Procrastino, me odio por hacerlo, y vuelvo a procrastinar
Procrastinas. Te sientes culpable. La culpa te paraliza más. Y procrastinas otra vez. El ciclo más frustrante que existe, y por qué no es culpa tuya.
Procrastinas. Te sientes culpable. La culpa te paraliza más. Y procrastinas otra vez.
El ciclo más frustrante que existe.
Y lo peor no es el tiempo perdido. Lo peor es ese momento en el que te miras y piensas: "¿Qué me pasa? ¿Por qué soy así?" Y no tienes respuesta. Y como no tienes respuesta, sigues en el sofá viendo vídeos de gatos porque al menos ahí tu cerebro no te juzga.
¿Por qué la culpa no te hace avanzar?
La lógica sería esta: procrastinas, te sientes mal por ello, ese malestar te motiva a cambiar, y la próxima vez actúas.
Eso sería lo que debería pasar en teoría.
Pero lo que pasa en la práctica es lo contrario. Te sientes tan mal por haber procrastinado que tu cerebro necesita escapar de ese malestar. Y la forma más rápida de escapar es... exactamente lo mismo que te hizo sentir mal. La pantalla. El móvil. Cualquier cosa que dé una pequeña dosis de alivio en este momento.
Es un ciclo que se autoalimenta. La culpa no te saca del agujero. Te entierra más.
Y lo sé porque lo he vivido. Me he pasado tardes enteras sin producir nada, odiándome por no producir nada, y usando ese odio como excusa inconsciente para seguir sin producir nada. "Ya he perdido el día, qué más da."
La mentira que te cuenta la culpa
Hay algo perverso en la culpa y es que parece útil. Parece que si te castigas lo suficiente, el castigo funcionará como motivación.
No.
La culpa tiene un trabajo. Su trabajo es señalarte que has hecho algo que va en contra de tus valores. Punto. Ahí acaba su función. No está diseñada para darte energía. No está diseñada para darte claridad. No está diseñada para ayudarte a tomar decisiones mejores en el futuro.
Lo que hace la culpa es consumir recursos mentales. Y cuando tu cerebro está consumido gestionando emociones, le quedan muy pocos recursos para hacer cosas. O sea, cuando más culpable te sientes, menos capacidad tienes de arrancar. Es literalmente lo contrario de lo que necesitas.
Y aun así, ahí estamos. Sintiéndonos fatal porque no hacemos nada. Y no haciendo nada porque nos sentimos fatal.
El momento en el que entendí que no era pereza
Hubo un punto en el que dejé de entender qué me pasaba.
No era que no quisiera hacer las cosas. Las quería hacer. Las tenía apuntadas. Las había planificado. Sabía exactamente lo que tenía que hacer y cuándo hacerlo. Y aun así, me quedaba mirando la pantalla sin moverme. Como si entre mi intención y mi acción hubiera un muro de cristal. Podía verlo todo. No podía llegar.
Y claro, la conclusión obvia era: "Soy vago". O la versión más sofisticada: "Me falta disciplina". O la versión premium: "Es que no lo deseo lo suficiente".
Pero si te cuesta todo más que a los demás y no encuentras una razón lógica, quizá la razón no esté donde la estás buscando.
Porque hay un patrón que se repite en mucha gente que procrastina de esta forma. No procrastinan porque sean vagos. Procrastinan porque su cerebro tiene una relación distinta con el tiempo, con la recompensa y con la activación. Es decir: el problema no es de carácter. Es de cableado.
¿Qué hace que el ciclo no pare?
A ver, vamos a desmenuzarlo. Porque procrastinas aunque sabes lo que tienes que hacer y eso ya es una pista importante.
Si el problema fuera de información, lo resolverías con información. Pero no. Tú sabes lo que tienes que hacer. Sabes que tienes que empezar. Sabes que cada hora que pasa se acumula más presión. Lo sabes todo. Y aun así, no arrancas.
El ciclo procrastinación-culpa tiene tres patas:
Primera: Tu cerebro busca recompensa inmediata. Abrir el móvil da recompensa en dos segundos. Terminar el informe da recompensa en dos horas, o dos días, o directamente cuando te lo devuelva tu jefe. Tu cerebro no sabe esperar. Elige lo inmediato siempre.
