Por qué me cuesta tanto empezar el día aunque haya dormido bien

Ocho horas de sueño y sigues sin poder arrancar. No es pereza ni mal descanso. Tu cerebro necesita algo más que dormir para encenderse por las mañanas.

La alarma suena a las siete.

Pues no, miento. La alarma suena a las siete, a las siete y cinco, a las siete y diez, a las siete y cuarto, y a las siete y veinte. Cinco alarmas. Todas ignoradas con la precisión de un cirujano. Y no es que estés dormido, que es lo peor. Estás despierto desde las siete menos diez. Pero entre estar despierto y levantarte hay un abismo que no sabes cruzar.

Y te quedas ahí. En la cama. Con los ojos abiertos. Mirando el techo. Pensando en todo lo que tienes que hacer hoy. Sabiendo perfectamente que cuanto más tardes peor va a ser. Y aun así, no te mueves.

No es sueño. No es cansancio. Es otra cosa.

¿Por qué hay mañanas en las que no puedo arrancar?

A ver, lo primero: dormiste bien. Ocho horas. Quizá nueve. La cama estaba cómoda, la habitación oscura, todo correcto. Y sin embargo, cuando suena la alarma, tu cuerpo se siente como si hubiera corrido una maratón durante la noche.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que la gente de tu alrededor se levanta y funciona. Así, sin más. Alarma, ducha, café, a currar. Como si fuera lo más natural del mundo. Y tú necesitas cuarenta y cinco minutos de negociación interna solo para poner un pie en el suelo.

Yo he tenido mañanas en las que he tardado una hora y media en salir de la cama. Una hora y media. No dormido, ¿eh? Despierto. Mirando el móvil. Abriendo Instagram, cerrándolo, abriéndolo otra vez, cerrando los ojos tres minutos, volviendo a abrirlos. Y todo el rato con esa vocecita de fondo: "Levántate. Levántate ya. Estás perdiendo el día."

Y la vocecita tiene razón. Pero no sirve de nada.

¿Es que soy vago o es algo más?

Mira, aquí es donde la mayoría de la gente se queda. "Es que eres vago." "Es que no tienes fuerza de voluntad." "Es que si te acostaras antes..."

No. No es nada de eso.

Hay cerebros que necesitan un tiempo de arranque absurdamente largo. Como esos coches viejos que tienes que dejar calentando el motor diez minutos antes de poder moverlos. Técnicamente funcionan. Pero no puedes meterles primera nada más girar la llave. Necesitan su tiempo. Y si intentas forzarlos, hacen un ruido horrible y se calan.

Tu cerebro por las mañanas es ese coche. La gasolina está ahí. El motor está ahí. Pero algo en el sistema de arranque no conecta a la primera.

Y no es cuestión de horas de sueño. Puedes dormir seis o puedes dormir diez. Da igual. El problema no es la cantidad de descanso. Es la transición entre el modo reposo y el modo acción. Es como si hubiera un puente entre "estoy en la cama" y "estoy haciendo cosas" y ese puente estuviera roto. Y cada mañana tienes que construirlo desde cero.

Lo cuento en el post sobre los días en que no puedes ni levantarte: hay jornadas en las que arrancas a tope y otras en las que el simple hecho de ducharte es una victoria. Y no hay patrón lógico. No depende de lo que cenaste ni de a qué hora te acostaste. Depende de algo que no controlas.

¿Y si el problema no es el sueño sino el cerebro?

Esto es lo que a mí me cambió la perspectiva.

Resulta que hay personas cuyo sistema de activación funciona diferente. O sea, no es que no quieran arrancar. Es que el mecanismo interno que dice "venga, vamos, en marcha" no se dispara como debería. Es un tema de regulación, no de actitud.

Imagínate que tienes un interruptor de la luz que funciona cuando le da la gana. A veces lo pulsas y enciende. A veces lo pulsas y no pasa nada. A veces enciende solo. Pues así funciona tu sistema de activación por las mañanas. Y tú llevas años pensando que el problema es que no pulsas con suficiente fuerza.

No. El problema es el interruptor.

Yo descubrí que esto tenía nombre cuando empecé a investigar cómo funciona la dopamina en el cerebro. La dopamina no solo tiene que ver con el placer o la motivación. Tiene que ver con la activación. Con la capacidad de iniciar una acción. Y hay cerebros que producen menos dopamina de la necesaria para que ese proceso de iniciación funcione a primera hora.

Resultado: no es que seas vago. Es que tu cerebro no tiene gasolina para arrancar.

¿Se puede hacer algo con esto?

No te voy a engañar. No tengo una solución mágica que te haga saltar de la cama como en las películas. No existe.

Pero sí hay cosas que he aprendido a base de hostias.

La primera es tener algo inmediatamente estimulante nada más despertar. No hablo de meditación ni de journaling. Hablo de algo que a TU cerebro le genere un mínimo de interés. Para mí es un podcast. Pongo el podcast y mi cerebro tiene algo a lo que engancharse mientras el cuerpo va reaccionando. Para otra gente es música. Para otros es una ducha fría. El truco es encontrar tu trampa de activación y usarla todos los días.

La segunda es dejar de juzgarte por tardar. Si tu cerebro necesita treinta minutos para arrancar, necesita treinta minutos. Puedes diseñar tu rutina alrededor de eso en vez de machacarte por no ser una de esas personas que a las seis de la mañana ya están corriendo.

Y la tercera, que es la más incómoda: si esto te pasa cada día, si la dificultad para activarte es constante y no mejora con nada, merece la pena explorar por qué tu cerebro funciona así. No para justificarte. Para entenderte. Porque cuando entiendes por qué te cuesta todo más que a los demás, dejas de pelearte contigo mismo y empiezas a buscar formas reales de funcionar.

Esto no sustituye hablar con un profesional, ¿eh? Si llevas años arrastrándote cada mañana sin encontrar explicación, una valoración psicológica vale más que todas las rutinas matutinas de YouTube juntas. Te lo digo por experiencia.

---

Si te levantas cada día sintiéndote como un ordenador de los noventa arrancando Windows 98, puede que tu cerebro funcione diferente al de la mayoría. Tengo un test de 43 preguntas que te ayuda a entender cómo. Gratis. 10 minutos. No es un diagnóstico, es un primer paso. Hacer el test.

Relacionado

Sigue leyendo