Siempre me faltan 5 minutos para llegar a tiempo a todo
Siempre me faltan 5 minutos. No es mala planificación. Es que tu cerebro calcula el tiempo en un universo paralelo donde no existen los imprevistos.
Cinco minutos. Siempre son cinco minutos. Cinco minutos que no existen. Que tu cerebro inventa para convencerte de que llegas, cuando tú y él sabéis perfectamente que no.
"Salgo en cinco minutos." "Llego en cinco minutos." "Me quedan cinco minutos." Cinco minutos que en realidad son quince, que son veinte, que son "ya estoy llegando" cuando todavía estás buscando las llaves.
Y no es que llegues tarde a una cosa. Es a todo. Siempre. Con una consistencia que ya quisieran tus hábitos de gimnasio.
¿De dónde salen esos 5 minutos que tu cerebro siempre inventa?
A ver, vamos a lo interesante. Porque no es un número aleatorio. Tu cerebro no dice "llego en 23 minutos" o "me faltan 7 minutos y medio". No. Dice cinco. Siempre cinco. Como si fuera una constante universal, como la gravedad o como el volumen al que tu vecino pone la música un domingo por la mañana.
Y la razón es bastante concreta: tu cerebro calcula el tiempo que tardas en hacer algo en condiciones ideales. Sin imprevistos. Sin buscar las llaves. Sin darte cuenta de que te has dejado el móvil cargando. Sin que el ascensor esté en el octavo. Sin tráfico. Sin semáforos. Sin esa persona que camina delante de ti como si estuviera paseando por un jardín zen.
Tu cerebro calcula el mejor escenario posible y te lo vende como si fuera el escenario real.
Y tú te lo crees. Cada vez. Como si las anteriores 847 veces que no funcionó no contaran.
Esto tiene nombre, por cierto. Se llama ceguera temporal. O, si quieres ponerlo fino, dificultad en la percepción del tiempo. Y es algo que aparece especialmente en personas con TDAH, donde el sentido del tiempo funciona como un reloj al que le faltan la mitad de los números. Sabes que el tiempo pasa, pero no cuánto ni a qué velocidad.
No es que no te importe llegar tarde. Es que tu cerebro vive en otro huso horario.
Mira, te cuento algo que me pasa a mí.
Sé perfectamente que tardo 20 minutos en llegar a un sitio. Lo sé. Lo he comprobado. Tengo datos empíricos. Y aun así, 15 minutos antes de la hora, mi cerebro me dice: "Tranquilo, te sobra tiempo". Y yo le creo. Porque en ese momento genuinamente siento que me sobra tiempo.
No es una decisión consciente de "voy a salir tarde". Es una percepción distorsionada del tiempo que tengo disponible. Mi cerebro mira los 15 minutos que quedan y los percibe como un espacio enorme, casi infinito. Como si 15 minutos fueran suficientes para ducharme, vestirme, encontrar las llaves, bajar, caminar 20 minutos y llegar puntual.
Es como intentar meter un sofá por una puerta que claramente es más pequeña que el sofá. Pero tu cerebro te dice "que sí que entra, dale, empuja más fuerte". Y tú empujas. Y no entra. Y al día siguiente lo vuelves a intentar.
Esta sensación de que todo te cuesta más que a los demás no es invención tuya. No es que seas vago o desorganizado. Es que operas con un reloj interno que va a su ritmo, y ese ritmo rara vez coincide con el del mundo real.
El bucle del "ya casi estoy"
El problema no termina cuando sales tarde. Porque una vez que sales tarde, empieza la segunda fase: la negociación.
"Si camino rápido, llego." "Si pillo todos los semáforos en verde, llego." "Si no hay cola, llego." Tu cerebro empieza a inventar escenarios cada vez más improbables para justificar que sí, que llegas, que esos cinco minutos de retraso se pueden recuperar por el camino.
Spoiler: no se recuperan.
Y cuando llegas tarde, otra vez, la culpa. "¿Por qué no puedo hacer algo tan básico como salir de casa a tiempo?" Y te comparas con gente que llega puntual como si fuera lo más fácil del mundo. Gente que dice "hay que salir 10 minutos antes por si acaso" y tú piensas: ¿10 minutos antes? Si yo a esas alturas todavía no he decidido qué zapatos ponerme.
Es el mismo mecanismo de llegar tarde aunque salgas pronto. No falla la intención. Falla la estimación.
Tu cerebro no mide el tiempo. Lo inventa.
Pues mira, déjame que te explique esto porque es clave.
La mayoría de la gente tiene un reloj interno más o menos fiable. No perfecto, pero funcional. Pueden sentir si han pasado 10 minutos o 40. Pueden calcular cuánto tardan en hacer algo con un margen de error razonable.
Pero cuando ese reloj interno no funciona bien, todo se descuadra. Cinco minutos pueden sentirse como quince. O quince pueden sentirse como cinco. No hay consistencia. No hay fiabilidad. Y lo peor: tú no sabes que tu reloj está mal hasta que miras uno de verdad y piensas "no puede ser que ya sean las tres".
Y aquí viene lo que fastidia de verdad: como no eres consciente de que tu percepción del tiempo está desviada, asumes que el problema es tuyo. Que eres irresponsable. Que no te esfuerzas lo suficiente. Que si de verdad te importara, llegarías a tiempo.
Pero no es cuestión de importar. Es cuestión de percepción. Y no puedes arreglar con fuerza de voluntad algo que tu cerebro procesa de manera diferente.
Eso no significa que no se pueda mejorar. Pero el primer paso es dejar de pensar que eres un desastre y empezar a entender que tu relación con el tiempo es diferente, no peor.
Lo que a mí me funciona (que no es perfecto, pero es algo)
No te voy a engañar. No he solucionado esto. Sigo llegando tarde a cosas. Pero menos.
Lo que hago es simple: no confío en mi cerebro para calcular tiempos. Punto. Mi cerebro me dice "5 minutos" y yo le sumo 15 por defecto. Siempre. Sin excepciones. Porque ya sé que mi "5 minutos" es una estimación hecha en un universo donde no existe la fricción, ni las llaves perdidas, ni los "espera que me he dejado algo".
También pongo alarmas brutales. No una alarma de "sal ya". Tres alarmas. "Empieza a prepararte." "Deberías estar casi listo." "Sal ahora mismo o llegas tarde." Porque una sola alarma mi cerebro la procesa, la archiva y la ignora en 0.3 segundos.
¿Es elegante? No. ¿Funciona? Más que confiar en mi percepción temporal, desde luego.
Parece una tontería, pero la diferencia entre confiar en tu cerebro y externalizar el cálculo es la diferencia entre llegar tarde y llegar. Así de simple. Así de poco épico. Es lo que hay.
Esto no lo digo como diagnóstico ni como consejo médico, que no soy doctor. Si lo de los cinco minutos te suena demasiado familiar y te está afectando en el día a día, consulta con un profesional que sepa del tema. En serio.
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