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Victor Hugo: exilio, productividad y un cerebro que escribía como respiraba

19 años en una isla, 60 obras publicadas. El exilio de Victor Hugo en Guernsey demuestra lo que pasa cuando un cerebro TDAH pierde todas las distracciones.

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Diecinueve años en una isla. Sesenta obras. Cero distracciones.

Si eso te parece una condena, puede que no conozcas a Victor Hugo. Porque para él, el exilio en Guernsey no fue un castigo. Fue el laboratorio perfecto para un cerebro que no sabía estarse quieto.

Ya hemos hablado de quién era Hugo y por qué su perfil encaja con el TDAH. También de su productividad maníaca y el truco de quitarse la ropa para no salir de casa. Pero hay algo que merece un análisis aparte: los diecinueve años que pasó en una roca en mitad del Canal de la Mancha. Y lo que salió de ahí.

¿Cómo se escriben 60 obras durante un exilio de 19 años?

Contexto rápido. En 1851, Napoleón III da un golpe de estado. Hugo, que es senador y tiene la boca más grande de Francia, se opone públicamente. Le va mal. Tiene que huir para no acabar en una celda. Pasa por Bruselas, por Jersey, y al final aterriza en Guernsey. Un peñasco con hierba, vacas y viento.

Y ahí se queda. Desde 1855 hasta 1870. Casi dos décadas.

La mayoría de personas se habrían hundido. No hablamos de un destierro voluntario. Hablamos de un hombre en la cima de su fama, arrancado de París, separado de su público, de sus salones, de su vida política. Sin redes sociales para seguir relevante. Sin avión para volver los fines de semana. Una isla. Un escritorio. Y un cerebro que no se callaba.

Lo que pasó después es una de las demostraciones de productividad más brutales de la historia de la literatura.

Los Miserables. Cinco tomos. 1.462 páginas. Publicada en 1862, escrita durante el exilio.

El hombre que ríe. Los trabajadores del mar. Los castigos, que es una colección de poemas donde básicamente insulta a Napoleón III durante trescientas páginas con una creatividad que da miedo. Las contemplaciones, que muchos consideran su mejor poemario. Cientos de dibujos. Miles de cartas. Panfletos políticos que enviaba desde la isla como si gobernara Francia por correo.

Sesenta obras en total durante esos diecinueve años. Sesenta.

El aislamiento como catalizador del hiperfoco

Aquí es donde la cosa se pone interesante para cualquiera que tenga un cerebro con TDAH.

Porque hay una paradoja que conocemos bien. El cerebro que necesita estímulo constante, que salta de tema en tema, que no puede estar quieto, a veces funciona mejor cuando le quitas todas las opciones.

Es contraintuitivo. Piensas que un cerebro así necesita variedad, novedad, estímulos. Y los necesita. Pero cuando la única fuente de estímulo disponible es la escritura, toda esa energía dispersa se comprime en un solo canal. Y el resultado es una manguera a presión.

Hugo en París era un torbellino. Política, amantes, cenas, peleas públicas, teatro, discursos. Su energía se repartía entre catorce frentes a la vez. Era productivo, sí, pero disperso. Empezaba cosas, las dejaba, volvía a ellas meses después.

Hugo en Guernsey era una máquina. Se levantaba al amanecer, desayunaba, subía al torreón de Hauteville House y escribía hasta el atardecer. Todos los días. Sin excepciones. Diecinueve años seguidos.

No es que se volviera disciplinado de repente. Es que el entorno hizo el trabajo que su cerebro no podía hacer solo. Sin distracciones externas, el hiperfoco se instaló y no se fue. La isla era, sin que nadie lo planeara, la estructura perfecta para un cerebro que necesitaba paredes externas porque las internas no aguantaban.

Escribir como supervivencia, no como oficio

Hay un matiz importante. Hugo no escribía en Guernsey porque quisiera ser productivo. Escribía porque necesitaba hacerlo para no volverse loco.

Estaba lejos de todo lo que conocía. Su hijo Charles estaba en Francia. Su hija Adèle empezaba a mostrar signos de inestabilidad mental que lo destrozaban desde la distancia. Su mujer iba y venía. Juliette Drouet, su amante de toda la vida, vivía cerca pero la situación era tensa. Y él estaba atrapado en una isla que no había elegido.

La escritura no era su trabajo. Era su sistema nervioso descargando presión.

Y eso es algo que muchas personas con TDAH reconocen. La actividad creativa como regulación emocional. No pintas porque quieras pintar. Pintas porque si no pintas, la ansiedad te come. No escribes porque seas escritor. Escribes porque tu cerebro necesita soltar lo que lleva dentro o explota.

Hugo lo expresó mejor que nadie cuando dijo que durante el exilio, la tinta era su sangre. No era una metáfora bonita. Era literal. Escribir era lo que lo mantenía vivo.

La rutina que parece disciplina pero es otra cosa

La rutina de Hugo en Guernsey es famosa. Amanecer. Café. Torreón. Escribir de pie frente a un atril. Comer algo. Pasear por la isla. Dibujar por la noche. Dormir. Repetir.

Vista desde fuera, parece la rutina de un monje budista. Toda estructura, toda constancia, toda paz interior.

Vista desde dentro, era un sistema de contención. Hugo necesitaba esa rutina exactamente como Nadal necesitaba sus rituales: no por disciplina, sino porque sin ella, su cerebro se desbocaba.

La diferencia entre disciplina y necesidad es sutil pero enorme. La persona disciplinada elige su rutina. La persona con un cerebro que no se regula solo necesita la rutina para funcionar. Si la rompes, todo se desmorona.

Hugo lo sabía. Por eso no la rompió en diecinueve años.

Lo que el exilio nos enseña sobre el TDAH

No hace falta irse a una isla para aplicar lo que Hugo descubrió sin querer.

La lección es sencilla: a veces, un cerebro con TDAH produce mejor con menos opciones, no con más. Menos estímulos, menos decisiones, menos rutas de escape. No porque la restricción sea buena en sí misma, sino porque fuerza al cerebro a canalizar toda su energía en una dirección.

Es lo que haces cuando apagas el WiFi para trabajar. Es lo que haces cuando vas a una cafetería sin nadie conocido. Es lo que haces cuando pones el móvil en modo avión. Estás creando tu propia Guernsey. Un espacio donde las distracciones no existen y tu cerebro, por descarte, se pone a hacer lo que tiene que hacer.

Hugo no eligió su exilio. Pero su cerebro lo aprovechó como nadie habría predicho. Y lo que salió de esa isla cambió la literatura para siempre.

Sesenta obras. Diecinueve años. Un cerebro que no podía parar.

A veces las mejores condiciones para crear no son las que tú elegirías. Son las que te obligan a enfocarte porque no queda otra opción.

Si tu cerebro funciona mejor cuando le quitas opciones que cuando le das más, si produces en ráfagas cuando el entorno te lo permite y te dispersas cuando no, puede que haya algo ahí que merece la pena entender.

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