Estoy hablando contigo pero mi cerebro ya está en otra parte
Estás en una conversación importante y tu cerebro decide irse a pensar en la ventana del baño. TDAH y conversaciones perdidas: por qué pasa y qué se siente.
Me estás contando algo importante. Lo sé porque has puesto esa cara. La de "esto me importa de verdad, necesito que me escuches". Y yo te estoy mirando a los ojos, asintiendo, diciendo "claro, claro" en los momentos correctos.
Pero mi cerebro decidió hace 30 segundos que lo que de verdad importa es saber si dejé la ventana del baño abierta.
No es broma. No es exageración. Es literal. Estás ahí, contándome algo que claramente te afecta, y mi cabeza está calculando la probabilidad de que entre lluvia por la ventana, si llovía hoy o mañana, y si debería haber comprado un deshumidificador en aquel Black Friday que dejé pasar.
Todo eso en paralelo. Mientras asiento. Mientras digo "claro".
Y lo peor no es que me haya ido. Lo peor es que a veces ni siquiera sé en qué momento me fui. Simplemente tu voz se convirtió en ruido de fondo y mi cerebro decidió poner otro canal sin pedirme permiso.
¿Cómo se pierde una conversación estando presente?
Es difícil de explicar a alguien que no le pasa.
Porque no es desinterés. No es que me dé igual lo que dices. Es que mi cerebro no tiene un filtro de prioridades que funcione. Para él, tu historia sobre la discusión con tu jefe y la ventana del baño tienen exactamente la misma prioridad. Cero jerarquía. Todo compite por atención al mismo nivel.
Imagina que tienes 15 pestañas abiertas en el navegador y todas están reproduciendo un vídeo a la vez. No puedes elegir cuál escuchar. Suena todo mezclado. Eso es estar dentro de mi cabeza durante una conversación normal.
Y no pasa solo con cosas triviales. A veces me pierdo pensando en algo relacionado con lo que me cuentas. Me dices que te has peleado con tu hermano y mi cerebro decide irse a recordar aquella vez que yo me peleé con el mío, y la cara que puso, y qué dijo mi madre, y si llamé a mi madre esta semana, y joder, no la llamé, tengo que llamarla.
Y cuando vuelvo, tú ya estás en otro punto de la historia y yo no tengo ni idea de cómo hemos llegado ahí.
La cara de "no me estabas escuchando"
La reconozco al instante.
Porque hay un momento en toda conversación donde la otra persona se da cuenta. A veces es porque tardas medio segundo de más en responder. A veces es porque tu respuesta no tiene nada que ver con lo que acaban de decir. A veces es porque te hacen una pregunta directa y tus ojos hacen ese parpadeo que delata que no tienes ni idea de qué te han preguntado.
"¿Entonces qué te parece?"
Y tú por dentro: ¿qué me parece el qué?
Esa cara. Esa mezcla de decepción y enfado. Ese "da igual, déjalo" que es peor que un grito. Lo he visto decenas de veces. En amigos, en familia, en parejas. Y cada vez me arranca un trozo.
Porque no es que no me importe. Es que mi cerebro funciona con dopamina, no con disciplina. Y la dopamina no entiende de contexto social. No entiende que ahora mismo lo correcto es prestar atención. Ella va adonde le da la gana.
Lo que nadie ve: el esfuerzo de escuchar
La gente piensa que escuchar es pasivo. Que te sientas, te callas, y ya está.
Para un cerebro con TDAH, escuchar es un deporte de alto rendimiento. Requiere un esfuerzo consciente y activo cada segundo. Es como intentar mantener una pelota en equilibrio sobre la nariz. Si te relajas un instante, se cae.
Hay conversaciones de las que salgo agotado. No porque fueran difíciles emocionalmente, sino porque he estado peleando con mi propio cerebro durante 20 minutos para no irme. Para no perderme. Para que cuando la otra persona termine de hablar, yo pueda decir algo coherente que demuestre que estaba ahí.
Y a veces lo consigo. Y a veces no.
Y las veces que no lo consigo, la vergüenza es brutal. Porque sabes que has fallado. Sabes que la otra persona se ha dado cuenta. Y sabes que "es que tengo TDAH" suena a excusa, aunque sea una explicación real.
