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La ducha con TDAH: 10 minutos de agua y 47 conversaciones internas

Entras a ducharte y acabas planificando tu vida, discutiendo con alguien y componiendo un discurso. TDAH ducha pensamientos: por qué tu cerebro no para ni con agua caliente.

tdah

Entro en la ducha a las 8:15. Empiezo a lavarme el pelo. A las 8:16 estoy planificando una conversación que no he tenido con alguien a quien no voy a ver. A las 8:25 sigo con el champú en la cabeza.

El agua ya está fría.

Y yo no me he dado cuenta porque estoy demasiado ocupado ganando una discusión imaginaria contra un compañero de trabajo que me dijo algo raro en 2019.

Eso es ducharse con TDAH. Entras a limpiarte y sales habiendo resuelto tres crisis ficticias, planificado un negocio que nunca vas a montar y compuesto un discurso que nadie te ha pedido. Pero no estás seguro de haberte puesto jabón.

¿Por qué la ducha es un parque de atracciones para tu cerebro?

Porque es el momento perfecto para que tu cabeza se descontrole.

Piénsalo. No hay móvil. No hay pantalla. No hay estímulos externos compitiendo por tu atención. Solo tú, el agua y una pared de azulejos. Y un cerebro con TDAH que, cuando no tiene nada a lo que agarrarse, empieza a fabricar contenido propio.

Es como quitar todas las apps de un móvil y que el sistema operativo empiece a generar notificaciones inventadas. Tu cerebro necesita estímulo constante. Cuando no lo tiene, se lo crea. Y la ducha es el vacío perfecto para que eso pase.

Por eso acabas teniendo conversaciones con gente que no está. Por eso te inventas escenarios, planificas viajes, ensayas confrontaciones, diseñas respuestas perfectas para cosas que ya pasaron hace meses. Tu cerebro no sabe estar en silencio. Y el agua caliente, lejos de relajarte, le da el escenario ideal para montar su propio show.

Las cinco fases de la ducha TDAH

Fase uno: entras con un objetivo claro. Ducharte. Tres minutos, cuatro como mucho.

Fase dos: el agua caliente te relaja y tu cerebro interpreta eso como una invitación para hacer un repaso general de tu vida. Empiezas pensando en lo que tienes que hacer hoy y acabas en una espiral que conecta tu lista de tareas con aquel examen que suspendiste en tercero de la ESO.

Fase tres: te das cuenta de que llevas un rato parado bajo el agua sin hacer nada. Te echas champú. Pero mientras te lo frotas, tu cerebro ya está en otro canal. Es el mismo zapping mental que haces con todo, pero bajo el agua.

Fase cuatro: te acuerdas de que tenías que aclararte el champú hace rato. O peor, no te acuerdas de si ya te lo has aclarado. Hueles el pelo. No estás seguro. Te lo aclaras otra vez por si acaso.

Fase cinco: sales. Han pasado 25 minutos. Llegas tarde. Y lo peor es que ni siquiera sabes en qué has estado pensando exactamente. Solo sabes que ha sido mucho.

La ducha no es el problema. El problema es el default mode.

En neurociencia hay algo que se llama la red neuronal por defecto. Es la red que se activa cuando no estás haciendo nada concreto. Cuando tu cerebro entra en modo reposo.

En un cerebro neurotípico, el modo reposo es más o menos tranquilo. Reflexiones suaves, algo de divagación, y ya.

En un cerebro con TDAH, el modo reposo es una rave. Todo se activa. Ideas, recuerdos, emociones, planes, miedos, conversaciones pendientes, conversaciones inventadas, canciones a medio recordar, y esa cosa que dijiste en 2016 que a lo mejor era rara. Todo a la vez. Sin filtro. Sin orden de prioridad.

Y la ducha es el momento del día en el que más tiempo pasas sin hacer nada. Sin una tarea que ocupe tu atención. Sin una pantalla que dirija el flujo. Solo tú y tus pensamientos. Que, para un cerebro con TDAH, es como dejar a un niño de cinco años solo en una tienda de chuches.

Es el mismo mecanismo que hace que tu cerebro no se apague por la noche. La ducha es la versión diurna de intentar dormir. Tu cuerpo está quieto, pero tu cabeza está corriendo un maratón.

¿Y se puede hacer algo o es lo que hay?

Se puede hacer algo. No vas a apagar tu cerebro bajo el agua. Eso no va a pasar. Pero puedes darle algo concreto a lo que agarrarse para que no monte el circo completo.

Música. Un podcast. Un altavoz resistente al agua que te cueste seis euros en Amazon. Si le das a tu cerebro un estímulo externo, le quitas la excusa para fabricar los suyos. No es que vayas a escuchar atentamente cada palabra de un podcast mientras te lavas. Es que ese sonido de fondo ocupa el espacio que tu cerebro usaría para montar dramas ficticios.

Rutina física fija. Siempre el mismo orden. Pelo, cara, cuerpo, aclarar. Como un circuito. No piensas qué toca ahora, simplemente sigues la secuencia. Suena absurdo, pero automatizar el orden de la ducha reduce la ventana en la que tu cerebro se va de viaje.

Temporizador. Pon una alarma de cinco minutos antes de entrar. Cuando suena, sabes que llevas ahí cinco minutos y que es hora de salir. Sin la alarma, tu percepción del tiempo desaparece. Cinco minutos y veinte minutos se sienten exactamente igual cuando estás ahí dentro.

Porque ese es el otro problema. Igual que cuando sabes que tienes que empezar algo pero no puedes, una vez que estás dentro de la ducha tampoco puedes salir. La inercia va en las dos direcciones. Cuesta entrar y cuesta salir. Y entre medias, tu cerebro se monta la película.

No es perder el tiempo. Es cómo funciona tu cabeza.

Lo peor de la ducha eterna no es la factura del agua. Es la culpa.

Sales y piensas "otra vez he tardado media hora". Y te sientes mal. Porque no es la primera vez. Porque sabes que mañana va a pasar lo mismo. Porque no entiendes cómo algo tan simple como ducharte te puede llevar más tiempo que a cualquier otra persona que conoces.

Pero no es que estés perdiendo el tiempo. Es que tu cerebro no tiene freno. No tiene un botón de "vale, ya basta, vuelve a lo que estabas haciendo". Los pensamientos entran y salen sin control. Uno lleva al siguiente que lleva al siguiente que lleva a un recuerdo que lleva a una emoción que lleva a un plan que lleva a nada concreto.

Y tú solo querías lavarte el pelo.

Así que no, no eres raro por tardar 25 minutos en ducharte. No eres raro por tener 47 conversaciones internas mientras te aclaras el champú. No eres raro por salir sin saber si te has lavado la cara.

Eres un cerebro con TDAH en un sitio sin estímulos. Lo raro sería que no pasara.

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Si la ducha es tu sala de conferencias mental y siempre pensaste que era normal, quizá tu cerebro funciona diferente y merece que lo entiendas. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. 10 minutos. Menos de lo que dura tu ducha.

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