Abro el documento, lo miro, y lo cierro sin escribir nada
Tienes el archivo abierto, el cursor parpadeando, y no escribes nada. Y lo peor: no es pereza. Es algo que le pasa a más gente de la que crees.
Abres el documento.
Lo miras. El cursor parpadea. Tú miras el cursor. El cursor te mira a ti. Pasan como dos minutos. Y lo cierras.
No has escrito nada. No has borrado nada. No has tocado nada. Simplemente lo has cerrado. Y te has ido a hacer cualquier otra cosa que no era eso.
Y la tarea sigue ahí.
¿Por qué no puedo ni empezar?
Mira, esto me pasaba constantemente. Y lo más frustrante no era la tarea en sí. Era ese momento exacto. Ese instante donde tienes el documento delante, sabes lo que tienes que hacer, y algo en tu cabeza dice "no".
No un "no" razonado. No un "no, hoy no me apetece". Es un "no" que viene de ningún sitio. Una especie de parálisis que no tiene explicación visible.
Llegas a tu escritorio con energía. "Hoy lo hago". Abres el portátil, abres el archivo, y... nada. Como si hubieran puesto un cristal entre tú y la tarea. Puedes verla. Está ahí. Pero no puedes tocarla.
Y mientras tanto tu cabeza empieza a hacer lo suyo. Miras el techo. Piensas en lo que vas a comer. Recuerdas que tenías que responder un mensaje de hace tres días. De repente estás pensando en una conversación que tuviste en 2017 y no sé ni cómo has llegado ahí.
Lo que no estás haciendo es la tarea.
El problema no es el documento
A ver, vamos a ser honestos. Porque lo fácil sería decir "es que el tema no te motiva" o "es que no tienes un sistema claro" o cualquier otra cosa que suene a consejo de productividad de Instagram.
Pero no.
Porque esto no pasa solo con una tarea. Pasa con el email que llevas semanas sin responder. Con el formulario que tienes a medias desde el mes pasado. Con el proyecto que "empezaré el lunes" desde hace seis lunes consecutivos. Y también pasa con cosas que en teoría te gustan, lo cual hace que todo sea todavía más confuso.
Si fuera el tema, si fuera la motivación, si fuera el aburrimiento, tendría sentido que con ciertas tareas sí y con otras no. Pero no funciona así. A veces la tarea más tonta del mundo es la que más se atraganta. Y a veces la que menos esperabas te sale en diez minutos sin ningún esfuerzo aparente.
Eso no cuadra con "es falta de motivación". Con "falta de motivación" se explica que no empieces cosas que no quieres hacer. No se explica que no puedas empezar algo que quieres hacer, que sabes hacer, y que necesitas hacer.
Hay algo más ahí.
Cuando el cerebro no arranca
Imagínate que tienes un coche. Le das a la llave. El motor hace su sonido, ves que intenta arrancar, y no arranca. Le das otra vez. Nada. Otra vez. Nada. Y tú ahí, dale que dale, pensando que si insistes un poco más va a funcionar.
No es que no quieras arrancar. No es que el coche sea vago. Hay algo en el motor que no está bien.
Pues bien, ese es exactamente el proceso que vivo yo cuando tengo una tarea delante y no puedo empezar. No es falta de ganas. No es pereza. Es que hay un mecanismo que debería activarse, que es el que traduce "quiero hacer esto" en "empiezo a hacerlo", y ese mecanismo no siempre responde.
Y esto conecta directamente con algo que he escrito antes sobre la parálisis que me entra antes de empezar cualquier cosa. No es un fenómeno nuevo. Es un patrón. Y los patrones tienen causas.
El ritual de la procrastinación que nadie llama procrastinación
Hay una versión de esto que es muy silenciosa y que pasa completamente desapercibida. No es la procrastinación obvia de "me voy a ver una serie". Es más sutil.
Abres el documento. Lo cierras. Abres el email. Lo cierras. Abres otra pestaña. La cierras. Vas a la cocina. Vuelves. Te sientas. Abres el documento otra vez. Lo miras cinco segundos. Lo cierras.
En ningún momento has tomado la decisión de no trabajar. En ningún momento has elegido conscientemente hacer otra cosa. Estás en tu escritorio, técnicamente "trabajando", y no estás produciendo nada.
Y la trampa de esto es que desde fuera parece inactividad. Desde dentro se siente como un esfuerzo brutal. Porque estás peleando constantemente. Solo que no estás peleando contra la tarea. Estás peleando contra ese cristal invisible que hay entre tú y empezar.
Si te suena esto, seguramente también te suena hacer todo menos lo que tienes que hacer. Es la misma película. Cambia el escenario, no el mecanismo.
El secreto sucio de los sistemas de productividad
Te lo digo porque a mí me costó aceptarlo.
Los sistemas de productividad no arreglan esto.
El Pomodoro no arregla esto. El bullet journal no arregla esto. El time-blocking no arregla esto. La habitación perfecta, la playlist de concentración, las notificaciones desactivadas, el café, el frío, la luz natural, levantarte a las 5 de la mañana. Nada de eso arregla esto de raíz.
O sea, pueden ayudar un poco. Pueden crear condiciones mejores. Pero si el problema está en cómo tu cerebro regula el inicio de una tarea, poner un temporizador de 25 minutos solo te da 25 minutos para mirar el temporizador.
Y sé lo que estás pensando. "Pero Rubén, hay días que sí funciona." Claro. Eso es lo que más confunde. Que no es siempre. Que hay momentos en que te sientas y las cosas fluyen y parece que has arreglado el motor. Y al día siguiente, nada. Misma silla, misma tarea, cero. Y no entiendes por qué.
Esa inconsistencia es la clave. Y es también lo que hace que todo te cueste más que a los demás sin ser vago: no es una línea recta. Es un patrón errático que no responde a la lógica de "si me esfuerzo más, funciona mejor".
Puede que esto tenga nombre
Voy a decirte algo que quizá ya sospechas, o quizá nunca has considerado.
Esa barrera invisible para empezar. Esa parálisis sin causa visible. Ese cerebro que a veces arranca y otras no, sin que tú puedas predecirlo ni controlarlo. La frustración de saber perfectamente lo que tienes que hacer y no poder hacerlo.
Todo eso tiene un patrón reconocible. Y en muchos casos, tiene nombre. El TDAH en adultos no siempre es el niño que no para quieto. A veces es el adulto que tiene todo perfectamente claro en la cabeza y que, por alguna razón que nadie le ha explicado nunca, no consigue traducir esa claridad en acción.
No es pereza. No es carácter. Es que hay partes del cerebro que regulan el inicio de las tareas, la gestión del esfuerzo, la activación ante cosas que no tienen urgencia inmediata, y que en algunos cerebros no funcionan de la forma esperada.
Esto no lo digo para diagnosticarte. No soy médico y esto no sustituye la evaluación de un profesional. Pero sí te digo que cuando yo entendí que lo mío tenía una explicación neurológica, por primera vez en mi vida dejé de pensar que era un problema de voluntad.
Y eso lo cambió todo.
Antes de abrirlo por decimoséptima vez
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Quizás el problema es que nadie te ha dado un mapa de cómo funciona tu cerebro. Y sin ese mapa, lo único que puedes hacer es empujar más fuerte contra un muro que no cede, y concluir que el problema eres tú.
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