Me canso de mis propias metas antes de cumplirlas

Te pones una meta con toda la ilusión del mundo y a las pocas semanas ya no sientes nada. No es que seas débil. Hay algo más detrás.

El lunes te pones una meta. El martes compras la app, el cuaderno, el material. El miércoles haces un plan perfecto. El jueves ejecutas como si te fuera la vida en ello. Y el viernes ya estás mirando por la ventana pensando en otra cosa.

No es un ejemplo inventado. Es mi vida.

He tenido más metas abandonadas que la mayoría de gente tiene metas. Y durante mucho tiempo pensé que el problema era que yo era débil. Que no tenía carácter. Que me faltaba esa cosa que tienen las personas que sí consiguen lo que se proponen.

Pero no era eso.

¿Por qué me canso de lo que yo mismo he elegido?

Mira, cuando te pones una meta nueva, tu cerebro hace fiesta. Dopamina a tope. Es como esa sensación del primer día de vacaciones. Todo es posible. Todo es emocionante. Ves el camino entero dibujado en tu cabeza y te parece que vas a llegar seguro.

El problema empieza cuando esa emoción se va. Y se va siempre. Porque la novedad tiene fecha de caducidad. Y cuando caduca, lo que queda es el trabajo. El aburrido. El repetitivo. El que no da subidón de ningún tipo.

Y ahí tu cerebro dice: "Oye, ¿y si probamos otra meta?"

Es como tener un motor que solo funciona con combustible premium. El de la novedad. Cuando ese combustible se acaba, el motor se para. No importa cuánto quieras avanzar. No importa cuánto te importaba esa meta el lunes. Si el combustible no está, no hay movimiento.

La fase que nadie te cuenta

Todo el mundo habla de ponerse metas. De escribirlas. De hacerlas SMART, específicas, medibles, alcanzables, y todo eso. Pero nadie te habla de la fase del medio.

La fase del medio es donde mueren las metas. Porque es la más larga, la más aburrida y la que menos recompensa da. Estás demasiado lejos del inicio para sentir la emoción de lo nuevo. Y demasiado lejos del final para oler el éxito.

Es tierra de nadie. Y para un cerebro que necesita novedad para funcionar, la tierra de nadie es el desierto del Sahara sin agua.

Yo he dejado metas que me importaban de verdad. Metas que no eran caprichos. Metas que cuando las pensé, lloraba de la ilusión. Y aun así, a la tercera semana, nada. Cero. Como si alguien hubiera desenchufado el cable.

No es que no te importen. Es que tu motivación funciona diferente

Esto es lo que me costó años entender.

Yo pensaba que si de verdad me importara una meta, la acabaría. Que el hecho de abandonarla significaba que en el fondo me daba igual. Y eso me hacía sentir como un fraude. Porque por dentro me importaba. Pero por fuera no se notaba.

Lo que pasa es que la motivación no funciona igual para todos los cerebros. Hay cerebros que pueden mantener el interés de forma constante. Que pueden empujar aunque el día sea gris y la tarea sea aburrida. No es que les guste más. Es que su sistema les deja hacerlo.

Y luego hay cerebros como el mío. Que funcionan a explosiones. Un día eres imparable. Al siguiente no puedes ni abrir el portátil. Y no hay lógica aparente. No es que hayas dormido mal. No es que estés triste. Es que tu sistema de activación decide cuándo arranca y cuándo no. Y tú no tienes el mando.

Si te pasa esto con todo lo que empiezas, no eres un caso perdido. Es que nadie te ha explicado cómo funciona el mecanismo.

El ciclo que se repite

Meta nueva. Ilusión. Plan perfecto. Tres días brutales. Bajón. Abandono. Culpa. Nueva meta para compensar. Repetir.

Ese ciclo tiene nombre. Y no es "falta de disciplina".

Hay un patrón que se repite en personas que tienen una relación concreta con la motivación. Un patrón donde la novedad activa todo y la rutina apaga todo. Donde los hobbies se abandonan antes de dominarlos y los proyectos mueren en la fase intermedia.

Ese patrón, en muchos casos, tiene que ver con cómo funciona la dopamina en tu cerebro. Y en bastantes casos tiene un nombre: TDAH.

No, no es solo lo de los niños que no se están quietos. En adultos se parece mucho a lo que te acabo de describir. Una persona inteligente, capaz, con ideas brillantes, que no consigue mantener el rumbo en casi nada.

No estoy diciendo que sea tu caso. No soy tu médico y esto no sustituye una evaluación profesional. Pero sí te digo que si este patrón es tu vida entera, merece la pena explorarlo.

Cuando yo lo descubrí, dejé de pelearme conmigo mismo. Y empecé a construir metas que funcionaran con mi cerebro, no contra él.

Lo que sí me funciona

Metas pequeñas y con recompensa rápida. Nada de "en 6 meses habré conseguido X". Eso no funciona para cerebros que necesitan combustible constante.

Lo que funciona es trocear la meta grande en trozos tan pequeños que tu cerebro pueda verlos como novedad. Cada trozo, un inicio nuevo. Cada inicio, un poquito de dopamina.

No es magia. No es perfecto. Hay días que ni con eso. Pero es infinitamente mejor que intentar ser constante por fuerza bruta.

Porque la fuerza bruta con un cerebro así es como intentar llenar un cubo agujereado echándole más agua. No necesitas más agua. Necesitas tapar los agujeros. O mejor aún, entender por qué me cuesta todo más que a los demás y dejar de culparte por ello.

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