Cézanne y la montaña: la obsesión que inventó el arte moderno

Cézanne pintó la montaña Sainte-Victoire más de 80 veces. No era falta de ideas. Era un cerebro incapaz de soltar algo hasta exprimirlo.

Más de ochenta veces. La misma montaña. Durante décadas.

No porque no tuviera talento para pintar otra cosa. No porque le faltaran paisajes en la Provenza. No porque ningún marchante se lo pidiera. Sino porque cada vez que Paul Cézanne miraba la Sainte-Victoire, veía algo que no había visto el día anterior. Y su cerebro no le dejaba irse a casa hasta intentar capturarlo.

Si alguna vez has vuelto al mismo proyecto, al mismo tema, a la misma idea una y otra vez mientras la gente te pregunta "pero, ¿no habías hecho ya eso?", esta historia es para ti.

¿Qué tiene de especial pintar la misma montaña ochenta veces?

Para la mayoría de pintores de su época, la respuesta habría sido: nada. Pintas una montaña, te sale bien, pasas a la siguiente. Así funcionaba el arte en el siglo XIX. Variedad, novedad, demostrar que dominas todos los temas.

Cézanne hizo lo contrario.

Se plantaba al aire libre con su caballete, miraba la Sainte-Victoire, y empezaba a pintar. Pero no pintaba lo que veía. Pintaba lo que su cerebro interpretaba. Los volúmenes geométricos escondidos bajo la roca. Los cambios de color que la luz provocaba cada hora. Las formas que aparecían cuando entrecerrabas los ojos y dejabas de ver una montaña para ver cilindros, esferas y planos superpuestos.

Y cuando terminaba un cuadro, no se sentía satisfecho. Porque al día siguiente la luz era distinta. O el ángulo revelaba algo nuevo. O simplemente su cabeza había procesado el cuadro anterior durante la noche y ahora veía un problema que antes no existía.

Así que volvía. Y pintaba otra versión. Y otra. Y otra.

Es como tener un documento abierto que nunca cierras. Cada vez que lo miras, encuentras algo que mejorar. No porque esté mal. Sino porque tu cerebro es físicamente incapaz de mirar algo sin encontrar un hilo del que tirar.

¿Repetición o hiperfoco disfrazado?

Desde fuera, lo de Cézanne parecía terquedad. Un hombre mayor con un caballete haciendo lo mismo cada mañana. Sus contemporáneos pensaban que se había quedado sin ideas. Que estaba atascado. Que era un pintor mediocre obsesionado con un tema que ya había agotado.

Desde dentro, era otra cosa completamente distinta.

Cézanne no repetía. Profundizaba. Cada versión de la Sainte-Victoire era un experimento diferente. En una jugaba con los azules del cielo. En otra eliminaba los detalles hasta dejar solo bloques de color. En otra cambiaba de estación para ver cómo el invierno transformaba las sombras. Ochenta variaciones que, puestas juntas, cuentan la historia de un cerebro incapaz de dar algo por terminado.

Eso es hiperfoco en estado puro. No la versión romántica de "me concentro mucho en algo". La versión real: tu cerebro se engancha a un problema y no te suelta hasta que lo ha explorado desde todos los ángulos posibles. Y cuando crees que ya has terminado, encuentra un ángulo nuevo.

La diferencia entre obsesión improductiva e hiperfoco creativo no es la cantidad de veces que vuelves al mismo sitio. Es lo que encuentras cada vez que vuelves. Cézanne encontraba algo nuevo en cada versión. Algo que nadie había visto antes. No porque fuera un genio que decidió serlo, sino porque su cerebro funcionaba de una forma que no le permitía mirar la montaña sin desmontarla pieza a pieza.

El pintor que era demasiado lento y demasiado rápido a la vez

Aquí es donde la cosa se vuelve interesante para cualquiera que conozca el TDAH.

Cézanne era famoso por ser lentísimo. Sus modelos se quejaban de posar durante horas sin moverse. Podía pasar una semana entera trabajando en una sola manzana de un bodegón. Los críticos decían que le faltaba técnica, que un pintor de verdad no necesitaría tanto tiempo para algo tan simple.

