Me cuesta ser buen amigo aunque de verdad quiero serlo

Quieres ser buen amigo. De verdad. Pero te olvidas de cumpleaños, desapareces semanas y no sabes mantener el contacto. No es que no te importe. Es algo más.

Se te olvidó su cumpleaños. Otra vez.

No porque no te importara. No porque no lo supieras. Lo sabías perfectamente. Lo viste en Instagram hace tres días y pensaste "tengo que felicitarle". Y luego pasaron tres días y no lo hiciste. Y ahora es demasiado tarde para que parezca natural.

Y esa sensación de ser un desastre como amigo te acompaña desde hace años.

¿Ser mal amigo o tener un cerebro que no colabora?

Mira, la diferencia entre alguien que no quiere ser buen amigo y alguien que quiere pero no puede es enorme. Pero desde fuera se ven exactamente igual.

Desde fuera, eres el que no contesta mensajes. El que desaparece durante semanas. El que se olvida de cosas importantes. El que cancela planes. El que dice "quedamos pronto" y nunca queda.

Desde dentro, eres el que piensa en sus amigos a las tres de la madrugada pero no les escribe porque "ahora es raro". El que se siente culpable cada vez que ve un mensaje sin contestar. El que quiere quedar pero no tiene la energía para organizar nada. El que ama a su gente pero no sabe cómo demostrarlo de manera consistente.

Y la distancia entre lo que sientes y lo que haces es el espacio donde se pudren las amistades.

El inventario de cosas que un buen amigo debería hacer (y tú no haces)

Contestar mensajes a tiempo. Acordarte de cumpleaños. Preguntar cómo está. Aparecer cuando lo necesita. Mantener el contacto sin que te lo pidan. Devolver las llamadas. Acordarte de las cosas que te cuenta.

¿Sabes lo que tienen en común todas estas cosas? Requieren consistencia. Requieren que tu cerebro priorice algo que no tiene urgencia inmediata. Requieren memoria de trabajo. Requieren iniciar acciones sin un estímulo externo que te empuje.

O sea, requieren exactamente lo que tu cerebro no hace bien.

Porque sí, contestar un mensaje parece fácil hasta que tu cerebro lo archiva y se olvida. Y llamar para preguntar cómo está alguien parece simple hasta que han pasado dos meses sin que tu cerebro generara el impulso de hacerlo.

La culpa que carga un amigo que quiere y no puede

Voy a describirte algo que quizá te suene.

Estás en la cama, son las 11 de la noche, y de repente te acuerdas de que tu amigo te contó que tenía una entrevista de trabajo importante hoy. Y no le has preguntado cómo le fue. Y ha sido hoy. Y ya es muy tarde para escribir.

Y mañana se te va a olvidar otra vez. Porque tu cerebro no va a recordarte esto a una hora razonable. Va a recordártelo a las 11 de la noche del martes que viene. Si es que lo recuerda.

Y la culpa que sientes en ese momento es brutal. Porque no es la primera vez. Es la número 300. Y cada vez que pasa, la voz interna dice lo mismo: "Eres un amigo de mierda."

Y esa voz no para. Y con cada cumpleaños olvidado, cada mensaje sin contestar, cada plan cancelado, se hace más fuerte. Hasta que empiezas a creer que es verdad. Que eres un mal amigo. Que no mereces que la gente te quiera.

Lo que el TDAH tiene que ver con tus amistades (y nadie te cuenta)

A ver, esto es importante porque cambia la narrativa completamente.

El TDAH no es solo no poder concentrarte en el trabajo. Es no poder concentrarte en mantener relaciones. Porque las relaciones requieren función ejecutiva: planificar, recordar, iniciar contacto, gestionar tiempos, regular emociones.

Y si tu función ejecutiva es la de un semáforo roto, como la mía, las relaciones sufren. No por falta de cariño. Por falta de infraestructura cerebral.

Esto lo documenta la investigación sobre TDAH y relaciones interpersonales en adultos. Las dificultades sociales no vienen de no querer, vienen de no poder sostener la consistencia que las relaciones necesitan para funcionar.

Y lo más jodido: la gente no te juzga por tu intención. Te juzga por tus acciones. Y tus acciones, vistas desde fuera sin contexto, dicen "no le importas".

Lo que me funciona (imperfecto pero real)

No te voy a engañar. Sigo siendo un desastre en muchos aspectos de la amistad. Pero he mejorado. Y te cuento lo que me ha ayudado.

Primero: externalizar todo. Cumpleaños en el calendario con alarma el día anterior. Lista de amigos con los que quiero hablar cada semana. Recordatorios para preguntar por cosas que me han contado. Suena frío, lo sé. Pero es la diferencia entre ser un amigo que se acuerda y uno que no.

Segundo: ser honesto con los amigos cercanos. "Oye, me importas mucho pero mi cerebro es un desastre para mantener el contacto. Si desaparezco, no es por ti." Y los que entienden, se quedan. Y los que no, bueno. Al menos saben que no es personal.

Tercero: aceptar que todo me va a costar más que a los demás. Incluido ser amigo. Y que eso no me convierte en mala persona. Me convierte en alguien que necesita más estructura para hacer lo que otros hacen automáticamente.

¿Que sigue sin ser perfecto? Sí. ¿Que se siguen olvidando cosas? También. Pero la diferencia entre el amigo que se olvida y no hace nada y el amigo que se olvida pero tiene sistemas para compensar es la diferencia entre perder amistades y mantenerlas.

Si esto te suena demasiado familiar, lo que toca es hablar con un profesional. No estoy diagnosticando a nadie. Estoy contando lo que vivo. Y si quieres explorar si hay algo más detrás de tus dificultades sociales, un psicólogo es el camino.

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