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Lo que Abraham Lincoln nos enseña sobre fracasar 7 veces con TDAH

Lincoln fracasó en política 7 veces antes de ser presidente. Tenía depresión documentada y una intensidad emocional que le definía. Su historia es puro TDAH.

tdahfamosos

Siete veces.

No dos. No tres. Siete veces se presentó Abraham Lincoln a algún cargo político y perdió, fracasó o fue ignorado antes de llegar a la presidencia de Estados Unidos.

Y con eso en mente, la pregunta que me hago yo no es cómo aguantó tanto. La pregunta es: ¿qué tipo de cerebro necesitas tener para intentarlo siete veces y no rendirte?

Spoiler: no es un cerebro normal.

¿Qué tiene que ver Lincoln con el TDAH?

Lincoln no tiene diagnóstico. Murió en 1865, un siglo antes de que el TDAH existiera como concepto clínico. Pero hay rasgos documentados en su historia que encajan tan bien con el perfil que ignorarlos sería hacer trampa.

Depresión profunda y recurrente, que él mismo llamaba "el blues". Una intensidad emocional que sus contemporáneos describían como casi incómoda. Capacidad de discurso oral extraordinaria pero dificultades para tareas rutinarias y aburridas. Humor compulsivo en momentos inapropiados, como mecanismo de defensa ante el dolor. Energía imprevisible: días de parálisis seguidos de ráfagas de actividad brutales.

No estoy diciendo que Lincoln tuviera TDAH. Estoy diciendo que si lo hubiera tenido, nadie se habría sorprendido.

Y lo que sí está documentado, lo que sí es historia real, es suficiente para entender algo importante sobre lo que hace a ciertos cerebros resistentes de una manera que no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad.

¿Por qué siete fracasos no le detuvieron?

Aquí va el historial, porque los números importan.

1832: pierde las elecciones a la legislatura de Illinois. Tiene 23 años. 1833: su negocio quiebra. Se endeuda de por vida durante años. 1835: muere su pareja, Ann Rutledge. Cae en una depresión seria. 1838: pierde la candidatura para presidente de la Cámara de Illinois. 1843: pierde la nominación para el Congreso. 1848: pierde las elecciones al Congreso. 1855: pierde la nominación para el Senado. 1856: pierde la nominación a vicepresidente. 1858: pierde las elecciones al Senado frente a Stephen Douglas. 1860: gana la presidencia de Estados Unidos.

Nueve intentos fallidos. No siete. Nueve, si los cuentas todos.

La pregunta estándar cuando ves esto es: ¿cómo se aguanta eso? La respuesta habitual es "resiliencia", "perseverancia", "carácter".

Pero esa respuesta es perezosa. Porque la resiliencia no explica el mecanismo. No explica por qué ciertos cerebros vuelven a intentarlo y otros se quedan paralizados.

Lo que explica el mecanismo es algo mucho más concreto: un cerebro que procesa el fracaso de forma diferente. No como una sentencia. Como información que ya no es útil y que hay que dejar atrás para buscar lo siguiente.

Eso suena a un cerebro que no puede quedarse enganchado en el pasado aunque quiera. Y eso, en la literatura clínica del TDAH, tiene nombre: dificultad para la rumiación sostenida. Los cerebros con TDAH tienden menos a quedarse dando vueltas al error porque la atención ya se fue a otra parte.

Lo que en el colegio te dicen que es "no aprende de sus errores", en la vida real a veces es lo único que te permite levantarte nueve veces.

La depresión que nadie menciona

Hay algo en la historia de Lincoln que se suele romantizar hasta desfigurarla, y es su depresión.

Porque sí, Lincoln fue resiliente. Pero también tuvo períodos de parálisis total. Días en los que no podía funcionar. Momentos en los que sus amigos le escondían las navajas porque tenían miedo de lo que podía hacerse.

Eso no es motivación. Eso es sufrimiento real.

Y esto importa porque en el mundo del contenido de desarrollo personal, los personajes históricos con dificultades mentales se convierten en ejemplos de superación inspiracional. "¡Lincoln tuvo depresión y fue presidente! ¡Tú también puedes!". Y esa versión borra lo más importante: que no superó la depresión. La vivió. La arrastró. Y siguió adelante con ella encima, no porque fuera un superhéroe, sino porque en ciertos momentos tenía energía para moverse y en otros no, y aprovechó los momentos que tenía.

Eso es mucho más honesto. Y mucho más útil.

Si tienes TDAH y depresión, que es una combinación frecuente, no necesitas inspiración de postal. Necesitas entender que avanzar en ráfagas irregulares no es un fracaso del proceso. Es cómo funciona tu cerebro.

