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Pelé: el rey del fútbol con un cerebro más rápido que el balón

Pelé marcó más de mil goles con una intuición que parecía sobrenatural. Muchos de sus rasgos encajan con un patrón que hoy llamamos TDAH.

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Pelé marcó más de mil goles. Jugaba con una intuición que parecía sobrenatural. Veía pases que nadie más veía, se movía antes de que el balón llegara y tomaba decisiones en décimas de segundo que dejaban a los defensas mirándose entre ellos como si acabaran de ver un ovni.

Y muchos de sus rasgos encajan con un patrón que hoy tiene nombre.

No hay un diagnóstico oficial. Pelé nunca dijo "tengo TDAH". Pero cuando miras cómo funcionaba su cerebro dentro y fuera del campo, las piezas encajan de una forma que no puedes ignorar.

¿Qué tenía Pelé que los demás futbolistas no?

Velocidad de procesamiento. Pero no en las piernas. En la cabeza.

Pelé no era el jugador más rápido de su época. No era el más fuerte. No era el más alto. Lo que tenía era un cerebro que procesaba la información del campo a una velocidad absurda. Antes de recibir el balón, ya sabía lo que iba a hacer con él. Y no porque lo hubiera estudiado en vídeo o planificado en una pizarra. Lo sabía porque su cerebro leía el juego en tiempo real de una forma que los demás simplemente no podían replicar.

Eso, en el mundo del TDAH, tiene un nombre: hiperfoco selectivo con procesamiento intuitivo. Tu cerebro descarta el ruido, se engancha a lo relevante y genera respuestas antes de que la parte consciente tenga tiempo de intervenir. No es magia. Es un cerebro que funciona a otra velocidad en los contextos que le interesan.

Y a Pelé le interesaba el fútbol más que respirar.

Un chaval de Três Corações que no podía estarse quieto

Edson Arantes do Nascimento nació en 1940 en un pueblo pequeño de Minas Gerais. Familia humilde. Sin dinero para un balón de verdad, jugaba con calcetines rellenos de trapos y periódicos. No tenía zapatillas. No tenía campo. Tenía un cerebro que necesitaba moverse.

Ese detalle importa más de lo que parece.

Los niños con TDAH necesitan movimiento. No es capricho. Es neurología. El movimiento activa la dopamina que su cerebro no produce en cantidad suficiente. Cuando un niño con TDAH corre, salta, patea algo, su cerebro se enciende. Funciona. Se regula.

Pelé encontró eso en el fútbol sin saber que lo estaba buscando. Con quince años ya jugaba en el Santos. Con dieciséis debutó en la selección brasileña. Con diecisiete ganó un Mundial.

Diecisiete años. Un crío.

No era solo talento. Era un cerebro que encontró el estímulo perfecto y se volcó en él con una intensidad que los demás no podían igualar.

La impulsividad que ganaba partidos

Hay una jugada famosa del Mundial de 1970. Pelé recibe el balón de espaldas a la portería, el portero sale, y Pelé, en lugar de hacer lo lógico (controlar, girar, buscar el ángulo), deja pasar el balón de tacón. Sin mirar. Sin calcular. El portero se queda paralizado y Pelé recoge el balón por el otro lado.

No salió. El tiro se fue fuera. Pero eso da igual. Lo que importa es la decisión. Nadie en su sano juicio hace eso en una final de Mundial. Nadie que piense las cosas dos veces antes de actuar.

Pelé no pensaba dos veces. Actuaba. Y la mayoría de las veces, funcionaba.

Esa impulsividad que también definía a Maradona es una de las señas de identidad del TDAH en el deporte de élite. Lo que en un aula es un problema (contestar sin levantar la mano, moverse sin parar, actuar antes de pensar), en un campo de fútbol es una ventaja competitiva brutal. Porque el fútbol es un deporte de decisiones en milisegundos. Y los cerebros que no filtran, que responden antes de analizar, a veces toman las decisiones más geniales.

Fuera del campo: otro Pelé

Aquí es donde la cosa se pone interesante.

Pelé fuera del campo era caótico. Negocios fallidos, gestión financiera desastrosa, relaciones complicadas, promesas que no cumplía, compromisos que olvidaba. Tenía momentos de una energía arrolladora seguidos de períodos donde parecía desconectado de todo lo que no fuera fútbol.

¿Te suena?

Un cerebro que funciona de forma espectacular en el contexto que le estimula y se desmorona en todo lo demás. Eso no es pereza. No es falta de interés. Es un cerebro que necesita dopamina para funcionar y solo la encuentra en ciertos estímulos. El fútbol le daba toda la dopamina del mundo. La contabilidad, los contratos, las reuniones de negocios... no le daban nada.

Es el mismo patrón que vemos en deportistas como Kobe Bryant, que podía entrenar seis horas seguidas sin pestañear pero necesitaba sistemas externos para gestionar todo lo que no fuera baloncesto.

Lo que Pelé nos enseña sin querer

Que puedes ser literalmente el mejor del mundo en algo y seguir teniendo un cerebro que no funciona como se espera. Que la genialidad y el caos pueden compartir la misma cabeza. Que la impulsividad que en algunos contextos parece un defecto, en otros es exactamente lo que necesitas.

Pelé no ganó tres Mundiales a pesar de cómo funcionaba su cerebro. Los ganó porque su cerebro funcionaba así. La velocidad de procesamiento, la intuición, la capacidad de actuar sin pensar, la hiperconcentración en el juego. Todo eso que en un aula habría sido un problema, en un campo de fútbol fue lo que lo convirtió en el mejor jugador que ha existido.

No estoy diciendo que Pelé tuviera TDAH. No puedo diagnosticar a alguien que nunca fue evaluado. Lo que digo es que su forma de funcionar encaja con un patrón que hoy conocemos, que hoy tiene investigación detrás, y que quizá si hubiera nacido cincuenta años más tarde, alguien habría puesto nombre a lo que pasaba en esa cabeza.

Y quizá habría marcado los mismos goles igualmente. Porque el cerebro que tienes no cambia por ponerle etiqueta. Solo cambia lo que haces con él.

Si alguna vez has sentido que tu cabeza va más rápido que todo lo que te rodea, que tomas decisiones antes de terminar de pensar, que en ciertas cosas eres imparable y en otras no puedes ni arrancar, puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites saber cómo funciona tu cerebro.

Hacer el test de TDAH

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