Segunda: La culpa añade carga emocional a la tarea. Ya no es solo "tengo que hacer el informe". Es "tengo que hacer el informe y además soy una mala persona por no haberlo hecho ya y además si no lo hago ahora lo demostraré". La tarea pasa de ser neutral a ser amenazante. Y tu cerebro huye de las amenazas.
Tercera: Como la tarea es amenazante y tu cerebro huye, vuelves a procrastinar. Y la culpa crece. Y la tarea se vuelve más amenazante. Y así.
Parece sencillo cuando lo ves escrito. Pero cuando estás dentro del ciclo, ni lo ves. Solo sientes que eres un desastre y que mañana lo harás mejor.
Spoiler: mañana tampoco.
¿Y si el problema es anterior?
Aquí viene la parte que a mucha gente le cambia algo.
Hay personas que lo dejan todo para el último momento aunque se propongan no hacerlo una y otra vez, y no entienden por qué. Y es agotador, porque parece un defecto personal. Como si fuera algo que tienes que superar con más esfuerzo o más fuerza de voluntad.
Pero fuerza de voluntad ya tienes. Lo que no tienes es un cerebro que regule bien la activación, la recompensa y el tiempo de la forma estándar.
Y eso tiene nombre. En muchos casos, ese patrón de procrastinación crónica, ciclo de culpa, dificultad para arrancar tareas y necesidad de presión extrema para funcionar aparece en el TDAH. No en todos los casos. Pero sí en suficientes como para que valga la pena preguntárselo.
Esto no lo digo para dar un diagnóstico. Soy programador, no psiquiatra, y si sospechas que esto va contigo de verdad, el siguiente paso es hablar con un profesional. Esto no sustituye eso.
Pero sí puedo decirte lo que me pasó a mí: cuando entendí que mi procrastinación no era una cuestión de actitud sino de cómo procesa mi cerebro la recompensa y la activación, dejé de pelearme conmigo mismo. Y paradójicamente, eso me hizo funcionar mejor. Porque en vez de gastar energía odiándome, la podía usar en buscar estrategias que encajaran con cómo funciono realmente.
El odio a ti mismo no es motivación. Es peso muerto.
Por dónde empezar si esto te suena
No te voy a dar una lista de productividad. Ya tienes listas. Ya tienes apps. Ya tienes sistemas. Y siguen sin funcionar porque el problema no es de herramientas.
Lo primero es esto: cuando procrastines y llegue la culpa, no te montes encima de ella. Reconócela y suéltala. "Vale, he procrastinado. ¿Qué pasa ahora?" No "soy un desastre". No "mañana lo haré mejor". Solo: ¿qué es lo más pequeño que puedo hacer ahora mismo?
No la tarea completa. No el proyecto. Solo el siguiente paso físico. "Abro el documento." "Escribo una frase." "Mando el mensaje."
Tu cerebro no arranca con tareas enormes. Arranca con entradas pequeñas que generen algo de movimiento.
Y si el ciclo lleva demasiado tiempo y el patrón es constante, quizá merece la pena entender qué hay debajo. No para tener una excusa, sino para tener una explicación real con la que trabajar.
Si quieres un punto de partida, hice un test de 43 preguntas para ver si tu cerebro funciona con reglas distintas. Diez minutos, gratis, sin diagnóstico pero con mucha claridad. Puedes hacerlo aquí.
Sigue leyendo
Se me olvida recoger la ropa tendida y la descubro 3 días después
Tendiste la ropa el lunes. Es jueves. La ropa sigue ahí. Se ha secado, se ha mojado y se ha vuelto a secar. Dos veces.
No puedo prestar atención si hay gente hablando cerca
Intentas concentrarte pero cualquier conversación cercana te saca del foco al instante. No es falta de voluntad. Tu cerebro procesa el sonido diferente.
Mi autoestima sube y baja varias veces en el mismo día
A las 10 eres un genio. A las 12 un fraude. A las 3 no sabes qué eres. Tu autoestima funciona como una montaña rusa sin frenos.
Me cuesta recordar detalles importantes de la gente que quiero
Te olvidas de cumpleaños, nombres de parejas, cosas que te contaron. No es que no te importen. Tu memoria funciona con otras reglas.