No soporto los trabajos repetitivos: mi cerebro necesita variedad
Los trabajos repetitivos me matan. Puedo hacerlos un rato, pero si no cambia algo pronto, mi cerebro se desconecta. No es capricho.
Mi primer trabajo de verdad fue en una fábrica de datos. Suena más interesante de lo que era. Básicamente cogías un Excel con 400 filas, verificabas un dato, lo corregías si hacía falta, y pasabas a la siguiente fila. Fila por fila. Ocho horas al día. Cinco días a la semana.
Duré tres semanas.
No porque fuera difícil. Era facilísimo. Cualquiera podía hacerlo. Y ahí estaba precisamente el problema: mi cerebro no encontraba razón alguna para prestarle atención a algo que podía hacer dormido. Como intentar ver una película que ya has visto diecisiete veces. Sabes lo que pasa, sabes cómo acaba, y tu cabeza se va a cualquier otro sitio.
A la tercera fila ya estaba pensando en otra cosa. A la décima ya tenía una idea para un proyecto nuevo. A la vigésima estaba diseñando mentalmente una app que no iba a hacer nunca. Y el Excel seguía ahí, esperando, con sus 380 filas restantes mirándome como diciendo: "¿Vas a volver o qué?"
¿Por qué los trabajos repetitivos se hacen insoportables?
No es que sea un vago. No es que me crea demasiado bueno para hacer tareas simples. Es que mi cerebro tiene un filtro de relevancia que no puedo controlar. Si algo no es nuevo, no es urgente, o no es interesante, mi cerebro lo clasifica como "irrelevante" y le baja la prioridad a cero. Da igual que mi jefe haya dicho que es urgente. Mi cabeza decide por su cuenta qué merece atención y qué no.
Y las tareas repetitivas, por definición, dejan de ser nuevas después de la primera vez. La segunda vez ya sabes lo que viene. La tercera es un suplicio. La cuarta te planteas seriamente si hay alguna forma de automatizar esto, cambiar de trabajo, o tirarte por la ventana (es broma, pero solo un poco).
Imagina que tu cerebro es un perro de caza. Está diseñado para perseguir presas nuevas. Dale una presa nueva y se activa como un rayo. Dale la misma presa diez veces y se tumba en el suelo a mirarte con cara de "¿en serio?"
Mi cerebro es ese perro. Y la hoja de Excel era la misma presa por cuadragésima vez.
¿Cómo sobrevivir cuando todo tu trabajo es repetitivo?
Intenté trucos. Muchos trucos. Ponerme música para hacer las tareas más llevaderas. Gamificar el proceso (cronometrarme para batir mi propio récord de filas por minuto). Alternar entre tareas repetitivas para que al menos el tipo de repetición cambiara. Recompensarme cada cincuenta filas con un café o cinco minutos de YouTube.
Algunos trucos funcionaban un día. Dos días. A veces una semana. Y luego el truco también se volvía repetitivo y dejaba de funcionar. Porque la variedad del truco se convierte en rutina, y ahí estás otra vez, buscando un truco nuevo para hacer soportable algo que para los demás ya es soportable sin trucos.
Y lo que más me frustraba era ver a compañeros que hacían la misma tarea todos los días durante meses sin quejarse. No es que les gustara. Es que podían hacerlo sin que su cerebro se rebelara. A ellos no les habían dicho toda la vida que tenían mucho potencial para luego sentirles en una silla a hacer lo mismo ocho horas.
¿Necesitar variedad es un defecto o un rasgo?
Aquí va lo que nadie me dijo hasta los treinta años: mi necesidad de variedad no es un defecto de carácter. Es una característica neurológica. Se llama TDAH. Y uno de sus rasgos principales es que tu cerebro necesita novedad constante para activarse.
La dopamina, que es el neurotransmisor que te ayuda a prestar atención y a motivarte, se activa con lo nuevo, lo interesante, lo urgente. Las tareas repetitivas no producen dopamina. Y sin dopamina, tu cerebro se apaga. No porque quiera. Porque no tiene combustible.
No es capricho. No es que seas un niño mimado que se aburre de todo. Es que tu sistema de recompensa funciona distinto. Y en un mundo laboral que premia la constancia y la repetición, eso es un problema gordo.
Ahora, no confundas esto con "no puedo hacer nada repetitivo nunca". Puedo. Con estrategia. Cambiando de tarea cada rato. Añadiendo elementos nuevos. Trabajando en entornos distintos. Es más esfuerzo, sí. Pero funciona.
Lo que no funciona es culparte por algo que no has elegido. Si te aburres de tu trabajo aunque te guste, quizá no sea el trabajo. Quizá sea cómo tu cerebro procesa la repetición.
Esto no sustituye un diagnóstico profesional. Si te pasa lo que describo, consulta con un psicólogo o psiquiatra. Pero si llevas años pensando que eres un vago o un inconstante, plantéate que quizá tu cerebro necesita variedad como un pez necesita agua.
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