El cabezazo de Zidane: la impulsividad que costó un Mundial
Berlín, 2006. Zidane da un cabezazo a Materazzi y pierde un Mundial. Esa impulsividad tiene más de TDAH de lo que crees.
Berlín, 2006. Final del Mundial. Minuto 110. Zidane da un cabezazo a Materazzi y se va expulsado en el último partido de su carrera. Esa imagen dice más sobre el TDAH que cualquier manual clínico.
No importa cuántas veces la veas. Siempre produce la misma reacción: un silencio incómodo seguido de un "pero por qué". Y es que nadie entiende cómo el mejor jugador del mundo, en el momento más importante de su vida, puede tirarlo todo por la borda en un segundo.
A no ser que entiendas cómo funciona un cerebro impulsivo.
¿Fue el cabezazo de Zidane un acto de locura o de TDAH?
Vamos a ser claros: Zidane no tiene un diagnóstico público de TDAH. Esto es especulación basada en un patrón de comportamiento que cualquier persona con TDAH reconoce al instante.
Porque el cabezazo no fue un caso aislado.
Zidane acumuló catorce tarjetas rojas a lo largo de su carrera profesional. Catorce. Eso no es un mal día. Eso es un patrón. Un cerebro que, cuando se enciende, no tiene freno de mano.
En el Mundial de 1998, pisó a un jugador de Arabia Saudí y fue expulsado en la fase de grupos. En la Champions, en un partido del Real Madrid contra el Hamburgo, le metió un cabezazo a un rival. Sí, otro cabezazo. En un partido contra el Valencia, se fue directo al vestuario después de una discusión con el árbitro.
El tío era un genio absoluto con el balón. Uno de los jugadores más elegantes que han existido. Y al mismo tiempo, podía perder los papeles de una forma que nadie a su alrededor veía venir.
¿Te suena ese patrón?
La impulsividad no es elegir mal. Es no elegir.
Esto es lo que la mayoría de la gente no entiende sobre la impulsividad tipo TDAH.
Cuando Zidane le dio ese cabezazo a Materazzi, no pensó "voy a cabecearle en el pecho y que me expulsen de mi último partido". Eso no pasó. No hubo un proceso de decisión. No hubo un "voy a sopesar los pros y los contras".
Hubo un estímulo (lo que le dijo Materazzi), una emoción (rabia), y una acción (cabezazo). Sin filtro entre medias.
Eso es exactamente lo que ocurre con la impulsividad asociada al TDAH. El cerebro salta directamente de la emoción a la acción, sin pasar por la casilla de "espera, piénsalo dos segundos". La corteza prefrontal, que es la que se encarga de ese filtro, va con retraso. No llega a tiempo.
Es como si tuvieras un coche con 500 caballos y unos frenos de bicicleta. El motor ruge, el coche sale disparado, y cuando quieres frenar ya has pasado tres semáforos en rojo.
Zidane no eligió cabecear a Materazzi. Su cerebro lo hizo antes de que él pudiera intervenir. Y cuando volvió en sí, ya estaba caminando hacia el vestuario, pasando al lado de la Copa del Mundo sin mirarla.
Un patrón que se repite fuera del fútbol
Lo interesante es que la impulsividad de Zidane no solo se veía en el campo.
En entrevistas, Zidane siempre ha sido un tipo de pocas palabras. Tímido, incluso. Pero los que le conocen de cerca hablan de una intensidad emocional brutal. De pasar de la calma absoluta a la erupción en un instante. De tomar decisiones repentinas sin consultar a nadie.
Como cuando dejó el fútbol. Dos veces. Sin dramas, sin grandes explicaciones. Un día estaba y al siguiente no. Y como cuando volvió a entrenar al Real Madrid después de haberlo dejado, porque algo dentro de él le dijo que tenía que hacerlo.
Esa forma de funcionar a impulsos, de ir de cero a cien sin escalas intermedias, es algo que Will Smith conoce bien. Otra persona que en el momento más importante, en directo delante de millones de personas, actuó antes de pensar. Y que luego tuvo que recoger los trozos.
La diferencia entre Zidane y alguien que simplemente tiene mal genio es la consistencia del patrón y la desproporción de la respuesta. No es que Zidane fuera agresivo. Es que había momentos donde su cerebro no le dejaba otra opción que reaccionar. Y cuando el estímulo era lo bastante fuerte, no había Mundial, ni cámara, ni 28.000 millones de espectadores que pudieran detener la reacción.
La genialidad y la impulsividad vienen en el mismo paquete
Aquí viene la parte que todo el mundo ignora.
El mismo cerebro que hacía que Zidane perdiera los papeles en momentos clave era el que le permitía ver pases que nadie más veía. Tomar decisiones en milisegundos en el campo. Improvisar jugadas que parecían sacadas de otro deporte.
Esa velocidad de procesamiento, esa capacidad de actuar sin pensar, es exactamente lo que le hacía brillante. La ruleta de Zidane, su control imposible en la final del 2002, esa volea contra el Bayer Leverkusen. Todo eso nace de un cerebro que no espera. Que actúa.
El problema es que ese cerebro no distingue entre "actuar sin pensar para meter un golazo" y "actuar sin pensar para cabecear a un italiano". El mecanismo es el mismo. La dirección es la única diferencia.
El don y la maldición son la misma cosa. Y no puedes quedarte solo con una.
Lo que el cabezazo nos enseña sobre vivir con impulsividad
Zidane no necesitaba que le dijeran que cabecear a Materazzi era mala idea. Lo sabía. Lo supo en el mismo instante en que lo hizo. Probablemente lo supo antes de hacerlo.
Pero saberlo no fue suficiente.
Y eso es lo más frustrante de la impulsividad. No es un problema de información. No es un problema de inteligencia. Es un problema de timing. Tu cerebro sabe perfectamente lo que debería hacer. Pero la señal llega medio segundo tarde. Y en ese medio segundo, ya la has liado.
Cada persona con TDAH conoce esa sensación. El mensaje que enviaste sin releerlo. La frase que soltaste en una reunión y que desearías tragarte. La decisión que tomaste en caliente y que tres horas después te parece de otro planeta.
No es falta de criterio. Es un cerebro que va más rápido que su propio sistema de control.
Y lo más jodido es que no puedes simplemente "controlarte más". Si fuera así de fácil, Zidane habría sido la persona más motivada del mundo para hacerlo en ese momento concreto. Tenía todas las razones del planeta para no reaccionar. Todas. Y aun así, su cerebro pudo más.
Si alguna vez te has encontrado reaccionando antes de pensar, diciendo cosas que no querías decir, o tomando decisiones que cinco minutos después no tienen ningún sentido, puede que no sea un problema de carácter. Puede que sea un cerebro que funciona a otra velocidad.
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