La sensación de que hay algo roto dentro de ti que no se puede arreglar
No es tristeza ni ansiedad. Es algo más profundo. La sensación de que dentro de ti hay una pieza rota que nunca encajó. Y tiene explicación.
No es tristeza. No es ansiedad. Es algo más profundo.
La sensación de que dentro de ti hay una pieza que no encaja, que nunca encajó, y que quizá nunca va a encajar. Como si te hubieran montado con un tornillo de menos. O de más. No sabes cuál, pero notas que algo falla.
Yo he sentido eso toda mi vida. Antes de saber que tenía TDAH, antes de tener nombre para nada, ya estaba ahí. Esa certeza silenciosa de que los demás venían con un manual que a mí no me llegó.
¿De dónde viene esa sensación de estar roto?
De la acumulación.
No es un momento concreto. No es un trauma puntual ni una frase que alguien te dijo un martes de noviembre. Es la suma de miles de pequeños momentos que fueron dejando marca sin que te dieras cuenta.
La profesora que dijo "es listo, pero no se aplica". Tus padres repitiendo "si es que no te centras". Los amigos que dejaron de avisarte porque siempre llegabas tarde. Las parejas que se cansaron de tu desorden. Los trabajos que no cuajaron. Los proyectos que empezaste con toda la energía del mundo y que abandonaste en la tercera semana.
Cada uno de esos momentos te dejó un mensaje. Siempre el mismo:
El problema eres tú.
Y cuando llevas 20, 25, 30 años escuchando esa frase en distintas versiones, no la cuestionas. La asumes. Se convierte en parte de tu identidad. No piensas "tengo dificultades". Piensas "soy defectuoso".
¿Por qué el TDAH genera esa sensación y no otra?
Porque el TDAH es invisible.
Si tuvieras una pierna rota, nadie te diría "es que no te esfuerzas lo suficiente en andar". Te pondrían una escayola, te darían muletas, y la gente te sujetaría la puerta. Pero el TDAH no se ve. No hay escayola. No hay muletas. Solo hay un cerebro que funciona diferente en un mundo diseñado para cerebros que funcionan igual.
Y como no se ve, la explicación que te dan siempre es la misma: falta de voluntad. Falta de disciplina. Falta de ganas.
Lo curioso es que te sobran ganas. Te sobra voluntad. Lo intentas más que nadie. Pero el resultado no acompaña. Y entonces llega la conclusión lógica para alguien que no sabe que tiene TDAH: si lo intento con todas mis fuerzas y aun así fallo, el problema tiene que ser yo.
No es falta de esfuerzo. Es un cerebro que lleva toda la vida funcionando sin que nadie te explicara cómo.
La diferencia entre estar roto y estar sin diagnosticar
Aquí está la trampa.
Llevas tanto tiempo sintiéndote roto que cuando alguien te dice "oye, es que tienes TDAH", tu primer instinto no es alivio. Es duda. Porque si realmente fuera TDAH, alguien se habría dado cuenta antes, ¿no? Alguien lo habría visto. Un profesor, un médico, un padre.
Pero no. Nadie lo vio. Especialmente si eras de los que sacaba apuntes decentes o no suspendía todo. Especialmente si eras de los que compensaba a base de ansiedad, de noches sin dormir, de esfuerzo triple para llegar donde otros llegaban con uno.
Y entonces viene la culpa del diagnóstico tardío. La pregunta inevitable: ¿cuántos años he perdido? ¿Cuántas decisiones he tomado mal porque no sabía lo que me pasaba? ¿Cuántas relaciones he destruido? ¿Cuántos trabajos he dejado?
Eso duele. Duele mucho. Porque no solo descubres que no estabas roto. Descubres que nunca lo estuviste. Y eso te obliga a mirar hacia atrás y hacer el duelo por la vida que podrías haber tenido.
No estás roto. Nunca lo estuviste.
Sé que suena a frase de taza. Pero necesito que la escuches.
La sensación de estar roto no viene de algo que tú seas. Viene de algo que tú no sabías. No sabías que tu cerebro procesa la información de manera distinta. No sabías que la dopamina en tu cabeza funciona con sus propias reglas. No sabías que todo lo que te costaba no era por falta de carácter, sino por una cuestión neurológica que tiene nombre, tiene investigación, y tiene soluciones.
No eres una persona rota que intenta funcionar. Eres una persona entera que ha vivido décadas sin las herramientas correctas.
Que es muy diferente.
Es como intentar abrir una puerta empujando durante 30 años y que alguien te diga "tira, que es hacia fuera". La puerta no estaba rota. Tú no estabas roto. Solo te faltaba una información que nadie te dio.
Entonces, ¿qué haces con eso?
Primero, dejas de culparte. Que ya suena fácil dicho así, y sé que no lo es. Pero el paso uno es ese: entender que la narrativa de "estoy roto" no es tuya. Te la metieron sin querer, con buena intención la mayoría de las veces, pero te la metieron. Y puedes soltarla.
Segundo, empiezas a entender cómo funciona tu cerebro de verdad. No cómo debería funcionar según el sistema educativo o según tu jefe o según tu madre. Cómo funciona realmente. Con sus picos, sus valles, sus manías, sus superpoderes y sus agujeros negros.
Y tercero, dejas de compararte. Porque esa sensación de estar roto casi siempre viene de mirarte en un espejo que no es el tuyo. Un espejo de personas neurotípicas, con cerebros neurotípicos, viviendo vidas neurotípicas. Tú no eres eso. Y no necesitas serlo.
Lo que necesitas es entenderte. Y a partir de ahí, todo cambia. No de un día para otro. No con un artículo ni con un diagnóstico. Pero el primer paso es dejar de pelearte contigo mismo.
Y ese paso ya lo estás dando, que para eso estás aquí leyendo esto a las tantas de la noche en lugar de dormir como una persona normal.
Bienvenido al club.
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