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Tener un perro con TDAH: el mejor y peor compañero posible

Un perro te obliga a tener rutina, salir y moverte. Pero también olvidas su comida y pierdes la correa. Tener mascota con TDAH: lo mejor y lo peor.

tdah

Mi perro lleva cuatro horas mirándome.

No es que sea intenso. Bueno, sí. Es intenso. Pero esa mirada tiene un significado muy concreto: son las siete y media de la tarde, hace cuarenta minutos que tocaba el paseo, y llevo dos horas en hiperfoco con una cosa que "solo iba a ser un momento".

Él no entiende el hiperfoco. Él solo sabe que hay una hora. Y que esa hora era hace cuarenta minutos.

Tener un perro con TDAH es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Y una de las más complicadas. A veces las dos cosas a la vez en el mismo martes.

¿Es buena idea tener un perro si tienes TDAH?

Depende de a quién le preguntes.

Si le preguntas a los libros de productividad, un perro es un "sistema de accountability externo". Una obligación que se autorrepara. Alguien que no te va a perdonar que falles, que no acepta excusas, y que tiene una regularidad biológica que tu cerebro nunca va a poder ignorar del todo.

Si le preguntas a mi perro, él solo quiere que le saquen a las ocho.

La realidad está en el medio. Un perro para un cerebro con TDAH es exactamente lo que parece: un compañero que te da estructura sin pedirte permiso, y que también revela todos tus puntos ciegos con una precisión brutal.

Vamos con lo bueno primero.

Lo que el perro le hace a tu cerebro que ninguna app ha conseguido

La rutina es el problema número uno de la mayoría de cerebros con TDAH. No porque no queramos tenerla. Es que sin consecuencias inmediatas y visibles, la rutina se disuelve. Pospones, te olvidas, y un día te das cuenta de que llevas tres semanas sin estructura y sin saber cómo has llegado hasta ahí.

Un perro es consecuencia inmediata y visible.

No hay app de hábitos en el mundo que se ponga a rascarte la rodilla a las ocho de la mañana hasta que te levantes. No hay sistema en Notion que ladre si llevas demasiado rato sentado. Un perro no espera. Un perro no entiende de "ahora no puedo, estoy en racha". Un perro necesita salir, y cuando necesita salir, tú sabes que necesita salir. Tu cerebro, que normalmente ignora el reloj con una facilidad pasmosa, de repente tiene un recordatorio que camina, respira y te mira fijamente.

Los paseos me han dado más salud mental de lo que ninguna rutina "oficial" me ha dado nunca. Y eso conecta directamente con algo que tardé en entender: el movimiento no es opcional para un cerebro con TDAH. Caminar veinte minutos dos veces al día, aunque sea a desgana, cambia cómo funciona el resto del día. El perro me obliga a ese movimiento sin que yo tenga que tomar la decisión. Ya está tomada. Sale o sale. Y eso, para un cerebro que se ahoga en decisiones sin consecuencias claras, es un alivio enorme.

Hay algo más. El perro te ancla al presente de una manera que cuesta mucho conseguir por otras vías. Cuando estás paseando y él va oliendo cada árbol con una concentración que ya quisiera yo para el trabajo, no puedes estar en el pasado ni en el futuro. Estás ahí. Con él. Esperando que decida que ese árbol ya ha sido suficientemente analizado.

Es meditación, pero sin tener que meditar.

Las partes que nadie te cuenta cuando dices que tienes TDAH y quieres un perro

Aquí empieza la parte incómoda.

He olvidado darle de comer. No una vez. Varias. No porque no me importe. Sino porque olvidar comer es algo que le pasa a un cerebro con TDAH con una frecuencia que asusta, y eso incluye olvidar que otros también tienen que comer.

Lo descubro cuando él me mira con esa cara. No de hambre, exactamente. De incredulidad profunda.

He perdido su correa. La correa extensible que costó lo que costó y que estaba "justo aquí". He llegado tarde a la veterinaria dos veces porque la cita la tenía en el calendario pero el calendario no me avisó en el momento correcto y yo no lo vi. He empezado a prepararle la comida, he tenido una idea a mitad, he ido a apuntarla, y he vuelto diez minutos después a la cocina a recordar qué estaba haciendo allí.

El perro no juzga. Pero el perro tampoco miente. Si no le has paseado, lo sabe. Si tienes el comedero vacío, lo sabe. Si llevas dos días raro porque estás en un pozo de parálisis por análisis, también lo sabe, y se pega a ti de una manera que no sé si es instinto canino o pura empatía.

Organizar la casa cuando tienes TDAH

Lo que aprendes cuando el perro te pone en evidencia

La primera vez que me olvidé de darle la medicación veterinaria a tiempo (son unas pastillas mensuales que hay que dar el mismo día cada mes), tuve esa sensación tan familiar. La de "¿cómo he podido olvidar algo tan sencillo?". La misma que tengo cuando pierdo las llaves, cuando llego tarde a una reunión que sí estaba en el calendario, cuando mando un mensaje a la persona equivocada.

El problema no es el perro. El problema es que el perro no tiene margen de error que yo pueda ignorar fácilmente.

Con mis propias cosas, a veces puedo convencerme de que no era tan importante. Con él, no. Él necesita lo que necesita, cuando lo necesita, y no hay manera de negociarlo.

Eso, que suena agotador, es también lo más útil.

Porque me ha obligado a construir sistemas que en realidad me benefician a mí también. El comedero automático con timer. Las pastillas en el mismo cajón que mis propias vitaminas, con una alarma el día 1 de cada mes. La correa siempre en el gancho de la entrada, al lado de las llaves, porque si no está en el gancho no existe y ya aprendí esa lección por las malas.

El perro me ha enseñado más sobre cómo funciono que muchos años intentando entenderme solo. No porque sea un terapeuta. Sino porque sus necesidades son concretas, repetibles y no negociables. Y eso es exactamente el tipo de estructura que mi cerebro, cuando quiere funcionar, necesita para no perderse.

El equilibrio real: no es perfecto, pero funciona

No voy a decirte que tener un perro lo arregla todo. Algunos días el paseo se retrasa una hora porque estoy en un agujero de trabajo. Algunos días el comedero se llena más tarde de lo que debería. Hay semanas donde la cita del veterinario me pilla de sorpresa aunque la haya puesto yo mismo en el calendario.

Pero también hay algo que no esperaba cuando empecé con esto: el perro te da más de lo que te exige.

La rutina que me impone es la misma rutina que luego me permite tener un día más manejable. El paseo que me arranca del hiperfoco es el mismo que me resetea para volver a trabajar mejor después. La presencia constante de una criatura que no sabe nada de tu ansiedad ni de tus proyectos ni de tus fechas límite, y que solo quiere estar contigo en el sofá después del paseo, es un tipo de estabilidad emocional que no viene en ninguna app de bienestar.

Es el accountability partner más peludo del mundo. Y el menos interesado en tu éxito profesional.

Lo cual, para un cerebro que a veces se toma demasiado en serio sus propios dramas, es exactamente lo que necesita.

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Si te reconoces en olvidar cosas importantes, en la dificultad para mantener rutinas o en ese ciclo de empezar con todo el entusiasmo del mundo y desaparecer dos semanas después, quizá vale la pena entender qué pasa dentro. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. 10 minutos para tener más contexto sobre cómo funciona tu cerebro.

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