47 mensajes sin leer: por qué no contesto al WhatsApp y no es por ti
No es que no me importes. Es que abro WhatsApp, veo 47 mensajes, me agobio y lo cierro. Así funciona el TDAH con los mensajes.
Abro WhatsApp. 47 mensajes. 12 grupos. 3 audios de más de un minuto. Lo miro todo. Cierro WhatsApp. No contesto a nadie.
No es que no haya visto tu mensaje. Lo he visto. Lo he leído. Probablemente he pensado una respuesta entera en mi cabeza, con matices y todo. Una respuesta brillante, por cierto.
Pero no la he escrito.
Y ahora han pasado tres días y ya no puedo contestar como si nada porque han pasado tres días. Y como no puedo contestar como si nada, no contesto. Y como no contesto, pasan más días. Y cuantos más días pasan, más raro se hace contestar. Y así hasta que el mensaje se pierde en el limbo de las conversaciones que empezaron con buena intención y acabaron en silencio.
Bienvenido a mi WhatsApp.
¿Por qué veo el mensaje y no contesto?
Porque contestar un mensaje no es solo contestar un mensaje.
Para un cerebro neurotípico, leer "oye, quedamos el viernes?" es una pregunta. La lees, piensas dos segundos, y contestas "dale" o "no puedo". Cinco segundos. Hecho.
Para un cerebro con TDAH, esa misma pregunta activa una cadena de 15 decisiones invisibles. ¿Puedo el viernes? ¿Qué tengo el viernes? ¿Dónde quedamos? ¿A qué hora? ¿Tengo energía para socializar? ¿Voy a tener energía el viernes? ¿Y si digo que sí y luego cancelo? ¿Y si cancelo otra vez y se enfadan? ¿Cuánto hace que no quedamos? ¿Debería proponer yo un plan? ¿Qué plan? ¿Dónde?
Son 15 decisiones disfrazadas de una sola pregunta. Y tu cerebro, que ya está al límite porque hoy has tenido que decidir qué desayunar, qué ponerte, qué tarea hacer primero del trabajo y si la reunión de las 11 era obligatoria o no, mira esas 15 decisiones y dice: no. Ahora no. Luego. Después.
Después nunca llega.
Es lo mismo que pasa con los emails sin leer que se acumulan hasta que da miedo abrir la bandeja. El mismo mecanismo. La misma parálisis. Solo que con WhatsApp es peor, porque al otro lado hay personas que te importan. Y cada mensaje sin contestar es una persona que piensa que no te importa.
"Es que es solo un mensaje, tarda un segundo"
Ya. Tarda un segundo para ti.
Para mí tarda un segundo escribirlo, pero antes de ese segundo hay un muro invisible. Un muro de inicio. Ese muro que hace que no puedas empezar algo por mucho que quieras hacerlo. Contestar un WhatsApp requiere el mismo esfuerzo de arranque que hacer la declaración de la renta. Suena absurdo. Lo es. Pero así funciona.
No es el mensaje. Es el acto de responder. Es cambiar de lo que estaba haciendo, o más probablemente de lo que no estaba haciendo, a otra cosa. Es el coste de transición. Y ese coste, que para un cerebro normal es cero, para un cerebro con TDAH es como empujar una puerta de hierro cada vez.
Y no es solo un mensaje. Son 47. Son 12 grupos. Son 3 audios. Y cada uno de ellos tiene su puerta de hierro. Y mi cerebro mira esas 47 puertas y hace lo más lógico del mundo: cierra la aplicación y se va a ver vídeos de gatos.
La culpa que viene después
Lo peor no es no contestar. Lo peor es lo que pasa en tu cabeza después de no contestar.
Porque tú sabes que no has contestado. No se te ha olvidado. Está ahí, en tu cabeza, como una alarma silenciosa que suena todo el día. "No le has contestado a María." "Carlos te escribió hace cuatro días." "Tu madre te ha mandado un audio el lunes y estamos a jueves."