El humor como mecanismo de supervivencia

Lincoln era famoso por sus chistes en momentos completamente inadecuados.

En medio de reuniones de gabinete tensísimas durante la Guerra Civil, contaba historias graciosas. Sus ministros se ponían de los nervios. Creían que no tomaba la situación en serio. Uno de ellos escribió en su diario que Lincoln era "demasiado frívolo para la gravedad del momento".

Lo que ese ministro no entendía es que el humor no era frivolidad. Era regulación emocional.

Los cerebros con alta intensidad emocional, que es un rasgo documentado en el TDAH, aprenden mecanismos para procesar la carga que acumulan. El humor es uno de los más eficientes. Te permite bajar la temperatura interna cuando el sistema está al límite, sin que nadie se dé cuenta de que estás al límite.

Lincoln tenía una inteligencia emocional brutal, pero no del tipo que se enseña en cursos. Del tipo que se desarrolla cuando llevas toda la vida gestionando una cabeza que siente todo demasiado y necesitas herramientas para que eso no te mate antes de tiempo.

Puedes leer sobre cómo Churchill tomaba decisiones bajo presión y verás el mismo patrón: cerebros que parecen frívolos o erráticos desde fuera pero que tienen mecanismos internos de gestión emocional que no encajan en el molde estándar.

Lo que significa fracasar con un cerebro así

Hay un matiz en la historia de Lincoln que me parece el más interesante de todos.

Sus fracasos no fueron pasivos. No fue alguien que lo intentó una vez, falló, y luego siguió de forma automática. Entre fracaso y fracaso hubo dolor real. Hubo períodos de parálisis. Hubo momentos en los que la gente de su entorno no creía en él.

Y aun así volvió.

No porque fuera inquebrantable. Sino porque su cerebro tenía una característica específica: la capacidad de encontrar interés genuino en el siguiente intento. No el siguiente como repetición del anterior, sino el siguiente como algo diferente que podía ser mejor.

Eso es lo que en el TDAH se llama búsqueda de novedad. El cerebro no puede sostener el interés en algo que ya conoce. Pero sí puede encontrar energía en lo que aún no ha probado. Y cuando el siguiente intento siempre tiene algo nuevo, algo diferente, algo que el cerebro puede percibir como distinto al anterior, el sistema de motivación se reactiva.

Lincoln no volvió nueve veces a hacer lo mismo. Volvió nueve veces a algo que, desde su perspectiva interna, siempre era ligeramente diferente. Una elección distinta. Un cargo diferente. Un contexto nuevo.

Eso explica la persistencia sin necesidad de recurrir a la mística de "tenía una voluntad de hierro".

La procrastinación en Darwin responde a la misma lógica pero al revés: cuando el cerebro no encuentra novedad ni urgencia en una tarea, la pospone indefinidamente. Dos caras del mismo mecanismo.

Lo que no te van a decir en los posts motivacionales sobre Lincoln

La historia de Lincoln se usa constantemente como ejemplo de perseverancia. Y está bien. Es un ejemplo legítimo.

Pero hay una parte que se omite siempre: Lincoln no era feliz haciendo todo eso. No era alguien que disfrutara del proceso con ecuanimidad zen. Era alguien que sufría, que tenía altibajos brutales, que a veces estaba convencido de que era un fracasado, y que en otros momentos tenía una claridad y una energía que le hacían parecer invencible.

Eso es más parecido a cómo funciona realmente el TDAH que cualquier historia de superación lineal.

No es que te levantes cada mañana con la misma energía y vayas acumulando logros de forma ordenada. Es que tienes días en los que puedes mover montañas y días en los que no puedes ni enviar un correo. Y aprendes, a la fuerza, a usar los primeros y a sobrevivir los segundos sin que los segundos te convenzan de que los primeros nunca existieron.

Lincoln aprendió eso. O al menos eso es lo que los datos de su vida sugieren.

Y si tú tienes un cerebro parecido, la lección no es "Lincoln lo logró, tú también puedes". La lección es más concreta: los fracasos no son evidencia de que tu cerebro está roto. Son parte del proceso de un cerebro que necesita más intentos para encontrar el entorno donde puede funcionar bien.

Puede que necesites nueve intentos. O cuatro. O dos.

Pero ninguno de ellos es el último mientras sigas siendo capaz de encontrar algo diferente en el siguiente.

Si llevas tiempo preguntándote si lo tuyo tiene nombre, si esa mezcla de energía y parálisis, de intensidad emocional y olvidos, de fracasos y ráfagas brillantes te suena familiar, he construido un test basado en escalas clínicas reales. 43 preguntas. En diez minutos tienes más contexto del que probablemente hayas tenido en años.

Hacer el test de TDAH

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