Mi primer lanzamiento vendió cero unidades y no es una exageración

Preparé mi primer producto digital durante 4 meses. Lo lancé. Vendí cero unidades. Literalmente cero. Lo que aprendí cambia cómo veo cada lanzamiento.

Cuatro meses.

Cuatro meses montando un producto que nadie me había pedido. Cuatro meses grabando vídeos, editando módulos, montando una página de ventas con colores bonitos y un botón naranja que decía "Quiero acceso ya". Cuatro meses sin dormir bien, sin salir, sin hacer otra cosa que no fuera ese lanzamiento.

Y el día D llegó.

Publiqué el post. Mandé el email. Puse el Stories. Me senté delante del ordenador con un café y esperé.

Y pasó una hora. Nada. Dos horas. Nada. Cinco horas. Nada. Me fui a dormir pensando que la gente compraría por la mañana, que claro, era tarde.

Por la mañana: cero.

No una venta y luego silencio. No tres ventas y decepción. Cero. Un cero redondo, limpio, brutal. El tipo de cero que te hace comprobar si el botón de compra funciona. Funcionaba. Nadie lo había pulsado.

¿Cómo llegas a vender cero con cuatro meses de trabajo?

Pues mira, es más fácil de lo que parece. Solo necesitas tres ingredientes:

Uno, crear algo que nadie te ha pedido. Yo tenía una idea en la cabeza y asumí que porque a mí me parecía genial, al mundo también. Spoiler: al mundo le daba exactamente igual.

Dos, no tener audiencia. Tenía 200 seguidores en Instagram. Doscientos. Y la mitad eran amigos del pueblo que ni sabían que vendía cosas por internet.

Tres, no haber validado nada. Ni una encuesta. Ni un "oye, ¿pagarías por esto?". Ni un prototipo. Nada. Directamente a grabar 40 vídeos en mi habitación con una webcam de 30 euros.

Con TDAH esto tiene una explicación muy concreta: el hiperfoco me secuestró. Me metí en modo creación y no paré a pensar si alguien quería lo que estaba creando. Mi cerebro estaba tan enganchado a la dopamina de construir que la pregunta "¿esto lo va a comprar alguien?" ni se me pasó por la cabeza.

Es como construir un castillo de arena increíble en una playa donde no hay nadie. Precioso. Pero vacío.

¿Y qué hice después del cero?

Lo primero fue mentir. A mí mismo, quiero decir. Me dije que el mercado no estaba preparado. Que era demasiado pronto. Que la gente no entendía el valor. Ya sabes, las excusas de manual que te cuentas cuando la alternativa es admitir que la has cagado.

Tardé dos semanas en aceptar la verdad: no era el mercado. Era yo. Había creado un producto sin saber para quién, sin tener a quién vendérselo, y sin haber preguntado a nadie si lo necesitaba.

Y eso me jodió. Pero me jodió bien.

Porque a partir de ese cero empecé a hacer las cosas al revés. Primero la audiencia, luego el producto. Primero la conversación, luego la oferta. Primero escuchar, luego crear.

No suena revolucionario. Y no lo es. Pero cuando vienes de cuatro meses encerrado creando en el vacío, es un cambio de paradigma.

Lo que nadie te dice sobre vender cero

Hay una parte de vender cero que nadie menciona: la vergüenza social. Porque no es solo que no hayas vendido. Es que se lo habías contado a todo el mundo. A tu familia, a tus amigos, a tu pareja. "Voy a lanzar un producto." Y ellos te animaron. Te desearon suerte. Te dijeron "ya verás como va genial".

Y ahora tienes que mirarles a la cara sabiendo que vendiste exactamente nada.

Esa vergüenza, con TDAH, se convierte en rumiación. Tu cerebro la pone en bucle. No una vez. No dos. Todo el puñetero día, durante semanas. Y es ahí donde muchos emprendedores tiran la toalla. No por el cero. Por la vergüenza del cero.

El cero como punto de partida

Ahora miro ese lanzamiento con cariño. De verdad. Porque me enseñó algo que ningún curso de marketing te enseña: que puedes trabajar como un animal, hacerlo todo "bien", tener el producto terminado, la página bonita, el email escrito... y vender cero.

Y eso no es fracaso. Es información.

El problema es que con TDAH, tu cerebro no procesa esa información de forma racional. Tu cerebro dice: "Has fracasado. Eres un fraude. Vuelve a Mercadona." Y te pasas tres días sin poder abrir el portátil porque la vergüenza te paraliza.

Pero si consigues pasar esos tres días, si consigues levantarte de la cama y volver a sentarte delante de la pantalla, lo que viene después es otra cosa. Porque ahora sabes lo que NO funciona. Y eso, créeme, vale más que cualquier masterclass.

Cada lanzamiento que he hecho después ha sido mejor. No porque yo sea más listo. Sino porque ese cero me quitó la fantasía de que basta con tener una buena idea.

No basta. Nunca ha bastado. Y emprender con TDAH significa aprender eso a hostias, porque tu cerebro te engaña haciéndote creer que la ejecución es lo único que importa.

La ejecución sin dirección es ruido. Y el ruido, por muy bonito que suene, vende cero.

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