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TDAH a los 55: redescubrirte cuando creías que ya te conocías

Llevas 55 años siendo "el despistado". Y de repente alguien pone nombre a todo. Redescubrirte a los 55 no es tarde. Es demoledor.

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Llevas 55 años siendo "el despistado", "el intenso", "el que siempre llega tarde". Y de repente alguien pone nombre a todo eso.

Redescubrirte a los 55 no es tarde. Es demoledor y liberador a partes iguales.

Lo que nadie te cuenta del diagnóstico tardío

Un compañero de clase de mi padre. 57 años. Ingeniero industrial. Tres hijos. Hipoteca pagada. Vida resuelta, sobre el papel.

Un día su hija pequeña llega del psicólogo con un diagnóstico de TDAH. La psicóloga le explica los síntomas. La niña los tiene todos. Y él, sentado en la sala de espera leyendo el folleto informativo, empieza a subrayar mentalmente cada línea.

"Dificultad para mantener la atención en tareas que no le interesan." Subrayado. "Tendencia a interrumpir conversaciones." Subrayado. "Problemas con la gestión del tiempo." Subrayado. "Sensación constante de que podría haber dado más." Subrayado con rotulador gordo y tres exclamaciones.

A los 57 años descubrió que lo que él llamaba "mi forma de ser" tenía nombre. Y que ese nombre explicaba por qué su carrera profesional fue un zigzag constante. Por qué su mujer le repetía las cosas tres veces. Por qué era brillante en crisis y un desastre en la rutina.

No lloró en la consulta. Lloró en el coche, solo, con el motor en marcha y sin saber a dónde ir.

¿Tiene sentido diagnosticarse TDAH a los 55 años?

Sí. Punto.

Pero déjame desarrollar, porque la pregunta esconde algo más gordo: lo que realmente estás preguntando es "¿merece la pena remover todo esto a estas alturas?".

Y la respuesta también es sí. Aunque duela.

Porque lo que pasa cuando te diagnostican TDAH de adulto, especialmente pasados los 50, no es solo que entiendas por qué perdías las llaves. Es que tu vida entera se reinterpreta. Cada suspenso, cada bronca, cada "es que no te esfuerzas lo suficiente", cada trabajo que dejaste, cada relación que se fue al traste. Todo eso que viviste sin saber que tu cerebro funcionaba diferente de repente tiene una explicación que no es "eres vago" ni "no te importa lo suficiente".

Y eso es una bomba.

Porque a los 55 ya has construido una identidad. Ya te has contado una historia sobre quién eres. Y de repente alguien te dice que la historia estaba incompleta. Que faltaba un personaje principal: tu propio cerebro.

El duelo que no esperas

Nadie te avisa de esto. Vas al psiquiatra pensando "a ver si me concentro mejor en el trabajo" y sales con una crisis existencial bajo el brazo.

El viaje emocional después del diagnóstico

El alivio es obvio. Por fin sabes qué te pasa. Por fin hay un motivo que no es "eres un desastre".

La rabia es la que no esperas. Rabia contra los profesores que te llamaron vago. Contra los médicos que nunca lo vieron. Contra tus padres que decían "este niño es muy listo pero no se aplica". Contra ti mismo por haber tardado 55 años en buscar respuestas.

Y la tristeza. La que más pesa. ¿Qué habría pasado si lo hubiera sabido a los 20? ¿O a los 30? ¿Cuántas decisiones habrían sido diferentes? ¿Cuántas peleas con mi pareja no habrían existido? ¿Cuántos proyectos habría terminado?

Esas preguntas no tienen respuesta. Y por eso duelen tanto.

El problema de tu generación

No es culpa tuya. Ni de tus padres. Es el contexto.

Si naciste en los 60 o 70, el TDAH no existía

Y si eras niña, peor todavía. Porque la presentación inatenta, la de "está en su mundo pero no molesta", pasaba completamente desapercibida. Décadas de cerebros funcionando a contracorriente sin que nadie se diera cuenta.

Así que no. No eres tonto por no haberlo descubierto antes. El sistema no estaba preparado para verte.

¿Y ahora qué hago con esto?

Primero: respirar. En serio. No tienes que hacer nada drástico mañana.

Segundo: entender que el diagnóstico no cambia quién eres. Cambia cómo te miras. Ya no eres "el que siempre la caga". Eres alguien cuyo cerebro funciona de una manera concreta, y que ha sobrevivido 55 años sin manual de instrucciones. Eso no es ser un desastre. Eso es ser un superviviente.

Tercero: buscar ayuda que entienda el TDAH adulto, no un profesional que te diga "eso es de niños" o "a su edad, para qué". Porque sí, la medicación puede ayudar a los 55, sí, las estrategias funcionan a cualquier edad, y sí, merece la pena vivir los años que te quedan entendiendo cómo funciona tu cabeza.

Cuarto: perdonarte. Por todas las veces que te culpaste. Por todos los "podría haber sido mejor". No podías. No con la información que tenías. Hiciste lo que pudiste con las herramientas que tenías. Y ahora tienes una herramienta nueva.

No es tarde

55 años sin saber que tienes TDAH no son 55 años perdidos. Son 55 años en los que sacaste adelante una vida entera jugando en modo difícil sin saberlo.

Ahora lo sabes.

Y saber no te devuelve el tiempo. Pero te da algo mejor: la posibilidad de dejar de pelearte contigo mismo. De mirar atrás con compasión en vez de con rabia. De mirar adelante sabiendo que no estás roto. Nunca lo estuviste.

Solo te faltaba el manual.

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