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Tu hijo recibe el diagnóstico y de repente tú también te ves: TDAH hereditario

Llevas a tu hijo al psicólogo. Le diagnostican TDAH. Y mientras la doctora habla, piensas: "eso me pasa a mí". El diagnóstico que cambia dos vidas.

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Llevas a tu hijo al psicólogo. Le diagnostican TDAH. Y mientras la doctora describe los síntomas, tú estás ahí sentado pensando "espera, eso me pasa a mí".

No es que estés buscando protagonismo. No es que quieras quitarle importancia a lo que le pasa a tu hijo. Es que cada cosa que dice la profesional te suena demasiado familiar. Dificultad para organizarse. Problemas con los plazos. Empezar mil cosas y no terminar ninguna. Olvidarse de citas. Perder cosas constantemente.

Y tú ahí, asintiendo como si estuviera leyendo tu currículum.

¿Puedo descubrir mi TDAH a través del diagnóstico de mi hijo?

Sí. Y es más común de lo que parece.

De hecho, hay un porcentaje enorme de adultos que descubren su TDAH exactamente así. No porque un día decidieran ir al psicólogo. No porque leyeran un artículo y les encajara. Sino porque llevaron a su hijo a una evaluación y se vieron reflejados en cada punto de la lista.

El TDAH tiene un componente genético fuerte. Los estudios hablan de una heredabilidad de entre el 70% y el 80%. Eso significa que si tu hijo tiene TDAH, hay bastantes probabilidades de que tú también lo tengas. O tu pareja. O ambos.

Pero hay un detalle que lo hace todo más interesante: la generación de padres actuales creció en una época donde el TDAH no se diagnosticaba casi nunca. Si eras un chaval despistado, hiperactivo, que no paraba quieto en clase, te ponían la etiqueta de "vago", "nervioso" o "muy listo pero no se aplica". Y tú crecías pensando que eras así. Que era tu personalidad. Que simplemente no te esforzabas lo suficiente.

Hasta que un día, treinta años después, alguien le pone nombre a eso que le pasa a tu hijo. Y el nombre también es el tuyo.

¿Por qué nadie me lo dijo antes?

Porque nadie sabía lo que estaba mirando.

Tus padres no te llevaron al psicólogo porque en los años 80 y 90 eso no se hacía. Tu profesor te decía "podrías rendir más si quisieras" y se quedaba tan ancho. Y tú desarrollaste estrategias para ir tirando. Listas que perdías. Alarmas que ignorabas. Noches en vela terminando cosas que deberías haber hecho hace semanas.

Funcionaste. A trompicones, pero funcionaste. Y como funcionaste, nadie se preguntó si había algo más debajo.

Eso tiene un nombre: compensación. Tu cerebro lleva décadas montando un sistema de parches para funcionar en un mundo que no está diseñado para él. Y esos parches funcionan, más o menos, hasta que dejan de funcionar. Normalmente cuando la vida se complica. Cuando llegan los hijos, el trabajo se acumula, las responsabilidades se multiplican.

Y entonces todo empieza a fallar al mismo tiempo. No porque tú seas peor. Sino porque la crianza moderna ya de por sí es un reto enorme, y hacerlo con un cerebro que no regula bien la atención es como intentar hacer malabares con guantes de boxeo.

El momento de la consulta

Hay una escena que se repite en consultas de toda España. La doctora le explica a la madre o al padre lo que le pasa a su hijo. Y en un momento dado, el padre o la madre dice:

"Perdona, pero eso que describes... ¿también puede pasar en adultos?"

Y la profesional sonríe. Porque lo ha visto mil veces.

En ese momento se abre una puerta que no sabías que existía. De repente, todos los "defectos" que arrastras desde la infancia tienen una explicación que no es "eres vago" ni "no te esfuerzas". Es un cerebro que funciona diferente. Que siempre ha funcionado diferente. Y que nadie te dijo que era diferente porque no sabían lo que estaban viendo.

Ese momento es liberador. Pero también es un lío gordo a nivel emocional.

¿Y ahora qué hago con todo lo que siento?

Porque llega la culpa. Llega como un tren.

"Si yo tengo TDAH y se lo he pasado a mi hijo, ¿entonces es culpa mía?"

No. Rotundamente no. La genética no es culpa. No elegiste tus genes igual que no elegiste tu altura ni el color de tus ojos. Lo que sí puedes elegir es qué haces ahora que lo sabes.

Y lo que puedes hacer ahora es mucho. Porque entender que tú también tienes TDAH cambia completamente cómo crías a tu hijo. Ya no le dices "concéntrate" como si fuera un interruptor que se enciende. Ya no te frustras porque no termina los deberes a la primera. Porque sabes que a ti te pasa lo mismo. Porque sabes lo que se siente.

Tu diagnóstico no es una carga más. Es una ventaja. Eres el único padre o madre que puede mirar a su hijo y decir "te entiendo de verdad, porque mi cerebro también hace eso".

Luego llega otra oleada. La de revisar toda tu vida con gafas nuevas. Los suspensos que no entendías. Las relaciones que se rompieron. Los trabajos que dejaste. El viaje emocional después de un diagnóstico es intenso, y no avisa. Un día estás aliviado, al siguiente estás furioso, al otro lloras por las oportunidades perdidas.

Todo eso es normal. Todo eso es parte del proceso.

¿Debería buscar mi propio diagnóstico?

Si te has reconocido en lo que le diagnosticaron a tu hijo, sí. Sin duda.

No por ponerle una etiqueta a todo. Sino porque un diagnóstico formal te abre puertas. Acceso a tratamiento, a estrategias, a profesionales que entienden cómo funciona tu cerebro. Y sobre todo, te da permiso para dejar de pelearte contigo mismo por cosas que no eran pereza ni falta de voluntad.

Hay gente que lleva cuarenta años pensando que es un desastre, y resulta que simplemente nadie les explicó las reglas del juego en el que estaban jugando.

No es tarde. Nunca es tarde para entender cómo funciona tu cabeza. Y si tu hijo te ha dado la pista, aprovéchala. Es probablemente el mejor regalo involuntario que te va a hacer en su vida.

Bueno, eso y los dibujos horribles que te trae del cole y que tú pegas en la nevera como si fueran Picassos.

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