Cómo ordenar tus contraseñas de una vez por todas en una hora
La misma contraseña en cuarenta sitios es una bomba de relojería. Te cuento la mudanza completa a un gestor, paso a paso y en una hora.
Tienes la misma contraseña en cuarenta sitios. No me lo tienes que confirmar, lo sé.
A lo mejor tienes dos: la buena, la que usas en el banco, y la de siempre, esa que lleva contigo desde el instituto con un número al final que vas subiendo cuando la web te obliga a cambiarla. Yo estuve ahí muchos años. Y lo que me sacó de ahí no fue un susto, fue darme cuenta de que estaba a un filtrado de datos de tener un problema serio.
Porque así es como funciona esto. No te hackean a ti. Le roban la base de datos a una tienda online cualquiera donde te registraste en 2019 para comprar un cable. Y en esa base de datos está tu correo y tu contraseña. Y esa contraseña también abre tu Gmail. Y tu Gmail abre absolutamente todo lo demás, porque desde ahí se recupera cualquier cuenta del mundo.
La mudanza entera me llevó una tarde. Menos de la que pensaba. Te la cuento.
¿Cómo empiezo a usar un gestor de contraseñas?
Empiezas eligiendo uno y no mirando atrás. Ese es literalmente el primer paso y el que más gente atasca, porque se pasan tres semanas comparando y no instalan ninguno.
Yo uso 1Password. Hay alternativas buenas y las repaso en otro sitio, pero si quieres que te ahorre la investigación: coge este, paga los cuatro euros al mes y sigue leyendo. Lo importante no es cuál elijas, es que dejes de tener la misma contraseña en cuarenta sitios esta semana.
Te creas la cuenta con tu correo. Te va a pedir una contraseña maestra. Esta es la única que vas a memorizar en tu vida, así que dedícale dos minutos: cuatro palabras que no tengan nada que ver entre sí, con un número por ahí en medio. Algo tipo "grifo-melocoton-42-taburete". Larga y absurda, que es lo que la hace fuerte.
Y luego te da una cosa que se llama clave secreta. Es un código largo que se genera solo y que no puedes recuperar si lo pierdes. Guárdalo. En papel, en una caja, donde sea. Sin eso y sin la maestra no entras ni tú, y ellos tampoco pueden abrirte la cuenta, que es justo el motivo de que exista.
El paso que la gente se salta: la extensión del navegador
Instalar la aplicación de escritorio y la del móvil es obvio. La extensión del navegador es la que hace que esto funcione de verdad, y es la que más gente se deja.
La instalas desde la tienda de extensiones de Chrome, Firefox o el navegador que uses. Le das a iniciar sesión, escaneas un código con el móvil y ya está enlazada.
A partir de ese momento, cada vez que entres en una web y escribas usuario y contraseña, te va a salir un cartelito preguntando si quieres guardarla. Dile que sí a todo. Durante las próximas dos semanas, tu gestor se va a llenar solo con las contraseñas que ya usas, sin que hagas nada.
Eso es el inventario. Y el inventario es la parte aburrida que nadie quiere hacer a mano.
La importación masiva: sacar todo de Chrome de golpe
Si llevas años dejando que el navegador te guarde las contraseñas, tienes ahí un tesoro. Y se puede mover entero de una tacada.
En Chrome entras en la configuración de contraseñas, buscas la opción de exportar y te descargas un archivo. Ese archivo es texto plano con todas tus contraseñas visibles, así que trátalo con respeto: lo generas, lo importas y lo borras. No lo dejes en Descargas para siempre.
En 1Password vas a la opción de importar, seleccionas Chrome, subes el archivo y en treinta segundos tienes doscientas entradas dentro. Doscientas. La primera vez que ves el listado completo te da un poco de vértigo, porque descubres cuentas que ni recordabas haber abierto.
Luego borras el archivo de tu ordenador y vacías la papelera. Y desactivas el guardado de contraseñas de Chrome, porque si no vas a tener dos sistemas peleándose por rellenarte los formularios y eso es un infierno.
El vigilante: la parte que de verdad te va a doler
Aquí viene la bofetada. 1Password tiene un apartado que se llama Watchtower y que revisa todo lo que has metido contra las bases de datos de filtraciones conocidas.
Le das y te suelta la lista. Contraseñas repetidas. Contraseñas débiles. Y lo peor: contraseñas que ya han aparecido en filtraciones públicas, con el nombre del sitio y el año.
La primera vez que abrí eso me salieron más de cuarenta cuentas comprometidas. Cuarenta. Y no porque yo sea especialmente descuidado, sino porque llevaba quince años registrándome en sitios y reutilizando lo mismo. Es lo que hace todo el mundo.
