Soy intenso en las relaciones y a veces asusto a la gente
Cuando conectas con alguien, lo das todo. Mensajes, llamadas, planes, energía. Y a veces eso es demasiado para la otra persona.
Te voy a contar algo que me da un poco de vergüenza. Bueno, bastante vergüenza.
Hace unos años conocí a una chica en un evento. Conectamos genial. Hablamos tres horas seguidas sin parar. Y cuando volví a casa esa noche, le mandé un mensaje largo contándole lo bien que me lo había pasado, le pasé tres artículos sobre un tema del que habíamos hablado, le recomendé una serie que le iba a encantar, y le sugerí que quedáramos esa misma semana para seguir la conversación.
Todo eso. En un solo mensaje. A las once de la noche del mismo día que nos conocimos.
No me contestó hasta dos días después. Y cuando lo hizo, fue un "jaja sí, estuvo bien". Cinco palabras. Un emoticono. Y el silencio más elocuente del mundo.
Y yo pensé: "He hecho algo mal." Pero no había hecho nada mal exactamente. Había hecho demasiado. Demasiado rápido. Demasiado pronto. Demasiado de todo. La intensidad que para mí era natural, para ella era un semáforo rojo gigante que decía "cuidado con este tío, que es mucho".
Si alguna vez te han dicho que eres "mucho", que eres "intenso", que "agobias", que "vas muy rápido", sabes exactamente de qué hablo.
¿Por qué soy tan intenso con la gente?
Porque cuando algo me engancha, me engancha a tope. No hay punto medio. No hay regulador. No hay dimmer.
Es como un amplificador que solo tiene dos posiciones: apagado y a tope. No hay volumen 4. No hay "interés moderado". No hay "me caes bien pero vamos poco a poco". Cuando alguien me interesa, quiero saber todo de esa persona. Quiero hablar horas. Quiero compartir cosas. Quiero conectar a un nivel profundo, saltándome todas las fases intermedias, y quiero hacerlo ya. Ahora. Hoy.
Y eso es bonito, ¿no? En teoría suena a persona apasionada y genuina. En la práctica, la otra persona lleva un ritmo diferente. Un ritmo normal. Un ritmo donde conocer a alguien es un proceso gradual de semanas o meses donde vas abriendo puertas poco a poco. Y tú apareces queriendo tirar abajo la puerta principal y todas las ventanas el primer día.
Es como invitar a alguien a tu casa la primera vez que quedáis y enseñarle hasta el cajón de los calcetines, el álbum de fotos de la comunión y tu historial de Spotify. La otra persona solo quería tomar un café, no un tour por tu vida interior con audioguía incluida.
¿Cómo reacciona la gente a mi intensidad?
De dos formas, básicamente.
Los que se enganchan. Que son pocos, pero cuando conectas con alguien que también funciona a mil por hora, la relación es un cohete. Mensajes a las tres de la mañana, conversaciones de cuatro horas, planes todos los días, ideas compartidas, proyectos juntos, "eres la persona más interesante que he conocido nunca". Es una fiesta de dopamina mutua.
El problema es que esas relaciones intensas suelen quemarse igual de rápido que se encienden. Porque dos personas a tope es insostenible. Es como poner dos soles en el mismo sistema solar. En algún momento chocan. Y cuando uno de los dos baja el ritmo porque su cerebro ya no necesita tanta dopamina, el otro se siente abandonado. "Antes me contestabas al instante, ahora tardas una hora." Y empieza el drama.
Y los que huyen. Que son la mayoría. Personas perfectamente razonables que, al ver tanta intensidad tan rápido, piensan "este tío es demasiado" y se alejan. No porque no les caigas bien. Porque les agobias. Les sobrepasas. Les das más de lo que pueden procesar.
Y tú no entiendes qué ha pasado. Porque desde tu perspectiva estabas siendo tú mismo. Estabas siendo genuino, honesto, abierto. ¿Qué tiene de malo ser genuino?
Nada. Excepto que a veces la dosis es tan alta que la gente no la puede absorber. Una medicina es buena a la dosis correcta y tóxica si te tomas el frasco entero.
¿La intensidad es un defecto o una fortaleza mal calibrada?
Para mí, es una fortaleza mal calibrada. Y esta distinción es importante.
Ser intenso significa que cuando te importa algo, te importa de verdad. Que cuando conectas con alguien, la conexión es real, profunda, tangible. Que no sabes hacer las cosas a medias. Que pones todo tu ser en lo que haces. Eso es un regalo. De verdad.
El problema no es la intensidad. El problema es la calibración. Es no saber regular la cantidad de intensidad que la otra persona puede manejar en ese momento. Es dar al cien cuando la situación pide un treinta. Es abrir todas las compuertas de la presa cuando lo que tocaba era abrir una rendija.
Es como tener un altavoz increíble. La calidad del sonido es brutal. Pero si lo pones a tope en un piso de cuarenta metros cuadrados, los vecinos van a llamar a la policía. El altavoz no es malo. El volumen está mal ajustado para el espacio.
¿Cómo ajusto el volumen sin dejar de ser yo?
Lo primero que aprendí: observar antes de actuar. Antes de mandar ese mensaje largo, antes de proponer el tercer plan de la semana, antes de compartir tu documental favorito de tres horas, mira qué está haciendo la otra persona. ¿Te contesta con párrafos o con monosílabos? ¿Te propone planes o solo acepta los tuyos? ¿Inicia conversaciones o solo responde cuando tú escribes?
Esas señales te dicen a qué volumen está la otra persona. Y tu trabajo, tu responsabilidad, es igualar ese volumen, no superarlo. Si alguien te contesta con tres palabras, no le mandes un párrafo de 200. Iguala. Tres palabras van. Tres palabras vienen.
Lo segundo: aceptar que no todo el mundo funciona como tú. Que alguien tarde un día en contestar no significa que no le importes. Que alguien no quiera quedar tres veces por semana no significa que no le intereses. Significa que tiene un ritmo diferente. Y ese ritmo es igual de válido que el tuyo. No mejor. No peor. Diferente.
Y lo tercero: buscar canales para esa intensidad que no dependan de una sola persona. Proyectos, hobbies, ejercicio, escritura, lo que sea. Si toda tu intensidad va dirigida a una persona, esa persona se agota. Si la repartes entre varias cosas, la cosa funciona mejor. La intensidad no desaparece. Se distribuye.
Ahora, si a pesar de todo no puedes regular la intensidad, si es algo que te pasa con cada persona nueva, en cada relación, en cada proyecto, si sientes que solo sabes funcionar a cero o a cien, merece la pena preguntarse por qué. Porque la intensidad emocional constante, esa incapacidad de funcionar en modo medio, es uno de los patrones más claros de un cerebro que gestiona las emociones y los estímulos de forma particular.
Un profesional puede ayudarte a entender si tu intensidad tiene una explicación neurológica. No para apagar el amplificador. Para ponerle un regulador de volumen. Esto no sustituye un diagnóstico, pero puede ser el primer paso para entenderte mejor.
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