Pero al mismo tiempo, Cézanne producía a un ritmo brutal. Más de novecientas pinturas al óleo. Cuatrocientas acuarelas. Cientos de dibujos. No era un hombre que trabajara poco. Era un hombre que trabajaba de forma completamente diferente a lo que el sistema esperaba.

Lento en cada pincelada porque su cerebro no podía dejar de retocar. Rápido en producción total porque su cerebro tampoco podía dejar de empezar cosas nuevas. Esa contradicción que desde fuera parece imposible es el día a día de muchas personas con TDAH: el mismo cerebro que te hace pasar tres horas perfeccionando un párrafo también te hace escribir diez documentos en una semana.

Es como tener un motor de Fórmula 1 montado en un coche que solo tiene primera y quinta. O vas despacio obsesionándote con cada detalle, o vas a toda velocidad saltando de un lienzo al siguiente. El punto medio no existe.

¿Y si la repetición no es estancamiento?

Hay una narrativa cultural que dice que repetirte es malo. Que la creatividad es novedad. Que si vuelves al mismo tema una y otra vez, es porque no tienes nada más que ofrecer.

Cézanne demuestra que eso es mentira.

Sus ochenta versiones de la Sainte-Victoire son las que abrieron la puerta al cubismo. Picasso dijo que Cézanne era su único maestro. Matisse lo llamó "el padre de todos nosotros". Braque construyó el cubismo directamente sobre las ideas de Cézanne. Sin esas ochenta montañas, el arte del siglo XX habría sido completamente distinto.

La repetición no fue estancamiento. Fue excavación. Cézanne cavó tan profundo en un solo tema que encontró algo que nadie había encontrado: la geometría escondida bajo la realidad visible. Y eso lo cambió todo.

Si alguna vez te han dicho que estás demasiado obsesionado con algo, que deberías "pasar página" y probar cosas nuevas, piensa en Cézanne. Ochenta veces la misma montaña. Y cada versión veía algo que la anterior no podía ver.

A veces lo que parece estancamiento es un cerebro que está profundizando más de lo que nadie a su alrededor puede entender.

¿Todo apunta al TDAH?

Conviene ser honesto. Cézanne murió en 1906. No había diagnósticos de TDAH. No había evaluaciones. Proyectar categorías modernas sobre alguien que vivió hace más de un siglo siempre tiene margen de error.

Pero los rasgos compatibles están ahí. La obsesión repetitiva con un solo tema. La lentitud que no era falta de capacidad sino exceso de perfeccionismo. El rechazo sistemático del Salón de París durante décadas sin que eso le hiciera cambiar de rumbo. La intensidad emocional que muestran sus cartas, llenas de inseguridad y frustración. La incapacidad de funcionar dentro de las normas del sistema artístico de su época.

No es un diagnóstico. Eso sería irresponsable y además imposible. Son rasgos compatibles. Un patrón que, si conoces los síntomas del TDAH adulto, resulta difícil de ignorar.

Lo que sí es seguro es que Cézanne tenía un cerebro que funcionaba con sus propias reglas. Un cerebro que convertía la repetición en invención. Que veía problemas donde otros veían cuadros terminados. Que pagó un precio altísimo por no encajar en ningún molde y dejó un legado que redefinió lo que significa mirar el mundo.

Ochenta veces la misma montaña. Y cada una, un paso hacia algo que nadie había imaginado.

Cuando alguien te diga que estás obsesionado, recuerda que la obsesión correcta, en el cerebro correcto, puede inventar un mundo nuevo. O, al menos, cambiar la forma en que los demás lo ven.

Si te suena eso de volver una y otra vez al mismo tema, de no poder soltar algo hasta haberlo explorado desde todos los ángulos, de que te llamen obsesivo cuando tú solo estás profundizando, puede que tu cerebro funcione de una forma que vale la pena entender.

Los rasgos que mencionamos aquí son públicos y documentados, pero no constituyen diagnóstico. El TDAH se evalúa en consulta, no en un artículo.

Hacer el test de TDAH

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