No recuerdo si ya conté esta historia y la gente es demasiado educada para decirlo

Empiezas a contar algo y a la mitad piensas: espera, ¿ya conté esto? La cara de tu amigo dice que sí. Pero no te corta.

Estoy contando una historia. Una buena, de esas que tienen giro y remate. Estoy a mitad del nudo cuando veo la cara de mi amigo. Es una cara que conozco bien. Es la cara de "ya me has contado esto pero soy demasiado educado para cortarte".

Y en ese momento, mi cerebro se divide en dos. Una mitad quiere terminar la historia porque ya he empezado y no puedo dejarlo a medias. La otra mitad está muriendo de vergüenza porque acaba de caer que esta es la tercera vez que le cuento lo del tipo del supermercado.

La tercera.

¿Por qué repites historias sin darte cuenta?

Porque tu cerebro almacena la historia, pero no almacena a quién se la has contado. Son dos memorias diferentes. Una es el contenido (la historia en sí). La otra es el contexto (a quién, cuándo, dónde). Y adivina cuál falla.

Imagina que tu cerebro es una biblioteca con miles de libros pero sin registro de préstamos. Sabes qué libros tienes. Pero no sabes cuáles has prestado ni a quién. Así que vuelves a prestar el mismo libro a la misma persona pensando que es la primera vez.

Y la historia te emociona igual cada vez. Porque para ti es como si fuera nueva. El entusiasmo es genuino. El problema es que para el otro, es un rerun.

La vergüenza de no saber qué has dicho

Esto duele más de lo que la gente cree. Porque no es solo un "ay, qué despistado". Es una sensación profunda de no poder fiarte de tu propia memoria social. De no saber qué has compartido con quién. De sentir que cada conversación es un campo de minas donde puedes estar repitiendo algo sin saberlo.

Y empiezas a poner coletillas. "No sé si ya te lo conté, pero..." Esa frase se convierte en tu escudo. La dices antes de cada historia. Cada vez. Por si acaso. Es agotador.

Lo peor es cuando la persona dice "sí, ya me lo contaste" y tú no tienes ni la más remota memoria de haberlo hecho. Cero. Vacío. Como si te dijeran que ayer estuviste en París y tú no recuerdas haber salido de casa.

Esto tiene mucho que ver con olvidar conversaciones que tuviste ayer. No es que la conversación no ocurriera. Es que tu cerebro la archivó en la carpeta de "cosas que pasaron pero no me acuerdo dónde ni cuándo ni con quién".

¿Hay forma de no repetirse?

Pues mira, voy a ser honesto: no del todo. Pero sí se puede reducir.

Lo primero que me funciona es preguntar directamente. "¿Te conté lo del tipo del supermercado?" Sin vergüenza. Sin rodeos. Es mejor preguntar una vez que contar la historia entera para nada.

Lo segundo es aceptar que va a pasar y quitarle drama. "Si ya te lo conté, córtame." Se lo digo a mis amigos. Los que me conocen bien ya lo hacen sin que se lo pida. "Sí, Rubén, lo del tipo del super. Tercera vez." Y nos reímos.

Porque al final, repetir historias no te hace mala persona ni mal amigo. Te hace alguien cuyo cerebro funciona diferente con la memoria. Y cuanto antes lo aceptes, menos te come la vergüenza.

Y si esto no es una anécdota puntual sino tu modo por defecto, si se te olvida lo que ibas a decir a mitad de frase y encima repites lo que ya dijiste la semana pasada, quizá haya algo más que "tener mala memoria".

No diagnostico. Eso es cosa de profesionales. Pero si la pregunta "¿ya te conté esto?" se ha convertido en tu muletilla favorita, quizá valga la pena explorar por qué.

---

Si te identificas con esto y quieres entender mejor cómo funciona tu memoria, tengo un test de 43 preguntas que te puede dar bastante claridad. Gratis, sin diagnóstico, pero con la información justa para saber si merece la pena dar el siguiente paso. Hacer el test TDAH.

Relacionado

Sigue leyendo