Por qué me cuesta tanto hacer cosas simples que duran 5 minutos

Un email de dos líneas. Una llamada de 3 minutos. Llevas días sin hacerlo. No es vaguería. Hay una explicación real para cuando las tareas simples se sienten imposibles.

Es un email. Un email de dos líneas. Llevas tres días sin mandarlo.

¿Qué pasa?

No es que no sepas escribirlo. No es que no tengas tiempo. Lo tienes en la cabeza, lo ves en la lista, y aun así ahí está. Esperando. Como si hubiera una pared de cristal entre tú y el "enviar". Transparente, sin explicación visible, pero tan real como cualquier muro.

Y lo peor no es que no lo mandas. Lo peor es que mientras no lo mandas, estás pensando en ello. Todo el rato. El email te ocupa más espacio mental que cualquier proyecto grande que tienes en marcha.

¿Por qué las cosas fáciles a veces son las más difíciles?

Esto es uno de esos fenómenos que casi nadie entiende desde fuera.

Si te digo "tienes que escribir 20 páginas para mañana", probablemente te pongas. La urgencia, el volumen, la presión. Arrancas. Pero si te digo "manda ese email de dos líneas que llevas días postergando", algo se bloquea.

Parece absurdo. Y lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Porque a mí me ha pasado con cosas todavía más ridículas que un email. Llamar al médico para pedir cita. Responder un mensaje de un amigo. Buscar en Google la dirección de un sitio al que tengo que ir mañana. Cosas que duran dos minutos. Cosas que llevo semanas sin hacer.

Y sí, me siento como un maldito desastre cada vez que lo pienso.

La paradoja es esta: cuanto más pequeña y simple es la tarea, a veces más parece que se resiste. Y eso descoloca, porque la lógica dice que debería ser al revés.

El peso invisible que nadie ve

Mira, voy a meterte en mi cabeza un momento.

Imagina que tienes que mandar ese email. La tarea objetiva son 30 segundos. Pero en tu cabeza, esos 30 segundos van envueltos en una capa de cosas que no tienen nada que ver con el email en sí.

¿Cómo empiezo? ¿Sueno raro? ¿Demasiado formal, demasiado informal? ¿Qué pasa si responden y tengo que seguir la conversación? ¿Debería haberlo mandado antes? ¿Ahora voy a tener que justificar el retraso? ¿Y si simplemente lo ignoro y ya?

El email son 30 segundos. La negociación interna son tres días.

Eso es lo que la gente no ve cuando te dice "pero si es facilísimo, hazlo ya". Desde fuera parece una tarea de 30 segundos. Desde dentro es todo un proceso de deliberación, duda, anticipación y resistencia que agota antes de haber tocado el teclado.

Esto es lo que pasa también con la parálisis antes de empezar cualquier cosa

El problema no es la tarea. Es el arranque.

A ver, déjame que te diga algo que me cambió la forma de verlo.

El punto de fricción no está en hacer la tarea. Está en pasar de no estar haciendo la tarea a estar haciéndola. Ese salto. Ese momento de transición. Para la mayoría de la gente ese salto es automático, casi invisible. "Ah, tengo que mandar un email" y lo mandan. Sin deliberación. Sin proceso.

Para otros, ese salto tiene un peso enorme. Y no depende de lo difícil que sea la tarea. Depende de algo en cómo el cerebro gestiona la activación, la iniciativa, el arranque.

Piénsalo como un coche. El tamaño del trayecto no determina lo que cuesta arrancar. Arrancar cuesta lo mismo si vas a comprar el pan o si vas de Madrid a Barcelona. El problema no es el viaje. Es el encendido.

Y pues mira, si tu motor de arranque falla, cada salida es un problema. Da igual que sean dos líneas o veinte páginas.

Lo que hace que ciertas tareas sean especialmente resistentes

Hay patrones. Te los digo porque me los he encontrado con mis propias tareas:

Las tareas sin fecha límite real son las que más se aplazan. El email "cuando pueda". La llamada "cuando tenga un momento". La gestión "para esta semana". Sin urgencia externa, tu cerebro no encuentra la señal de arranque. Y espera. Y sigue esperando.

Las tareas que requieren hablar con otra persona tienen una capa extra. Hay que coordinar, hay que pensar en cómo vas a quedar, hay posibles respuestas que tendrás que gestionar. Aunque la tarea dure dos minutos, la anticipación de lo que puede venir después la infla artificialmente.

Las tareas que llevan demasiado tiempo esperando se vuelven más pesadas con cada día que pasa. Porque ahora ya no solo es "mandar el email". Es "mandar el email con tres días de retraso y sin saber si tengo que explicar el retraso o fingir que no pasó nada". La tarea creció. No el email, sino todo lo que lo rodea.

Si alguna vez te has preguntado por qué te cuesta todo más que a los demás

¿Y si tiene que ver con cómo funciona tu motivación?

Aquí viene algo que a lo mejor te suena, o a lo mejor te explota la cabeza un poco.

Hay gente cuyo cerebro se activa con facilidad ante cualquier tarea. Razonable, pendiente, hay que hacerlo, lo hago. Punto.

Hay otra gente cuyo cerebro necesita algo más para activarse. Interés. Urgencia. Novedad. Un reto. Una recompensa clara y cercana. Sin eso, el motor no arranca. No porque no quieran. Porque literalmente su sistema de activación funciona diferente.

Y esto explica cosas que de otra forma no tienen ningún sentido. Como que puedas pasarte cuatro horas en un proyecto que te apasiona sin levantarte de la silla, y no puedes dedicarle cinco minutos a un email que te da exactamente igual. No es inconsistencia de carácter. Es que la activación no funciona de forma uniforme.

Si esto te pasa también con cosas que requieren ganas para arrancar

Quizá tu cerebro necesita otro tipo de combustible

Hay mucha gente que lleva años pensando que su problema es la disciplina, la organización o la fuerza de voluntad. Y se hacen listas. Y se ponen alarmas. Y prueban aplicaciones. Y funciona un poco, o no funciona, o funciona dos días y luego se rompe.

Y siguen sin entender por qué.

A veces la explicación es que ese cerebro funciona con reglas distintas. Que necesita estímulo donde el cerebro típico no lo necesita. Que la función ejecutiva, esa capacidad de arrancar, priorizar y ejecutar tareas, no opera igual en todo el mundo.

En algunos casos eso tiene nombre. Se llama TDAH. No el trastorno de los niños hiperactivos que no paran quietos, sino el patrón adulto de un cerebro que se bloquea ante tareas simples, que aplaza sin querer, que necesita urgencia o interés para activarse. Puede que sea tu caso. Puede que no. Esto no es un diagnóstico, y si sospechas que puede serlo, lo que toca es hablarlo con un profesional.

Pero si algo de lo que has leído aquí suena demasiado familiar, quizá vale la pena seguir preguntándose. Puedes empezar por echarle un vistazo a cuándo una tarea fácil se vuelve imposible con TDAH.

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