Llega el verano y se acabó la estructura: TDAH sin horarios
El verano sin horarios parece libertad. Con TDAH es un campo abierto donde tu cerebro se pierde. Y no, no es pereza.
El curso termina, los horarios desaparecen y tu cerebro con TDAH queda a la deriva.
Lo que para otros es libertad, para ti es un campo abierto donde todo puede ir mal. Porque no es que no quieras descansar. Es que tu cerebro no sabe descansar sin estructura. Y el verano es la época del año donde toda la estructura se evapora de golpe.
Junio llega y todo el mundo está contento. Vacaciones. Terrazas. Horarios flexibles. Tu cuñado ya ha montado el plan de playa, tus compañeros hablan de desconectar, y tú estás ahí, sonriendo, mientras por dentro sientes que alguien acaba de quitarte el suelo debajo de los pies.
Y lo celebras. Durante 72 horas.
Al tercer día sin alarma, sin agenda, sin nadie que te diga dónde tienes que estar a las 9, te despiertas a las 12, desayunas a las 14, te propones hacer cinco cosas, no haces ninguna, y a las 23:00 estás viendo vídeos de gente restaurando muebles viejos con una sensación de vacío que no sabes de dónde sale.
¿Por qué el verano sin estructura es tan difícil con TDAH?
Porque tu cerebro no genera estructura propia. Funciona con estructura prestada.
Durante el año, tu vida tiene forma porque alguien se la da. El trabajo empieza a las 9. La reunión es a las 11. El gimnasio cierra a las 22. Tu pareja llega a las 19 y hay que cenar. Tú no decides esos horarios. Pero tu cerebro se apoya en ellos como quien se apoya en las paredes de un pasillo estrecho. Mientras las paredes están, caminas recto. Cuando desaparecen, te caes.
El verano quita las paredes.
De repente tienes 16 horas al día sin ninguna obligación. Y tu cerebro, que ya tiene problemas para elegir entre dos tareas, se encuentra con un buffet infinito de opciones donde ninguna tiene deadline ni consecuencia inmediata.
Resultado: parálisis. O lo contrario, hacer cosas compulsivamente pero sin sentido, saltando de una a otra sin terminar ninguna. Las dos reacciones vienen del mismo sitio. Tu cerebro funciona con dopamina, no con disciplina. Y cuando no hay estructura que le dé dirección, la dopamina se busca la vida sola.
Scrollear dos horas. Empezar a limpiar la cocina a las 23:00. Buscar vuelos baratos a sitios donde no vas a ir. Reorganizar el armario en vez de hacer lo que deberías. Todo son intentos desesperados de tu cerebro por encontrar algo que le enganche. Porque el vacío no es descanso. Es ruido blanco.
¿Entonces la solución es no tener vacaciones?
No. La solución es dejar de confundir vacaciones con ausencia total de estructura.
A mí me costó años entender esto. Cada verano era igual: los primeros días, euforia. La primera semana, caos productivo. La segunda, hundimiento. A la tercera ya estaba con la autoestima por los suelos pensando "ni en vacaciones eres capaz de funcionar, tío".
Hasta que entendí que el problema no era yo. Era que estaba tratando el verano como si mi cerebro fuera neurotípico y supiera gestionarse solo. Y no lo es. Punto.
Un cerebro con TDAH necesita estructura como un pez necesita agua. No porque sea débil. Porque así funciona. Y esa estructura no tiene que venir de fuera. Puedes construirla tú. Pero tienes que hacerlo antes de que el caos se instale.
¿Qué estructura mínima necesita un verano con TDAH?
No hablo de planificar cada hora como si estuvieras en el ejército. Hablo de tres cosas.
Un ancla por la mañana. Algo que pase siempre a la misma hora. Puede ser un café, una ducha, un paseo de 10 minutos. Da igual qué. Lo que importa es que tu cerebro tenga un punto de inicio. Una rutina matutina con TDAH no tiene que ser un ritual de productividad de dos horas. Basta con una cosa que le diga a tu cabeza "el día ha empezado".
Una tarea al día. Una. No cinco. No una lista de 12 cosas que no vas a hacer. Una tarea concreta que, si la haces, el día ha valido la pena. El resto es bonus. Esto le da a tu cerebro algo a lo que agarrarse cuando llega el temido "¿y ahora qué hago?" de las 15:00 de un martes de julio.
Un cierre. Algo que marque el fin del día productivo. Salir de casa. Cerrar el portátil. Poner una serie. Lo que sea. Pero un corte limpio. Porque si no, tu cerebro se queda en esa zona gris de "debería estar haciendo algo pero no sé qué" hasta las 3 de la madrugada.
Eso es todo. Ancla, tarea, cierre. Tres puntos fijos en un mar de horas vacías. Suficiente para que tu cerebro no se pierda.
¿Y los días que no sale nada?
Van a existir. Eso tenlo claro.
Días en los que te levantas a las 13, no haces la tarea, ignoras el ancla, y a las 20:00 estás tirado en el sofá con la sensación de que has desperdiciado otro día más.
La diferencia entre un verano que te hunde y uno que no es lo que haces después de esos días. Si te machacas, alimentas el ciclo. Si dices "vale, hoy fue así, mañana vuelvo al ancla", el ciclo se rompe.
No se trata de no caer. Se trata de que la caída no dure una semana entera. Planificar vacaciones con TDAH no va de llenar cada día de aventuras. Va de crear las condiciones mínimas para que tu cerebro no entre en modo deriva durante dos meses seguidos.
Tu cerebro no necesita libertad total. Necesita un mapa.
El verano no revela tu pereza. Revela lo mucho que dependías de una estructura que no habías construido tú.
Y eso no es un defecto. Es información.
Información que puedes usar para montar tu propio andamio antes de que junio te pille sin plan. Tres anclas. Una tarea. Un cierre. No necesitas más.
Porque la libertad total no es libertad para un cerebro con TDAH. Es un mar abierto sin brújula. Y la gracia no es evitar el mar, sino aprender a construir tu propio barco.
Aunque sea pequeño. Aunque sea feo. Aunque se tambalee.
Pero que flote.
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