Y cada vez que lo piensas, la culpa crece. Y cada vez que la culpa crece, contestar se hace más difícil. Porque ya no es solo un mensaje. Ahora es un mensaje más una disculpa más una explicación de por qué has tardado tanto. Y eso son más decisiones. Y más esfuerzo. Y más muro.
Es un bucle. Cuanto más tardas, peor te sientes. Cuanto peor te sientes, más tardas. Y al final acabas con amigos que piensan que pasas de ellos cuando la realidad es que piensas en ellos todo el día. Solo que pensar en ellos y escribirles son dos cosas completamente diferentes en un cerebro con TDAH.
Y así es como pierdes amigos sin querer perderlos. No por falta de cariño. Por falta de respuesta. Que para el otro, al final, es lo mismo.
El patrón fantasma
Hay un patrón que conozco muy bien. Porque lo he hecho mil veces.
Desaparezco. Tres semanas. Un mes. Dos meses. Sin contestar mensajes, sin devolver llamadas, sin dar señales de vida. Y luego vuelvo. Como si nada. "Ey, perdona, se me pasó" con el mismo tono de siempre. Y la gente que me conoce ya lo sabe. Ya no se lo toman a mal. Han aprendido que desaparezco y vuelvo.
Pero la gente que no me conoce lo suficiente no entiende eso. Para ellos, desaparecer dos meses es una señal clara: no le importo. Y es lógico que lo piensen. Porque en un mundo donde todo el mundo tiene el móvil en la mano 24 horas al día, no contestar es una declaración de intenciones. O eso parece.
Si te suena esto, probablemente seas el amigo que desaparece y vuelve. Y probablemente te sientas fatal cada vez que lo haces. Pero no puedes evitarlo. No es una elección. Es cómo funciona tu cerebro.
Lo que me funciona (a veces)
No voy a decirte que he solucionado esto. No lo he solucionado. Sigo teniendo 47 mensajes sin leer mientras escribo esto.
Pero hay cosas que ayudan.
La primera: contestar en el momento o no contestar nunca. Si abro un mensaje y no contesto en los próximos 30 segundos, ya no voy a contestar hoy. Así que intento responder en caliente. Sin pensar la respuesta perfecta. Sin resolver las 15 decisiones. Un "voy a mirarlo" vale. Un "ahora no puedo pero el viernes hablamos" vale. Cualquier cosa vale más que el silencio.
La segunda: los audios los escucho andando. Porque sentarme a escuchar un audio de tres minutos mirando la pantalla es imposible. Pero escucharlo mientras voy a comprar el pan es fácil. No me preguntes por qué. El cerebro con TDAH necesita movimiento para procesar.
La tercera: ser honesto. Decir "oye, no te he contestado porque mi cerebro es un desastre, no porque no me importes" es incómodo la primera vez. Y la segunda. Pero al final la gente lo entiende. O lo acepta. O al menos deja de pensar que eres un borde que pasa de todo el mundo.
Y la cuarta, y esta es la importante: dejar de castigarte por ello. No eres mala persona por no contestar un WhatsApp. No eres un mal amigo. No eres un desastre humano. Tienes un cerebro que funciona diferente y una aplicación que está diseñada para ser lo más agobiante posible. 47 mensajes sin leer no son 47 pruebas de que eres un fracaso. Son 47 pruebas de que tu cerebro no está hecho para este nivel de estímulo constante.
Ningún cerebro lo está, la verdad. Pero el tuyo menos.
Y si alguien te dice "es que solo es un mensaje", mándales este post. O no se lo mandes. Probablemente lo abras, pienses "se lo mando luego", cierres la app y se te olvide.
A mí me pasaría lo mismo.
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Lo que cuento aquí es experiencia personal, no consejo médico. Un profesional puede darte respuestas que un blog no puede.
Si llevas toda la vida pensando que eres borde, desastre o mal amigo por no contestar mensajes, quizá el problema no es tu personalidad. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. 10 minutos para entender por qué cierras WhatsApp sin contestar a nadie.
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