Socializar me agota aunque lo disfrute mucho

Disfrutas quedando con gente, pero acabas destrozado. No es introversión. Tu cerebro procesa las interacciones sociales a mil por hora.

Te lo has pasado genial. De verdad. Ha sido una cena increíble, te has reído, has conectado con la gente, todo perfecto.

Y llegas a casa y estás destruido. No cansado normal. Destruido. Como si te hubiera pasado un camión por encima. Solo quieres silencio, oscuridad y que nadie te hable durante las próximas doce horas mínimo.

Y piensas: ¿cómo es posible que algo que me gusta me deje así?

¿Por qué acabas agotado después de pasarlo bien?

Porque tu cerebro no procesa las interacciones sociales en modo normal. Las procesa en modo turbo.

Mientras estás en una conversación, tu cabeza está haciendo 87 cosas a la vez. Escuchando lo que dice la otra persona. Pensando qué vas a decir tú. Captando el tono, los gestos, el contexto. Procesando si lo que has dicho antes ha sonado raro. Planificando el siguiente chiste. Evaluando si llevas mucho rato hablando. Y todo eso en paralelo, a toda velocidad, sin descanso.

Es como tener 40 pestañas del navegador abiertas mientras intentas ver una película. La película mola. Pero el ordenador se recalienta.

Y la parte cruel es que mientras estás en la situación social no lo notas. Estás a tope, disfrutando, el cerebro está enganchado. Pero cuando la estimulación para, cuando llegas a casa y ya no hay inputs, ahí tu cuerpo pasa la factura entera de golpe.

¿Esto es introversión o es otra cosa?

Esta es la pregunta del millón. Porque todo el mundo te dice "ah, es que eres introvertido" y se queda tan ancho.

Pero no cuadra del todo, ¿no? Porque los introvertidos típicamente no disfrutan tanto de socializar. Prefieren estar solos. Tú no. Tú quieres ir. Te encanta ir. Te lo pasas bomba cuando vas. El problema no es que no disfrutes. El problema es el coste energético que te supone.

Es como si alguien disfrutara un montón corriendo pero le dolieran las rodillas durante tres días después de cada carrera. El problema no es que no le guste correr. Es que su cuerpo paga un precio desproporcionado por hacerlo.

Y cuando tu cerebro paga ese precio desproporcionado por socializar, acabas en un ciclo que ya me sé de memoria. Quedas. Disfrutas. Llegas destrozado. Necesitas dos días para recuperarte. Cuando te recuperas, los demás ya han seguido con sus planes. Y tú sientes que no puedes seguirles el ritmo social. Y empiezas a dejar de ir a cosas. Y la gente empieza a pensar que pasas de ellos.

¿Qué está pasando dentro de tu cabeza mientras socializas?

Te cuento lo que pasa en la mía, que lo tengo bastante estudiado a estas alturas.

Cuando estoy en una cena con amigos, mi cerebro está funcionando a tope. Y no de la manera que funciona cuando estoy trabajando concentrado. Sino de la manera que funciona cuando hay 200 estímulos entrando a la vez y tiene que gestionar todos en tiempo real.

Hay un término que en psicología se llama "sobreestimulación". Y no significa que seas débil ni que seas especial. Significa que tu sistema nervioso procesa más información de la que la mayoría procesa en la misma situación. Lo que para otra persona es "una cena con amigos", para ti es "una cena con amigos + el ruido del restaurante + la luz + las conversaciones cruzadas + el tono de voz de cada persona + la gestión de cuándo hablar y cuándo callarte".

Y todo eso consume recursos. Muchos recursos.

En personas con TDAH, esto es especialmente marcado. Porque el filtro que normalmente descarta información irrelevante - el ruido de fondo, los detalles que no importan - funciona a medio gas. Así que todo entra. Todo se procesa. Y todo se paga después.

No lo digo como diagnóstico, ojo. Esto es tema de un profesional. Pero si te suena demasiado a tu vida, quizá merezca la pena investigarlo.

¿Puedes socializar sin acabar destruido?

No te voy a mentir: no he encontrado la fórmula mágica. Pero sí he encontrado cosas que ayudan.

La primera es aceptar el coste. Suena obvio, pero durante años intenté forzar mi cerebro a funcionar como el de los demás. "Hoy no me voy a cansar. Hoy aguanto hasta el final." Y claro, acababa peor. Porque le estaba pidiendo a mi sistema nervioso algo que no podía darme.

La segunda es planificar la recuperación. Si sé que el sábado tengo una cena, el domingo es día de nada. No "a ver cómo me encuentro". Día de nada. Punto. Porque si no, el lunes empiezo la semana en números rojos de energía y acabo sin poder estar presente en ninguna conversación de toda la semana.

Y la tercera, la más difícil, es salirte antes de vaciarte del todo. O sea, irte de la cena cuando aún te lo estás pasando bien. No esperar a estar destrozado. Porque la diferencia entre irte al 60% de batería y al 5% es la diferencia entre recuperarte en una noche o necesitar dos días en modo avión social.

Pero bueno, esto último lo digo más fácil de lo que lo hago. Porque cuando estás disfrutando, ¿quién se va?

Exacto. Nadie.

---

Si esto de agotarte socialmente aunque lo disfrutes te pasa más de lo que te gustaría admitir, tengo un test de 43 preguntas sobre cómo funciona tu atención. Sin diagnóstico, sin compromiso, pero con suficiente información para saber si vale la pena hablar con un profesional. Hacer el test TDAH.

Relacionado

Sigue leyendo