Pospongo devolver cosas hasta que caduca el plazo de devolución

Compras algo, no te convence, y en vez de devolverlo... esperas hasta que caduca el plazo. No es desidia. Tiene una explicación.

La camiseta lleva tres semanas en la bolsa de papel donde llegó.

No me gustó cuando me la probé. La talla no era exactamente la que pensaba. Tenía el link de devolución guardado en favoritos. El plazo era de 30 días. Y me dije: "Mañana lo hago. Que tampoco es para tanto."

Mañana. Pasado. La semana siguiente.

Y llegó el día 31.

¿Por qué no devuelvo algo si sé que debería?

Porque no es una sola cosa. Es un cóctel de pequeñas fricciones que tu cerebro convierte en una montaña.

Primero tienes que buscar el número de pedido. Que está en el email de confirmación. Que está enterrado entre 40 emails que no has leído. Luego tienes que rellenar el formulario. Luego imprimir la etiqueta, o encontrar el punto de recogida, o llamar al mensajero. Luego envolver el paquete. Luego salir.

Son cinco pasos. Veinte minutos en total si lo haces de corrido. El plazo es de 30 días.

Y aun así no lo haces.

Y esto es lo que no tiene sentido desde fuera: tienes tiempo de sobra, no es urgente, no requiere concentración especial. Es una de esas tareas que técnicamente son fáciles. Y precisamente por eso no la haces.

Porque cuando algo debería ser fácil y no lo es, el cerebro empieza a buscar atajos. Y el atajo más cómodo es: ya lo hago.

La trampa del "todavía queda tiempo"

Hay algo perverso en los plazos largos.

Si el plazo fuera de 48 horas, la harías. El cerebro enciende el modo urgencia, la fricción desaparece, lo resuelves en 10 minutos y te quedas tan pancho. Pero 30 días es demasiado margen. Con 30 días, tu cerebro calcula que siempre hay un mañana mejor.

"Ahora estoy ocupado. Ya lo haré cuando tenga un rato."

Ese rato nunca llega. O llega, pero hay algo más interesante. O llega, pero empezar requiere recordar dónde dejaste el paquete, y recordar eso requiere buscar el email, y buscar el email requiere abrir el ordenador, y abrir el ordenador requiere que el cerebro tenga energía para activarse, y el cerebro no tiene energía porque acaba de procesar 17 cosas distintas.

O sea: no es que seas un desastre. Es que el coste de activación de esa tarea es mucho más alto de lo que parece en el papel.

Y el cerebro, cuando tiene que elegir entre algo con coste de activación alto y algo que no lo tiene, casi siempre elige lo segundo. No por pereza. Por diseño.

No es que lo hayas dejado para el último momento. Es que nunca fue el momento.

Yo lo hago constantemente. No solo con devoluciones.

Con el email que tengo que mandar y que requiere pensar la respuesta. Con el trámite que necesita que busque un documento de hace dos años. Con la llamada al médico que tengo que hacer en horario de oficina, o sea exactamente cuando estoy en medio de otra cosa.

Todas esas tareas tienen algo en común: son pequeñas pero tienen pasos previos. Y esos pasos previos son invisibles hasta que intentas hacerlas.

Piensas "voy a devolver la camiseta" y en tu cabeza eso dura 5 minutos. Pero en realidad son 5 minutos más buscar el email más recordar dónde dejaste la bolsa más encontrar papel de embalar más salir a la calle. Y el cerebro lo siente como un bloque opaco de esfuerzo sin forma definida. Así que lo posterga.

Y lo sigue postergando hasta que ya no hay tiempo.

Y entonces te sientes mal. No por perder el dinero de la camiseta (bueno, también). Sino porque vuelves a hacer lo mismo que prometiste no volver a hacer. Dejar las cosas para cuando ya no hay solución.

Lo que me ayuda (aunque no siempre funciona)

Cuando consigo hacer estas cosas, es porque hago algo contraintuitivo: no las marco en el calendario. Las hago en el momento en que pienso en ellas.

Abro el email de confirmación ahora mismo. Busco el link de devolución ahora mismo. Si necesito imprimir la etiqueta, la imprimo en este momento aunque no pueda ir al punto de recogida hasta mañana.

El truco es separar los pasos y hacer el que toca en el momento en que tienes contexto.

Porque el problema no es la tarea. El problema es que la tarea aparece en tu cabeza cuando no puedes hacerla, y cuando podrías hacerla ya no está en tu cabeza.

Esto se llama fallo de memoria prospectiva. Tu cerebro es pésimo registrando cosas que tienen que pasar en el futuro si no hay una señal concreta que te las recuerde. Y "devolver la camiseta algún día de esta semana" no tiene señal. Es una intención flotando en el aire.

¿Y si esto no es un problema de organización?

A ver, hay gente que también olvida devolver cosas. Es normal. El ser humano no está diseñado para recordar veinte tareas abiertas en paralelo.

Pero si esto te pasa de forma sistemática. Si no es una devolución sino un patrón. Si miras tu vida y ves una cantidad indecente de cosas que empezaste sin acabar, de plazos que se te pasaron, de trámites que llevan meses en "ya lo haré", de emails sin responder porque responderlos requería pensar y pensar requería energía que no tenías...

Entonces quizá no es organización. Quizá es algo más profundo en cómo tu cerebro gestiona la activación, la memoria de trabajo y la planificación.

Eso tiene un nombre. Se llama TDAH. Y no es el trastorno de los niños hiperactivos que no paran quietos. Es, entre otras cosas, una dificultad para iniciar tareas que no generan dopamina inmediata, aunque sepas perfectamente que deberías hacerlas.

No te digo que lo tengas. No soy psicólogo y esto no sustituye un diagnóstico profesional. Pero sí te digo que cuando yo entendí por qué me cuesta todo más que a los demás, dejé de tratarme como un vago y empecé a buscar soluciones que tuvieran sentido para mi cabeza.

Si el patrón te suena demasiado familiar, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos. Gratis. No es un diagnóstico, es un punto de partida para dejar de culparte y empezar a entender cómo funciona tu cerebro. Puedes hacerlo aquí.

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