer la escena.

Su equipo aprendió a no construir decorados permanentes. Porque Chaplin podía llegar un lunes y decir "esto no funciona, lo cambiamos todo". Y lo cambiaban todo.

Eso es un cerebro funcionando a mil revoluciones. Constantemente generando, descartando, recombinando. Sin botón de apagar.

El vagabundo que no encajaba en ningún sitio

Hay algo en Charlot que es profundamente TDAH, aunque Chaplin probablemente no lo pensara así.

Charlot es un tipo que no encaja. Va por la vida tropezando con las normas de un mundo que no está hecho para él. Le persiguen, le echan, le miran raro. Pero él sigue adelante con una dignidad absurda, como si el mundo estuviera equivocado y no él.

Si eso no te suena a crecer con un cerebro que funciona diferente, no sé qué decirte.

Chaplin cogió su experiencia de no encajar en ningún sitio y la convirtió en el personaje más querido de la historia. Un cerebro disperso que no se conformó con actuar, sino que reinventó cómo se hacía cine. Eso no es solo talento. Es una forma diferente de procesar el mundo.

Cuando el mundo cambió y Chaplin no se quedó atrás

Aquí viene otra cosa interesante.

Cuando llegó el cine sonoro, todo el mundo dio a Chaplin por muerto. Su arte era el silencio. La pantomima. El cuerpo. ¿Qué iba a hacer un mimo cuando las películas empezaran a hablar?

Chaplin resistió. Hizo "Luces de la ciudad" y "Tiempos modernos" como películas prácticamente mudas en plena era del sonoro. No porque no pudiera adaptarse. Sino porque necesitaba hacerlo a su manera, a su ritmo, cuando su cerebro decidiera que era el momento.

Y cuando finalmente habló en "El gran dictador", no dijo cualquier cosa. Dio uno de los discursos más memorables de la historia del cine. Seis minutos que siguen poniendo los pelos de punta ochenta años después.

No se adaptó al cambio siguiendo las reglas de los demás. Se adaptó cuando le dio la gana, como le dio la gana, y lo hizo mejor que nadie.

Eso es muy de TDAH. El mundo te dice "hazlo ahora, hazlo así". Y tu cerebro dice "lo haré, pero cuando yo quiera y a mi manera". Y luego lo bordas.

El precio de un cerebro que no para

Chaplin acabó exiliado de Estados Unidos. Le acusaron de comunista. Le denegaron el visado de entrada. El hombre que había creado al personaje más americano del cine fue expulsado del país que le había hecho famoso.

Se fue a Suiza. Tenía setenta y tantos años. Y siguió haciendo películas. Siguió componiendo música. Siguió escribiendo. Su cerebro no paró hasta que su cuerpo dijo basta.

Los directores con TDAH

Porque un cerebro así no se apaga. No tiene interruptor. Funciona hasta que se le acaban las pilas. Y a veces ni eso.

Lo que Chaplin nos deja sin querer

Que un crío en un orfanato del Londres victoriano, sin padres, sin dinero, sin nada, puede convertirse en la persona más famosa del mundo si tiene un cerebro que no sabe parar.

Que el control obsesivo, la energía inagotable y la necesidad de tener las manos metidas en todo no son defectos. Son un motor que la mayoría de la gente no tiene. Un motor que puede destrozarte si no sabes gestionarlo, sí. Pero que si lo canalizas, crea cosas que duran cien años.

Que el vagabundo más querido de la historia no era un tipo que no encajaba por error. Era un tipo que veía el mundo de una forma que los demás no podían entender. Y en vez de intentar ser normal, se dedicó a enseñarle al mundo cómo se veían las cosas desde sus ojos.

Y resulta que la vista desde ahí era bastante buena.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro no para, que necesitas controlarlo todo, que no puedes funcionar a media marcha, quizá no sea un problema. Quizá sea tu forma de funcionar, y solo necesitas entenderla.

Hacer el test de TDAH

Relacionado

Sigue leyendo