No puedo terminar lo que empiezo en el trabajo y me está costando el puesto

Empiezas proyectos con energía y los abandonas a medias. No es falta de compromiso. Hay una razón concreta y tiene solución.

Tu jefe te mira con esa cara. Sabes cuál es. La cara de "otra vez".

Llevas tres semanas con ese informe a medias. El proyecto que ibas a terminar el viernes pasado sigue abierto en una pestaña. Y hay dos tareas en el Jira que llevan tanto tiempo en "en progreso" que ya se han olvidado de que existen.

No es que no sepas hacerlo. Lo sabes hacer. Empezaste con ganas, incluso con entusiasmo. Pero en algún punto del camino, algo se apagó. Y ahora tienes un cementerio de proyectos a medias y una reputación que empieza a resentirse.

¿Por qué empiezas con energía y te quedas a la mitad?

Esto es lo que más desconcierta. Si no quisieras hacerlo, no empezarías. Pero empiezas, y encima empiezas bien. Los primeros días del proyecto hay energía, hay ideas, hay movimiento. Y entonces llega ese punto. Ese momento en el que el proyecto deja de ser nuevo y todavía no ha llegado a ser urgente.

Y ahí se muere.

No por falta de capacidad. No por pereza. Sino porque tu cerebro, en ese momento intermedio donde la novedad ya se fue y el deadline todavía está lejos, sencillamente no encuentra combustible para seguir. Es como un coche que funciona con gasolina especial que solo se produce en los dos extremos: cuando algo es emocionante o cuando es urgente. En el tramo del medio, el depósito se queda seco.

Y tú empujando el coche con las manos.

El problema no es el compromiso. Es el diseño.

Cuando llevas tiempo sin terminar proyectos, la narrativa que te construyes por dentro es siempre la misma. "Soy poco fiable." "No tengo disciplina." "La gente no puede contar conmigo."

Esa narrativa es comprensible. Y es falsa.

O sea, fíjate en lo que realmente pasa. Empiezas cosas. Eso ya requiere iniciativa, no es poco. Tienes ideas, tienes energía inicial, tienes voluntad. El problema no aparece al principio. Aparece en la fase de ejecución sostenida, que es exactamente donde un tipo concreto de cerebro tiene el mayor punto ciego.

Porque hay cerebros que funcionan en ráfagas. Arrancan brutal y luego necesitan un estímulo nuevo para continuar. No es capricho. Es literalmente cómo están configurados para procesar la motivación.

La solución que intentas aplicar (más disciplina, más listas, más recordatorios) no funciona porque va al síntoma equivocado. Es como intentar arreglar una gotera poniéndole una fregona debajo. La fregona recoge el agua, sí. Pero la gotera sigue.

Si esto te suena familiar, puede que el problema vaya más allá de los proyectos del trabajo. Empiezo cosas y no termino ninguna entra más a fondo en qué pasa por dentro cuando el patrón no es solo laboral.

¿Y qué pasa cuando te acercas a terminar?

Aquí viene la parte que mucha gente no se espera.

A veces no es que te quedes a la mitad. Es que te quedas al 90%. El proyecto casi terminado. Solo quedan los detalles. Y ahí, cuando ya solo falta el último empujón, te congelas. Procrastinas. Empiezas otra cosa. Y el proyecto se queda eternamente en ese 90% que nunca se convierte en 100%.

Eso no es accidente. Hay algo concreto que pasa en esa fase final. El miedo a que no sea perfecto. La pérdida del escudo que te da tener algo "casi terminado" (porque si no lo entregas, nadie puede juzgarlo). La desaparición de la urgencia que te hacía moverte.

Abandono mis proyectos justo antes de terminarlos

Lo que sí tienen en común ambos patrones es que no son elecciones. Son respuestas automáticas de un cerebro que no regula la motivación de la forma estándar.

Lo que sí puedes hacer (sin esperar a convertirte en otra persona)

A ver, no voy a venir aquí a decirte que todo se arregla con un sistema de productividad. Ya has probado sistemas. Los primeros días funcionan y luego se desmoronan exactamente igual que los proyectos.

Pero sí hay cosas que ayudan cuando entiendes qué está pasando.

La primera es parar de diseñar proyectos como maratones y empezar a diseñarlos como sprints con recompensas intermedias. Tu cerebro no puede sostener la motivación durante semanas sin input. Así que dale input. Checkpoints visibles. Pequeñas victorias que puedas marcar. No porque seas incapaz de hacer cosas difíciles, sino porque así es como funciona tu motor.

La segunda es entender cuándo eres útil y cuándo no lo eres. Hay momentos del día o de la semana en los que tu cerebro está activado y otros en los que está plano. Los proyectos que requieren concentración sostenida tienen que ir a los primeros. Sin excepción. Porque intentar hacer trabajo profundo en un momento plano es perder el tiempo y machacarte la autoestima.

La tercera, y esta es la que más cuesta aceptar, es que quizá el problema va más allá de los hábitos. Si llevas años con este patrón, en distintos trabajos, con distintos proyectos, con distintas metodologías, y siempre acaba igual... el problema no son las circunstancias. El problema tiene que ver con cómo funciona tu cabeza.

Y eso no significa que estés roto. Significa que te cuesta todo más que a los demás por razones que tienen nombre, y que entender esas razones es el primer paso para dejar de culparte y empezar a hacer algo útil.

Esto no sustituye un diagnóstico

Lo digo porque me parece importante.

Si llevas tiempo con este patrón y empieza a afectarte en el trabajo, en las relaciones, en cómo te ves a ti mismo, merece la pena hablar con un profesional. No un coach. Un psicólogo o psiquiatra que pueda evaluar si hay algo más estructural detrás.

A mí me cambió la vida saber qué tenía. No porque se arreglara todo de golpe. Sino porque por fin tenía una explicación que no me hacía sentir inútil.

Si sospechas que algo en tu cabeza funciona diferente y quieres tener más claridad antes de dar el paso a un profesional, hice un test de 43 preguntas que puedes hacer en 10 minutos. No es un diagnóstico, pero sí es un buen punto de partida para saber qué preguntas hacerle a quien sí puede diagnosticarte. Hacer el test de TDAH.

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