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Phelps vs Biles: dos atletas con TDAH, dos formas de dominar

Phelps necesitaba rutina. Biles necesitaba intensidad. Ambos TDAH confirmado. ¿Tú eres más Phelps o más Biles?

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Imagínate que tienes el cerebro más rápido del planeta. Y que nadie sabe qué hacer contigo.

Eso le pasó a Michael Phelps a los 9 años. Y a Simone Biles de pequeña. Dos críos con TDAH diagnosticado, dos familias que no sabían por dónde tirar, y un sistema educativo que los miraba como si fueran un mueble de IKEA sin instrucciones.

Lo que pasó después ya lo conoces. 23 oros olímpicos por un lado. 37 medallas mundiales por el otro. Los dos mejores atletas de la historia de sus deportes. Con TDAH confirmado. Los dos.

Pero lo interesante no es que llegaran arriba.

Lo interesante es que llegaron por caminos completamente opuestos.

¿Cómo es posible que el mismo trastorno produzca dos atletas tan diferentes?

Phelps era el crío que no podía estarse quieto en clase. El que movía las piernas sin parar. El que sus profesores querían medicar para que dejara de dar la brasa. Su madre lo metió en la piscina casi por descarte. Y ahí, en ese rectángulo de agua con carriles pintados, algo encajó.

La natación es el deporte más repetitivo que existe. Ida. Vuelta. Ida. Vuelta. Miles de metros mirando una línea negra en el fondo. Para la mayoría de gente suena a tortura. Para Phelps era paz.

Su cerebro necesitaba orden. Necesitaba un sistema tan predecible que no dejara espacio para el caos. Y la piscina le daba exactamente eso. Entrenó cinco años seguidos sin tomarse un solo día de descanso. Cinco años. Sin Navidades, sin domingos, sin "hoy no me apetece". Eso es hiperfoco en estado puro. Su cerebro encontró la señal y se enganchó a ella como un perro a un hueso.

Fuera del agua, Phelps era un desastre. Introvertido, con problemas para gestionar emociones, con una depresión post-olímpica que casi se lo lleva por delante después de Londres 2012. Lo ha contado él mismo. Dentro del agua, era Dios. Fuera, era un tío de 30 años que no sabía qué hacer con su vida cuando no estaba nadando.

Biles es otra historia.

¿Y si tu cerebro necesita justo lo contrario?

Simone Biles no necesitaba rutina. Necesitaba que le explotara la cabeza.

La gimnasia artística es adrenalina pura. Sales, tienes 90 segundos, y haces cosas que desafían a la física mientras un grupo de jueces te puntúa con cara de póker. Cada competición es diferente. Cada salto puede ser el último si algo sale mal. Y Biles, en vez de conformarse con lo que ya sabía hacer, se dedicó a inventar movimientos nuevos. Tiene cuatro elementos con su nombre. Cuatro. Porque lo que ya existía no le daba suficiente.

Eso es un cerebro TDAH buscando novedad. Buscando la descarga de dopamina que solo llega cuando haces algo que nunca has hecho antes. El mismo mecanismo que hace que el deporte sea uno de los mejores reguladores naturales del TDAH, pero llevado al extremo.

Extrovertida, activista, sin pelos en la lengua. Cuando filtraron que tomaba medicación para el TDAH durante los Juegos de Río 2016, Biles no se escondió. Publicó un comunicado diciendo que no tenía nada de lo que avergonzarse. Que tomaba su medicación porque la necesitaba. Y punto. En un mundo donde los atletas prefieren fingir que son máquinas perfectas, eso fue como tirar una granada en una cena de gala.

¿Qué pasó en Tokio y por qué importa?

En los Juegos de Tokio 2021, Biles se retiró de varias finales. Dijo que tenía "the twisties", una desconexión entre mente y cuerpo en pleno salto donde pierdes la noción de dónde estás en el aire. En gimnasia, eso puede significar romperte el cuello.

La reacción fue brutal. Mitad del mundo la llamó valiente. La otra mitad la llamó cobarde. "No se rinde en unos Juegos Olímpicos." "Eso no se hace." "Los de antes aguantaban."

Biles eligió no matarse. Y luego, en París 2024, volvió. Y ganó. Otra vez.

Phelps también pasó por lo suyo. Después de Londres 2012, con todo el oro del mundo en un cajón, cayó en una depresión severa. DUI, aislamiento, pensamientos de acabar con todo. El tío que sonreía en el podio estaba rompiéndose por dentro. Lo ha contado en charlas, en documentales, sin filtrar.

Y esto es lo que nadie te dice del TDAH: que el éxito no te protege. Que puedes ser literalmente el mejor del planeta en lo tuyo y seguir teniendo un cerebro que, cuando se queda sin estímulo, se apaga como un ordenador sin batería.

¿Eres más Phelps o más Biles?

No es una pregunta frívola.

Porque el TDAH no es una cosa. Es un espectro. Y dentro de ese espectro hay gente que funciona como Phelps, encontrando una rutina y aferrándose a ella como si fuera un salvavidas. Y hay gente que funciona como Biles, necesitando novedad constante, intensidad, riesgo, la sensación de estar haciendo algo que nunca ha hecho nadie.

Son dos formas válidas del mismo cerebro

Phelps canalizó su TDAH en estructura. Biles lo canalizó en explosividad. Los dos ganaron. Los dos sufrieron. Los dos tuvieron que parar y decir "necesito ayuda". Y los dos volvieron.

La lección no es "si tienes TDAH puedes ganar 23 oros". Eso sería absurdo. La lección es que no hay una sola forma correcta de tener TDAH. Que tu cerebro tiene unas reglas, y que cuando las descubres, puedes usarlas a tu favor en vez de pasarte la vida peleando contra ellas.

El primer paso es saber cómo funciona el tuyo.

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