No te agobies con la lista entera. La lista entera no se arregla en una tarde y si intentas arreglarla en una tarde lo vas a dejar a medias.
¿Por dónde empiezo a cambiar contraseñas?
Por orden de daño. Esto es lo único que importa.
Primero el correo. Tu correo principal es la llave maestra de tu vida digital. Con acceso a tu correo, cualquiera recupera la contraseña de cualquier otra cosa que tengas. Cámbiala hoy, ahora, antes de seguir leyendo si me apuras.
Segundo el banco y cualquier cosa que mueva dinero: la app del banco, PayPal, Amazon si tienes tarjeta guardada, la plataforma donde cobras si trabajas por tu cuenta.
Tercero lo que tenga tus datos o tu reputación: redes sociales, la nube donde guardas fotos, el sitio donde tengas tus documentos.
Y el resto, cuando toque. La tienda del cable de 2019 puede esperar. De hecho, muchas de esas cuentas es mejor borrarlas directamente que arreglarlas.
El proceso por cuenta es siempre igual: entras, vas a cambiar contraseña, y cuando llegas al campo nuevo pulsas el icono del gestor y le dices que genere una. Te escupe veinte caracteres aleatorios que no vas a leer nunca ni falta que hace. Guardas. Siguiente.
Diez cuentas en veinte minutos si no te distraes.
El segundo factor, que es la mitad del trabajo
Cambiar la contraseña sin activar el segundo factor es hacer la mitad de la mudanza.
El segundo factor es ese código de seis dígitos que cambia cada treinta segundos. Y sí, tu gestor también lo guarda. Cuando una web te ofrezca activar la verificación en dos pasos con una aplicación, en vez de instalar una app aparte le das al icono de 1Password, escaneas el código QR desde ahí y listo. A partir de entonces te rellena la contraseña y el código en el mismo gesto.
Ojo con una cosa: si guardas el segundo factor en el mismo sitio que la contraseña, técnicamente estás juntando los dos factores en una caja. Los puristas te dirán que eso no es dos factores de verdad. Tienen razón. También tienen razón en que la alternativa es que no lo actives nunca porque da pereza, y eso es infinitamente peor. Yo prefiero el segundo factor cómodo que el segundo factor perfecto que no uso.
Donde sí lo separo es en el correo principal y en el banco. Esas dos van con una aplicación aparte en el móvil. Las demás, dentro del gestor.
Lo que se te va a atascar
Tres cosas, y las tres tienen arreglo.
Las webs que rompen el autorrelleno. Hay sitios, sobre todo bancos, que parten el formulario en dos pantallas o piden solo tres caracteres de la contraseña. Ahí el gestor se lía. Solución: abres la entrada en la aplicación, copias el campo que necesites y lo pegas a mano. Copiar y pegar sigue siendo válido.
El móvil que no autorrellena. En Android y en iPhone hay que activar el gestor como servicio de autorrelleno del sistema, y está escondido en los ajustes. Búscalo por "autorrelleno" o "contraseñas" en el buscador de ajustes. Sin ese paso, en el móvil te toca copiar y pegar todo el rato y acabas abandonando.
El pánico a perder la contraseña maestra. Es el miedo legítimo. Si la pierdes de verdad, pierdes el acceso. Por eso el kit de emergencia que te genera al crear la cuenta se imprime y se guarda en un cajón físico. Suena antiguo. Es lo más seguro que vas a hacer en todo el proceso.
Y el atasco mental de fondo, el de "me estoy fiando de una empresa para guardar todo". Es una pregunta razonable y me la he hecho, igual que me la hago cada vez que meto datos sensibles en cualquier herramienta con IA. La respuesta corta es que el cifrado ocurre en tu dispositivo antes de subir nada, y que ellos guardan un bloque ilegible incluso para sus propios empleados. La respuesta larga es la misma que doy cuando alguien pregunta si es seguro darle tus datos a una IA: depende de la arquitectura, no de la promesa.
Y ahora qué
Ahora nada. Esa es la gracia.
Durante la primera semana vas a notar fricción porque tu cerebro sigue queriendo teclear la contraseña de siempre. A partir de la segunda dejas de pensar en ello por completo. Y a partir del mes te das cuenta de que ya no sabes ninguna de tus contraseñas, y eso no te da miedo, te da tranquilidad.
Es el mismo patrón que con casi todas las herramientas que meto en mi día a día y que voy contando cuando hablo de usar la IA para el día a día: una hora de montaje incómodo a cambio de no volver a pensar en el problema.
Si quieres profundizar en las opciones antes de decidirte, tengo un repaso a fondo de los mejores gestores de contraseñas con precios y límites reales. Pero te lo repito: lo que importa es que hoy dejes de tener la misma contraseña en cuarenta sitios.
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