15 de enero con TDAH: el día que tus propósitos ya son fantasmas
Gym cancelado, agenda virgen, app borrada. Con TDAH los propósitos de enero mueren antes. No es falta de voluntad, es tu cerebro.
Gym cancelado. Agenda virgen. La app de hábitos desinstalada porque ocupaba espacio. Son las dos de la tarde del 15 de enero y todo lo que ibas a cambiar este año ya está muerto.
Lo que viene ahora es la culpa.
La culpa de siempre. Esa que llega puntual como un recibo. La misma que te dice que si de verdad quisieras cambiar, ya habrías cambiado. Que los demás pueden y tú no. Que el problema eres tú.
Y suena tan convincente que te la crees.
La mitad de enero y ya eres un meme de Nochevieja
El 31 de diciembre estabas en llamas. Tenías un plan. Tenías una lista. Tenías esa energía de "este año sí". Y era real. No estabas mintiendo. Lo sentías con cada fibra de tu cuerpo.
El 2 de enero compraste la agenda. El 3 descargaste la app. El 5 fuiste al gimnasio y hasta te hiciste una foto para tu story. El 7 empezaste el libro que llevabas un año queriendo leer.
El 10 ya no abriste la agenda.
El 12 el libro estaba boca abajo en la mesilla de noche haciendo de posavasos.
El 15 miras la app de hábitos y tiene más días vacíos que llenos. La desinstalas porque cada vez que la ves sientes un pellizco en el estómago.
Con un cerebro neurotípico, los propósitos de año nuevo se abandonan por pereza, por exceso de ambición, por falta de planificación. Con TDAH, se abandonan porque tu cerebro ya estaba agotado antes de empezar. La maquinaria de arranque que necesitas para mantener un hábito nuevo consume más combustible del que tienes.
Y el depósito, en enero, está vacío.
¿Por qué siempre muere en la segunda semana?
Porque la primera semana funciona con novedad.
Tu cerebro con TDAH adora lo nuevo. Un sistema nuevo, una app nueva, una rutina nueva. La dopamina de la novedad te da un empujón brutal los primeros días. Es como un turbo. Arrancas a toda velocidad, convencido de que esta vez es distinto.
Pero la novedad tiene fecha de caducidad. Y con TDAH, esa fecha llega antes. Mucho antes. Lo que para otros es "ya me he acostumbrado", para ti es "ya no me motiva". Y sin motivación, sin ese chispazo de novedad, lo que queda es esfuerzo puro. Fuerza de voluntad. Funciones ejecutivas.
Exactamente lo que tu cerebro no tiene de sobra.
La segunda semana es cuando la novedad se muere y el hábito todavía no se ha formado. Es tierra de nadie. Y ahí es donde caen el 90% de los propósitos de un cerebro con TDAH.
No es que fallaste. Es que el formato de "propósito de año nuevo" está diseñado para cerebros que saben mantener el esfuerzo cuando la dopamina desaparece. Y ese no es el tuyo.
¿Y si el problema no es que fallaste sino que el formato no funcionaba?
Piénsalo un segundo.
Cogiste una fecha arbitraria del calendario. Te pusiste objetivos enormes. Los escribiste en una lista bonita. Y esperaste a que la disciplina hiciera el resto.
Eso es como intentar cargar un móvil con un cargador que no es compatible. El cable entra, la lucecita se enciende, pero no carga. Y tú ahí, esperando que cargue, frustrado porque no sube del 3%.
El cargador no es el problema. Tu móvil no es el problema. La combinación es el problema.
Los propósitos de año nuevo son un formato. Un formato que funciona para ciertos cerebros. No para el tuyo. Tu cerebro necesita otra cosa. Necesita entender la barrera invisible que hay entre tú y la tarea antes de lanzarse a hacer listas de objetivos.
Necesita menos propósitos y más sistemas.
Menos "voy a ir al gym cinco días" y más "voy a dejar la mochila del gym en la puerta". Menos "voy a leer 20 libros" y más "voy a dejar el libro encima de la almohada". Menos fuerza de voluntad y más diseño de entorno.
Porque tu fuerza de voluntad es un recurso escaso. Y si la gastas toda en la primera semana, el 15 de enero no te queda nada.
Lo que funciona con tu cerebro, no contra él
No voy a venderte que tengo la fórmula mágica de los propósitos TDAH-friendly. No la tengo. Pero sí sé tres cosas que he aprendido a base de fracasar cada enero.
El truco no es empezar el 1 de enero. Es empezar cualquier día. El 17. El 23. El 4 de febrero. A tu cerebro le da igual la fecha. Lo que le importa es que haya un detonante. Un momento de "ahora sí". Y ese momento no lo decides tú. Aparece. Y cuando aparezca, ahí le metes caña.
Un solo cambio por vez. No tres hábitos. No una revolución vital. Un cambio. El que sea. Si quieres empezar a hacer ejercicio, no empieces también con la dieta, la meditación y las clases de inglés. Tu cerebro necesita todo su combustible para un solo hábito hasta que se automatice. Después, el siguiente.
El fracaso del propósito no es tu fracaso. Si el gym se cayó el día 10, no significa que no puedas hacer ejercicio nunca. Significa que ese intento concreto, en ese formato concreto, en esa ventana concreta, no funcionó. Y eso es información útil, no un veredicto.
El 15 de enero no es una sentencia
Aquí estás. Con los propósitos muertos, la agenda sin estrenar, y esa vocecita que te dice que siempre es igual.
Y sí. Siempre es igual. Pero no por lo que tú crees.
No es porque seas vago. No es porque no te importe. No es porque te falte disciplina. Es porque llevas años intentando cambiar con un sistema que no está hecho para tu cerebro. Y cada año la culpa crece un poco más, y la confianza en ti mismo baja un poco más, y el ciclo se repite.
Pero el ciclo se rompe cuando entiendes que el problema nunca fueron tus propósitos. El problema era el método.
Y los métodos se cambian.
Enero se acaba. El gym sigue ahí. La agenda también. Y tú, con un poco más de información sobre cómo funciona tu cabeza, tienes más opciones que el año pasado.
No empezaste el 1 de enero. Vale. Empieza el 16. O el 20. O en marzo. Tu cerebro no mira el calendario. Mira si hay dopamina. Y eso, con el truco adecuado, se puede fabricar.
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Si cada enero te prometes lo mismo y cada febrero ya lo has dejado, quizá no es falta de voluntad. Quizá es tu cerebro. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. 10 minutos para dejar de culparte por algo que no controlas.
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