¿Por qué unas conversaciones sí y otras no?
Esto es lo que confunde a todo el mundo. Incluido a mí.
Porque hay conversaciones en las que soy una esponja. Me cuentas algo que me engancha y no pestañeo. Absorbo cada palabra. Hago preguntas. Me acuerdo de detalles que ni tú recordabas haber dicho. Y la otra persona piensa "¿ves? Sí puedes escuchar cuando quieres".
No. Puedo escuchar cuando mi cerebro quiere. Que es distinto.
Si el tema activa dopamina, si hay novedad, si hay conflicto, si hay emoción fuerte, mi cerebro se engancha como un imán. Pero si la conversación es pausada, o repetitiva, o sobre logística, o simplemente no tiene ese gancho químico que mi cerebro necesita, se va. Sin avisar. Sin pedir permiso.
No elijo cuándo prestar atención. Mi concentración viene fragmentada de fábrica. Y eso incluye las conversaciones.
El truco del resumen
Una cosa que aprendí con los años: cuando noto que me he ido, en vez de fingir que seguía ahí, digo "espera, a ver si te he pillado bien" y hago un resumen de lo último que recuerdo.
A veces funciona. Si me he perdido solo los últimos 10 segundos, el resumen es bastante decente y la otra persona ni se entera.
Y a veces hago el resumen y la otra persona me mira como diciendo "eso fue hace cinco minutos". Y entonces toca ser honesto. "Perdona, me he ido un momento. ¿Me lo repites desde lo de tu jefe?"
No es bonito. Pero es mejor que fingir. Porque fingir siempre se nota. Y la mentira de "sí, sí, te he escuchado" duele más que la verdad de "me he perdido, pero quiero escucharte".
No es que no me importes. Es que mi cerebro no coopera.
Esto es lo que me gustaría que entendiera cada persona que alguna vez ha pensado que no le escucho.
No es desinterés. No es falta de respeto. No es que lo tuyo no me importe. Es que tengo un cerebro que cambia de canal sin mando a distancia. Que se va a mitad de frase, a mitad de historia, a mitad de "te quiero". Y que cuando vuelve, no siempre sabe dónde estaba.
Es frustrante para ti. Lo sé.
Pero te prometo que es más frustrante para mí. Porque yo sé que me he ido. Yo sé que me he perdido algo importante. Y yo soy el que tiene que vivir sabiendo que por mucho que quiera escucharte, a veces simplemente no puedo evitar que las palabras dejen de llegar.
Y eso, cuando la conversación importa de verdad, es una de las cosas más solitarias del TDAH. Estar ahí y no estar. Querer escuchar y no poder. Ver la cara de decepción y saber que no puedes hacer nada para evitarla.
Bueno. Sí puedes hacer algo. Puedes intentar entender por qué pasa. Y dejar de culparte por algo que no controlas.
Pero eso requiere saber primero que lo que te pasa tiene nombre y no es un defecto de carácter.
---
Si pierdes conversaciones, si asientes sin escuchar, si la gente te dice que no prestas atención y tú no entiendes por qué, esto tiene explicación. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico, pero puede ser el primer paso para dejar de pensar que el problema eres tú. 10 minutos.
Sigue leyendo
Meditar con TDAH: guía para los que no aguantan ni 30 segundos quietos
Tu cerebro no para. Te dicen que medites. Pero nadie te explica cómo hacerlo cuando tu cabeza genera 47 pensamientos por segundo.
El bolso de emergencia con TDAH: lo que llevas 'por si acaso'
Tu bolso pesa 4 kilos y tiene tres cargadores. No es rareza: es tu cerebro con TDAH construyendo un sistema de seguridad portátil contra el caos.
Empezar a limpiar un cajón y acabar leyendo cartas de 2005 con TDAH
Ibas a ordenar el cajón. 10 minutos. 2 horas después estás en el suelo leyendo postales del 2008 y llorando. Así funciona limpiar con TDAH.
El TDAH y los cumplidos: por qué no te los crees aunque quieras
Te dicen 'has hecho un gran trabajo' y tu cerebro dice 'fue suerte'. Los cumplidos con TDAH rebotan. Las críticas se quedan grabadas para siempre. Esto tiene nombre.