No tengo energía ni para las cosas que me gustan

Cuando ni tus hobbies te motivan, no es depresión automáticamente. Puede que tu cerebro gaste toda la energía en lo invisible y no le quede para lo bueno.

Tengo una consola que lleva seis meses sin encender. Un libro a medias en la mesilla desde no sé cuándo. Una guitarra que cada vez que la veo me da más culpabilidad que ganas de tocarla.

Y no es que no me gusten esas cosas. Me encantan. Pero cuando llego al momento de hacerlas, no tengo nada. Cero. Como si alguien hubiera abierto el tapón de la energía y se hubiera ido por el desagüe sin avisar.

Lo peor es que la gente te dice "pues haz lo que te gusta, eso te recargará". Y tú piensas: "Tío, si no puedo ni hacer lo que me gusta, ¿qué me queda?"

¿Por qué no me apetece hacer nada si no estoy triste?

Porque esa es la pregunta, ¿no? No estás triste. No estás deprimido. No tienes ganas de llorar ni te quieres quedar en la cama todo el día. Simplemente no tienes energía.

Es como si tu cuerpo funcionara con una batería que se agota antes de que llegues a la parte buena del día. El trabajo se lleva el 100%. Y para tus cosas queda un 0% generoso.

Y no es que el trabajo sea brutal. A veces es un día normalito. Reuniones, emails, tareas que se supone que no cuestan tanto. Pero a ti te cuestan. Te cuestan una barbaridad. Porque cada pequeña decisión, cada cambio de tarea, cada "ahora tengo que hacer esto otro" consume una energía que no tienes.

Cuando por fin llegas a casa, tu cerebro ya ha cerrado la persiana.

¿Y si el problema no es la energía sino dónde se gasta?

A ver, esto me costó entenderlo, pero cuando lo pillé se me abrió un melón bastante gordo.

Hay cerebros que gastan energía en cosas que otros cerebros hacen en automático. Decidir qué hacer primero. Cambiar de una tarea a otra. Filtrar el ruido del entorno. Recordar lo que tenías que hacer. Gestionar impulsos. Regular emociones.

Todo eso tiene un coste energético. Para la mayoría de la gente es como respirar: ni se enteran. Pero para algunos cerebros, cada una de esas microgestiones es como subir un tramo de escaleras. Y al final del día, llevas 47 tramos subidos sin haber hecho "nada importante".

Es exactamente por esto que te cuesta más que a los demás hacer lo mismo. No es una sensación. Es real. Tu cerebro trabaja el doble para llegar al mismo sitio.

Y claro, cuando tu cerebro ha quemado toda su energía en lo invisible, no le queda para lo visible. Para tus hobbies. Para leer. Para jugar. Para estar con tus amigos sin sentir que te pesa todo.

Esto tiene nombre (y no, no es ser vago)

Mira, te lo digo porque yo mismo pasé por esto. Años pensando que era un vago. Que si de verdad me gustara la guitarra la tocaría. Que si de verdad quisiera leer leería. Que la gente motivada saca tiempo para todo y yo no sacaba tiempo para nada.

Y resulta que no era motivación. Era agotamiento ejecutivo. Mi cerebro tiene un sistema de regulación de la atención y la energía que no funciona como el estándar. Y ese sistema, cuando falla, produce exactamente esto: una fatiga que no se explica por lo que hiciste, sino por lo que tu cerebro tuvo que gestionar para que pudieras hacerlo.

En adultos con TDAH, este agotamiento es increíblemente frecuente. No de manual, de vida real. Gente que llega a casa destruida después de un día "tranquilo" porque su cerebro ha estado peleando consigo mismo durante ocho horas para mantener la atención donde tocaba.

Esto no es un diagnóstico. Si algo de lo que lees te suena demasiado, consulta con un profesional. Un psicólogo, un psiquiatra. Alguien que pueda evaluar qué está pasando de verdad.

¿Qué se puede hacer con esto?

Lo primero: dejar de culparte. Si te sientes identificado con lo que lees, lo último que necesitas es más autocrítica. No eres vago, aunque te lo parezca. Tu cerebro simplemente reparte la energía de otra manera.

Lo segundo: reducir las decisiones innecesarias durante el día. Cada decisión que automatices es energía que te ahorras para después. La ropa del día siguiente preparada por la noche. La comida planificada. Las tareas del trabajo ordenadas antes de empezar. Parece tontería, pero la diferencia es brutal.

Y lo tercero: bajar el listón de lo que esperas de ti por la tarde. Si después de trabajar solo te da para ver un capítulo de una serie y cenar, pues mira, eso es lo que hay. No todos los días tienes que ser productivo también en tu tiempo libre.

Ya te digo. Aceptar que tienes una batería más pequeña (o que tu cerebro la gasta más rápido) no es rendirse. Es dejar de pelear contra cómo funciona tu cabeza y empezar a trabajar con ella.

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