Trabajar de dependiente con TDAH: ocho horas de sonrisas y sobreestimulación
Ocho horas de pie, clientes sin parar y un cerebro que procesa cada estímulo a tope. Trabajar de dependiente con TDAH es un maratón sensorial.
Ocho horas de pie, clientes sin parar, música de fondo y un cerebro que procesa cada estímulo a volumen máximo. Trabajar de dependiente con TDAH es un maratón sensorial disfrazado de jornada laboral.
Yo lo viví un verano. Tienda de ropa en un centro comercial. Aire acondicionado a tope, hilo musical que repetía las mismas quince canciones en bucle, fluorescentes que te perforaban la retina y un flujo constante de gente que entraba, tocaba, preguntaba y se iba. Cada persona era un estímulo nuevo. Cada pregunta interrumpía lo que estaba haciendo. Cada canción se colaba en mi cabeza sin pedir permiso.
A las dos horas ya estaba frito. A las cuatro, en piloto automático. A las ocho, era una sonrisa con ojeras.
¿Por qué la atención al público es tan agotadora para un cerebro con TDAH?
Porque tu cerebro no filtra.
Un cerebro neurotípico hace algo que parece magia: descarta lo que no importa. La música de fondo, la conversación de la mesa de al lado, el zumbido del aire acondicionado. Todo eso existe, pero no llega a primer plano. Lo filtra automáticamente.
El cerebro con TDAH no tiene ese filtro. O lo tiene roto. O lo tiene puesto a medio gas. Cada sonido, cada movimiento, cada persona que entra por la puerta compite por tu atención con la misma intensidad. No hay primer plano y fondo. Todo es primer plano.
Ahora imagina eso durante ocho horas. Con clientes que te preguntan tallas, precios, si hay en otro color, si pueden devolver algo de hace tres meses, si aceptáis tarjeta. Y entre pregunta y pregunta tienes que reponer, cuadrar caja, doblar camisetas que alguien ha dejado hechas una bola.
Tu cerebro está procesando todo a la vez. Todo el rato. Sin descanso.
No es cansancio normal. Es como tener treinta pestañas abiertas en el navegador y que todas reproduzcan vídeo con sonido al mismo tiempo.
¿Cómo sobrevive un dependiente con TDAH a ocho horas de sobreestimulación?
Con masking. Con puro teatro.
Sonríes cuando por dentro estás saturado. Mantienes contacto visual cuando tu cerebro ya se ha ido a otra galaxia. Repites "¿puedo ayudarle en algo?" por vigésima vez como si fuera la primera. Finges que la música no te está taladrando el cráneo. Finges que el desorden de la tienda no te genera una urgencia física de ordenarlo todo. O al revés: finges que no te da igual el desorden cuando en realidad tu cabeza está en otra parte.
Eso tiene un precio. Y el precio se llama burnout por masking. Porque fingir normalidad ocho horas al día, cinco días a la semana, durante meses, te destruye. No de golpe. Poco a poco. Como una batería que se descarga un 2% cada hora y nadie la recarga.
Llegas a casa y no quieres hablar con nadie. No quieres que te toquen. No quieres más estímulos. Solo silencio. Solo oscuridad. Solo tu sofá y una pantalla que puedas controlar tú.
Y la gente piensa que eres antisocial. O vago. O que exageras. "Si solo estás de pie en una tienda, tampoco es para tanto."
No tienen ni idea.
La parte que nadie ve: los errores invisibles
Cobras mal a un cliente porque te has despistado a mitad de la operación. Te olvidas de un encargo que te han dicho hace diez minutos. Recolocas una sección entera y al terminar no recuerdas si has puesto los precios correctos. El jefe te dice que falta un pedido y tú lo tenías apuntado. En algún sitio. En algún papel. Que ahora no encuentras.
Y cada error refuerza la voz interior: "Es que no vales para esto."
Pero sí vales. Lo que pasa es que el entorno está diseñado para un cerebro que no es el tuyo. Luces que no puedes regular. Música que no has elegido. Interrupciones constantes que no puedes predecir. Tareas que cambian cada tres minutos sin aviso. Es el combo perfecto para que un cerebro con TDAH funcione al 30% de su capacidad mientras gasta el 200% de su energía.
No es un problema de actitud. Es un problema de entorno.
¿Se puede hacer algo o te aguantas y punto?
Se puede. Pero requiere conocerte, pedir lo que necesitas y, a veces, buscar adaptaciones laborales que conviertan el entorno en algo mínimamente funcional para tu cerebro.
Algunas cosas que a mí me habrían salvado la vida:
Auriculares en los ratos de reposición. No con música. Solo para amortiguar el ruido de fondo. Eso reduce la sobreestimulación más de lo que imaginas.
Un sistema de notas visible. Una libreta pequeña en el bolsillo, no "ya me acordaré". Porque no te vas a acordar. Apúntalo todo. Todo. Cada encargo, cada devolución pendiente, cada tarea que te dice el jefe. Si no lo escribes, no existe.
Microdescansos. Cinco minutos cada hora en un sitio sin estímulos. El almacén, el baño, donde sea. Tu cerebro necesita esos reseteos para seguir funcionando. No es pereza. Es mantenimiento básico.
Y sobre todo: dejar de fingir que no te afecta. Porque cuando finges, gastas más energía en el teatro que en el trabajo real. Y al final del día no estás cansado del trabajo. Estás cansado de actuar.
No todos los trabajos encajan igual
Esto no va de que las personas con TDAH no puedan trabajar de cara al público. Hay quien funciona bien ahí, sobre todo si el ritmo es alto y hay variedad. El problema no es el contacto con gente. El problema es el combo de sobreestimulación constante, cero control sobre el entorno y tareas monótonas entre picos de actividad.
Ese hueco entre clientes donde tienes que doblar la misma camiseta por tercera vez es donde tu cerebro se apaga. Y luego, cuando llega un pico de clientes, tienes que encenderlo de golpe y rendir al máximo. Ese cambio constante de marcha agota a cualquiera, pero a un cerebro con TDAH lo deja tirado en la cuneta.
Si trabajas de dependiente y sientes que cada jornada es una prueba de supervivencia, no estás exagerando. Tu cerebro está haciendo el triple de trabajo que el de tu compañero para obtener el mismo resultado. Eso no es ser dramático. Eso es neurociencia básica.
Y entenderlo no te da una excusa. Te da un mapa. Para saber dónde gastar energía, dónde pedir ayuda, y dónde dejar de culparte por algo que nunca fue tu culpa.
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