Tengo mil ideas y no ejecuto ninguna: el cementerio de proyectos

Tienes más ideas que tiempo y ninguna llega a ningún lado. No es falta de ambición. Es algo mucho más específico que te voy a explicar.

Tengo una carpeta en el ordenador que se llama "Proyectos". Ahí dentro hay 47 carpetas. Cuarenta y siete. Cada una con un nombre emocionante, una fecha de creación, y exactamente cero archivos dentro.

Bueno, casi todas. Algunas tienen un archivo que se llama "ideas.txt" con cuatro líneas escritas a las 2 de la mañana de un martes.

Eso es todo.

¿Por qué tienes mil ideas y no ejecutas ninguna?

A ver, la respuesta corta es: porque tener ideas es barato y ejecutarlas cuesta una barbaridad.

Pero eso no te ayuda a ti, así que vamos a la versión larga.

Imagínate que tu cerebro es una máquina de pinball. Tienes una bola, la lanzas, y empieza a rebotar por todas partes. Ding, ding, ding. Puntos aquí, puntos allá. Es emocionante. Es estimulante. Cada rebote te da un chute de algo parecido a la satisfacción.

El problema es que la bola nunca se queda quieta.

Porque quieta no da puntos. Quieta es aburrida. Y tu cerebro, que ha aprendido a vivir de ese ping-pong constante, en cuanto algo deja de ser nuevo y emocionante, suelta la bola y lanza otra.

O sea. No te faltan ideas. Te sobran. El problema es lo que pasa entre la idea y el resultado.

El momento en el que todo muere

Hay un patrón que he visto en mí mil veces, y que tú probablemente también conoces de sobra.

Empieza con una idea. Y no cualquier idea. La idea. La mejor que has tenido en años. Ves el potencial con total claridad, como cuando miras a través de un cristal limpio. Das cuatro vueltas al concepto en la cabeza, le añades capas, lo mejoras, lo perfeccionas. Está todo ahí, en tu mente, perfectamente formado.

Y entonces llega el momento de hacer la primera cosa concreta. La primera. No todo, no el proyecto completo. Solo el primer paso.

Y desaparece.

No de golpe. Poco a poco. Primero te parece que mañana es mejor momento. Luego que le falta algo para estar lista. Luego que quizás la idea era buena pero el timing no. Y tres semanas después, cuando alguien te pregunta cómo va ese proyecto, dices "ah, eso lo tengo en pausa" con una tranquilidad que da miedo.

Hace poco escribí sobre tener la idea más brillante del mundo durante tres semanas y luego nada. Es que esto tiene nombre. Tiene forma. No es solo que seas olvidadizo.

Lo que confundes con pereza

Aquí viene la parte que a mí me costó años entender.

Esto no es pereza. La pereza es no querer hacer algo. Esto es querer hacer 87 cosas a la vez y no poder empezar ninguna porque tu cerebro no sabe cuál elegir, cuándo, ni cómo arrancar.

Es como estar en un bufé libre con hambre de tres días y quedarte paralizado mirando la comida sin coger nada. No porque no tengas hambre. Porque tienes demasiado dónde elegir y ningún criterio para decidir.

El resultado desde fuera parece lo mismo. No haces nada. Pero la experiencia interna es completamente diferente. Tú no estás descansando. Estás atrapado.

Y encima te sientes mal por estar atrapado. Porque sabes que podrías hacer cosas. Porque hay días que sí arrancas y la cosa sale. Y eso te confirma que el problema eres tú, que cuando quieres puedes, que si no produces es porque algo falla en tu cabeza.

Spoiler: algo falla. Pero no es lo que crees.

El cementerio de comienzos

Hay un tipo de persona que colecciona comienzos

Yo soy ese tipo. O lo era, hasta que entendí lo que me pasaba.

Porque el problema no es que te guste empezar cosas. El problema es que tu cerebro necesita dopamina para funcionar. Y empezar algo nuevo da un chute de dopamina enorme. Novedad, posibilidad, ilusión. Todo junto.

Pero cuando el proyecto tiene tres semanas, ya no es nuevo. Ya tienes que hacer cosas aburridas. Enviar emails. Editar. Revisar. Gestionar. Y ahí tu cerebro dice: "Oye, no sé si esto me compensa. ¿No había algo más interesante por aquí?"

Y hay algo más interesante. Siempre hay algo más interesante.

Pues mira, ese ciclo de empezar-abandonar-empezar no es un defecto de carácter. Es un patrón de cómo funciona tu atención. Y el primer paso para romperlo es entender que no se arregla con más motivación.

Por qué "ponerte las pilas" no funciona

Te lo han dicho. Te lo has dicho tú mismo. "Tienes que comprometerte más". "Tienes que ser más constante". "Si de verdad lo quisieras, lo harías".

Pero si te cuesta todo más que a los demás y no sabes por qué, la solución no es esforzarte el doble. Es entender qué está pasando realmente.

Porque lo que describes, tener mil ideas sin ejecutar ninguna, no es ambición mal gestionada. Es un problema de regulación. De qué necesita tu cerebro para arrancar, para sostener el esfuerzo, para no abandonar cuando la novedad desaparece.

Y eso no se soluciona a base de post-its con frases motivacionales pegados en la pantalla. Lo he probado. No funcionan. Aunque la frase sea muy bonita.

Lo que sí cambia las cosas

No voy a venderte un sistema de 10 pasos que lo resuelve todo, porque no existe.

Lo que sí existe es entender cómo funciona tu cerebro específicamente. Cuándo produce bien, cuándo no, qué condiciones necesita, qué tipos de proyectos encajan con cómo procesas tú.

Porque no todos los cerebros funcionan igual. Hay cerebros que necesitan estructura externa. Otros que necesitan presión de deadline. Otros que solo arrancan cuando hay alguien mirando. Otros que necesitan cambiar de proyecto cada semana para mantenerse activos, y eso no es malo si lo sabes gestionar.

El problema no es que tengas muchas ideas. El problema es que nadie te ha explicado cómo funciona tu cabeza y estás intentando hacer funcionar un motor de cohete con las instrucciones de un Citroën C3.

Te lo digo por experiencia. Cuando entiendí qué tipo de atención tenía y por qué hacía lo que hacía, no dejé de tener mil ideas. Pero empecé a saber cuáles seguir y cómo. Y eso cambió bastante las cosas.

Esto no sustituye un diagnóstico profesional. Si reconoces este patrón y te está afectando de verdad, consulta con un psicólogo o psiquiatra. Pero tener más información nunca viene mal como punto de partida.

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Si lo que lees aquí te suena demasiado familiar, quizás valga la pena que te hagas el test. Son 10 minutos, 43 preguntas, y gratis. No es un diagnóstico, pero puede darte un vocabulario para entender mejor lo que te pasa. Hacer el test de TDAH.

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